
Mariana Cerda Álvarez

Durante siglos, millones de personas de origen africano fueron arrancadas de sus tierras y trasladadas por la fuerza a distintos territorios de América para ser utilizadas como mano de obra esclava, en un proceso marcado por la violencia, la explotación y la deshumanización; sin embargo, esta historia también estuvo profundamente atravesada por la resistencia. A pesar de las condiciones extremas que enfrentaron, muchas comunidades afrodescendientes lograron preservar parte de su cultura, sus tradiciones y su identidad, y una de estas historias es la de los Negros Mascogos, una comunidad afrodescendiente que actualmente habita en el municipio de Múzquiz, en el estado de Coahuila, México, cuya trayectoria refleja una larga lucha por la libertad, la supervivencia y el derecho a existir como pueblo.
A lo largo del tiempo, las personas de origen africano han desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de numerosas sociedades, aunque también han enfrentado discriminación, racismo y marginación durante generaciones, por lo que recuperar su historia y hacer visible su experiencia resulta indispensable para comprender la diversidad cultural que forma parte de nuestra sociedad; en este sentido, el caso de los Negros Mascogos permite observar cómo una comunidad pudo sobrevivir a distintos procesos de desplazamiento, esclavización y transformación cultural sin perder completamente sus raíces.
Para entender el origen de esta comunidad es necesario remontarse al inicio de la esclavización africana en las colonias británicas de América, cuando en 1619 llegó a la colonia de Virginia, en lo que hoy es Estados Unidos, un barco que transportaba “veinte y más” africanos que serían vendidos como esclavos y utilizados como mano de obra, suceso que marcó el comienzo de una larga etapa en la que miles de personas africanas fueron llevadas a las colonias para trabajar en condiciones extremadamente duras (Rotary, 2002).
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Las personas capturadas en África eran trasladadas en barcos en condiciones sumamente precarias, ya que antes de embarcarlas muchas veces eran marcadas con hierro caliente para identificar al comerciante que las vendía, y durante el viaje cruzaban el océano en embarcaciones sobrecargadas, con escasez de agua y alimento, permaneciendo en espacios muy reducidos donde apenas podían moverse; en ese contexto, las enfermedades se propagaban con rapidez y muchas personas morían durante la travesía, siendo sus cuerpos arrojados al mar. Una vez en las colonias, el trabajo de los africanos esclavizados comenzaba de inmediato, y durante el siglo XVII las colonias británicas empezaron a depender cada vez más del trabajo esclavo africano en lugar de otros tipos de mano de obra, obligando a miles de personas a trabajar principalmente en plantaciones de arroz, tabaco y algodón, en condiciones de pobreza, violencia y exclusión.
Frente a estas condiciones surgieron distintas formas de resistencia que no siempre adoptaron la forma de rebeliones abiertas, sino que con frecuencia se manifestaron en acciones cotidianas como trabajar más lentamente, fingir enfermedades o realizar de manera deficiente las tareas asignadas, al mismo tiempo que muchas personas mantenían en secreto sus lenguas, sus creencias religiosas y sus tradiciones culturales; estas prácticas permitieron preservar elementos fundamentales de su identidad frente a un sistema que buscaba suprimirla.
Con el paso del tiempo, algunos grupos lograron escapar de la esclavitud, y parte de esta historia se relaciona directamente con el origen de los Negros Mascogos, ya que durante la década de 1830 grupos seminoles y esclavos negros que habían huido de sus amos en Georgia y Carolina del Sur se desplazaron debido a conflictos por el territorio que colonos ingleses buscaban ocupar, llegando en ese contexto a Florida como refugiados, cuando este territorio aún pertenecía a España. Posteriormente, algunos de estos grupos comenzaron a desplazarse hacia el norte de México, y los mascogos llegaron liderados por Juan Caballo, estableciéndose inicialmente en un lugar llamado El Moral, cerca de Piedras Negras, mientras otros grupos, como los seminoles, se asentaron en zonas cercanas al Río Bravo.
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En ese periodo, México había decretado que cualquier persona esclavizada que ingresara al país sería libre, medida que, aunque había sido propuesta desde los levantamientos encabezados por Miguel Hidalgo, se consolidó años después y convirtió al territorio mexicano en un espacio de refugio para quienes escapaban de la esclavitud en Estados Unidos. Al llegar a México, los mascogos solicitaron permiso para establecerse y cultivar tierras, y a cambio ofrecieron colaborar en la defensa de la frontera frente a posibles invasiones, lo que derivó en que en 1851 se les otorgaran tierras para la ganadería en un lugar llamado El Nacimiento como reconocimiento por sus servicios, donde formaron una comunidad que sobrevivía principalmente de los recursos disponibles en su entorno (Valdés, 2020).
