Saltillo en penumbra. Alumbrado público en Saltillo 1836-1930

Gabriela Odalis Durón López

Imaginar una ciudad completamente oscura después del atardecer resulta difícil hoy en día. Las calles iluminadas, los negocios abiertos por la noche y la sensación de seguridad que brinda la luz eléctrica forman parte de la vida cotidiana; sin embargo, durante gran parte del siglo XIX las ciudades mexicanas, incluida Saltillo, dependían de lámparas de aceite, sebo o petróleo que apenas lograban romper la oscuridad. Cada noche, cuando el sol desaparecía, las calles quedaban sumidas en una penumbra que condicionaba profundamente la vida de sus habitantes, por lo que la historia del alumbrado público no es solo una historia de avances tecnológicos, sino también una historia social que permite comprender transformaciones en la seguridad, en el trabajo y en la manera en que las ciudades comenzaron a habitar la noche.

Durante mucho tiempo, la oscuridad marcaba el final de las actividades cotidianas, pues moverse por la ciudad al anochecer podía resultar complicado e incluso peligroso; por esta razón, desde el siglo XIX las autoridades comenzaron a buscar formas de iluminar el espacio público. En Saltillo, uno de los primeros intentos por establecer un sistema de alumbrado ocurrió en 1836, cuando se colocaron alrededor de ciento cincuenta farolas de gas en algunas de las calles más importantes de la ciudad, entre ellas la calle del Huizache, la del Curato, Landín, la calle del Reventón, la de la Cruz, La Purísima y la calle Real. Todas estas vías rodeaban el Palacio de Gobierno, lo que sugiere que el objetivo principal del alumbrado era proteger el centro político y administrativo de la ciudad, evidenciando desde sus inicios la estrecha relación entre iluminación y control del espacio urbano.

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Aunque estas farolas no producían una luz particularmente intensa, su instalación representó un cambio significativo, ya que por primera vez algunas calles podían mantenerse iluminadas durante la noche, facilitando el tránsito de las personas y contribuyendo a disminuir ciertos riesgos; no obstante, este sistema dependía completamente del trabajo humano, pues las lámparas debían encenderse manualmente cada noche, lo que implicaba una organización constante y una vigilancia permanente del funcionamiento del alumbrado.

De esta necesidad surgió un oficio que durante décadas formó parte esencial de la vida urbana, el de los serenos, trabajadores que recorrían las calles por la noche con el objetivo de encender las lámparas y vigilar la ciudad. Su jornada comenzaba alrededor de las ocho de la noche y concluía al amanecer, aproximadamente a las cuatro y media de la madrugada, y para encender las farolas utilizaban una escalera con la que alcanzaban cada lámpara; en muchos casos también llevaban un perro que los acompañaba durante sus recorridos nocturnos, lo que refuerza la idea de un trabajo solitario, prolongado y vinculado estrechamente con la seguridad.

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Con el tiempo, su labor adquirió mayor relevancia institucional y en 1862 se estableció un reglamento que definía con claridad sus responsabilidades, ya que además de encender las lámparas, los serenos debían vigilar las calles, auxiliar a los vecinos que lo necesitaran y reportar cualquier situación sospechosa; incluso tenían la autoridad de detener a personas que consideraran peligrosas durante la noche, especialmente después de ciertas horas en las que se suponía que las calles debían permanecer en calma . De esta manera, los serenos no solo se encargaban del funcionamiento del alumbrado, sino que también operaban como un mecanismo de vigilancia nocturna en una ciudad donde la oscuridad seguía siendo dominante.

A medida que el alumbrado comenzó a extenderse, también se modificaron algunas costumbres de la población, ya que la iluminación permitió prolongar ciertas actividades más allá del anochecer; algunos comercios comenzaron a cerrar más tarde y surgieron nuevas solicitudes dirigidas al ayuntamiento para instalar más lámparas en distintos puntos de la ciudad. Estas peticiones muestran cómo la iluminación dejó de percibirse como un lujo para convertirse en una necesidad, como lo evidencia el caso de 1881, cuando la Sociedad Juan Antonio de la Fuente solicitó alumbrado para una escuela nocturna destinada a la educación de adultos, con el propósito de que las personas que trabajaban durante el día pudieran asistir a clases por la noche, lo que revela que el alumbrado público también tuvo implicaciones en el desarrollo social y educativo.

A pesar de sus beneficios, el sistema basado en lámparas de petróleo presentaba diversas limitaciones, pues las farolas podían apagarse fácilmente por el viento o la lluvia, requerían mantenimiento constante y dependían de la calidad del combustible utilizado, lo que en algunos casos representaba un riesgo; en 1891, por ejemplo, se registraron varios incidentes relacionados con explosiones de lámparas de petróleo en la ciudad, lo que llevó a las autoridades a ordenar un examen científico del combustible que se vendía en Saltillo para determinar si contenía sustancias que lo hicieran más inflamable. Estos problemas evidenciaban que el sistema existente resultaba insuficiente para una ciudad que comenzaba a crecer y a complejizar su dinámica urbana.

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Ese mismo año marcó un punto de inflexión, ya que el 9 de abril de 1891 se firmó el contrato para instalar el primer sistema de alumbrado público eléctrico en Saltillo, lo que representó un avance significativo, pues a diferencia de las lámparas tradicionales, las luces eléctricas ofrecían una iluminación más potente y constante, mejorando notablemente la visibilidad en las calles. El contrato firmado entre el ayuntamiento y la empresa encargada del servicio establecía diversas condiciones, entre ellas la instalación de la infraestructura necesaria, incluyendo postes, cables y lámparas, así como la responsabilidad del mantenimiento y del personal requerido para operar el sistema; además, el documento reflejaba cierta preocupación ante posibles fallas, ya que se estipulaba que, en caso de interrupciones en el servicio eléctrico, la empresa debía volver a iluminar las calles con lámparas de petróleo mientras se solucionaban los problemas técnicos.

La introducción de la electricidad comenzó a transformar gradualmente la vida nocturna de Saltillo, ya que las calles principales se volvieron más visibles y seguras, lo que favoreció el tránsito de personas después del anochecer; con el paso del tiempo, el sistema de alumbrado se fue extendiendo hacia otras zonas de la ciudad, muchas veces impulsado por solicitudes de los propios vecinos. Sin embargo, la transición hacia la electricidad no fue inmediata, pues durante varios años coexistieron las lámparas eléctricas con las farolas de petróleo, debido a que la red eléctrica aún no cubría toda la ciudad y a que los sistemas tradicionales funcionaban como respaldo ante fallas.

Algo similar ocurrió con los serenos, cuya labor no desapareció de manera inmediata con la llegada de la electricidad, ya que continuaron desempeñando un papel importante durante varias décadas; de hecho, las solicitudes para ingresar a este oficio siguieron siendo numerosas durante los primeros años del siglo XX