No obstante, su establecimiento en México no estuvo exento de dificultades, ya que en diversas ocasiones fueron perseguidos por texanos que buscaban capturarlos para regresarlos a las plantaciones de donde habían escapado; pese a ello, las autoridades de Coahuila y los alcaldes de ciudades como Saltillo, Nadadores y Candela se negaron a entregarlos, argumentando que, al encontrarse en territorio mexicano, estas personas eran libres y la ley no permitía su devolución a la esclavitud.
La historia de los mascogos también está atravesada por procesos de transformación cultural que se desarrollaron a lo largo del tiempo, pues después de su llegada a América muchas prácticas africanas se perdieron o se transformaron debido al contacto con otras culturas, en un proceso conocido como transculturación, resultado de la interacción con tradiciones europeas, indígenas y estadounidenses. En el ámbito religioso, por ejemplo, a muchos africanos esclavizados en Estados Unidos se les inculcó el protestantismo, y con el tiempo los mascogos desarrollaron una mezcla de creencias influida por elementos africanos, mexicanos, indígenas e ingleses; actualmente en la comunidad se practican principalmente religiones como la católica, la cristiana y la pentecostal, y se continúan interpretando cantos spiritual, característicos de las iglesias bautistas del sur de Estados Unidos.
Una de las tradiciones que se conserva con mayor fuerza es el ritual funerario, en el que, cuando una persona fallece, la familia suspende sus actividades cotidianas y los vecinos se encargan de llevar comida y apoyar en la organización del velorio, mientras las mujeres preparan los alimentos y cuidan a los niños y los hombres acompañan a la familia y colaboran en tareas como traer agua o leña; además, existen prácticas específicas como no recoger inmediatamente la basura generada durante el velorio, ya que, según la tradición, el difunto debe descansar un día antes de limpiar el lugar, y de acuerdo con la historia oral de la comunidad, cuando una persona muere se retiran las pertenencias de la casa y se realizan reuniones durante varios días, creyéndose también que una señal de que la persona ha llegado al cielo es la lluvia.
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Las actividades económicas de la comunidad reflejan igualmente la continuidad de su forma de vida, ya que desde su llegada a México la agricultura y la ganadería han sido fundamentales para su subsistencia; muchas familias cuentan con huertos donde cultivan maíz, frijol, trigo y caña de azúcar, y además crían gallinas, puercos y ganado vacuno y caprino para su alimentación y sustento (Muñiz Estrada, 2017).
La historia de los Negros Mascogos permite observar cómo las comunidades africanas que llegaron a América fueron sometidas durante generaciones a un sistema de esclavización que buscaba controlar sus vidas y borrar su identidad, pero también evidencia que desarrollaron diversas formas de resistencia que les permitieron sobrevivir y preservar elementos centrales de su cultura; estas resistencias no siempre se manifestaron en grandes rebeliones, sino que muchas veces se expresaron en acciones cotidianas como mantener tradiciones, conservar la memoria de los antepasados y transmitir su cultura a las nuevas generaciones, lo que en el caso de los mascogos constituye una forma de resistencia simbólica de gran relevancia.
En los últimos años se han impulsado distintos esfuerzos para dar mayor visibilidad a comunidades afrodescendientes como la de los Negros Mascogos en Coahuila, a través de investigaciones, entrevistas e historia oral que buscan recuperar su memoria y difundir su historia; reconocer su trayectoria permite comprender mejor la diversidad cultural de la región y valorar el papel que estas comunidades han desempeñado en la historia de países como México y Estados Unidos. La experiencia de los mascogos demuestra que, incluso después de siglos de esclavización, desplazamiento y marginación, es posible mantener viva una identidad colectiva, por lo que su historia no solo habla de sufrimiento, sino también de resistencia, adaptación y continuidad cultural.
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Referencias
Muñiz Estrada, B. C. (2017). Los negros mascogos de Múzquiz, Coahuila y su comunidad autosustentable. Secretaría de Medio Ambiente.
Rotary. (2002). Hace 400 años, los africanos esclavizados llegaron por primera vez a Virginia.
Valdés, C. M. (Coord.). (2020). Los negros mascogos: Una odisea al nacimiento. México.

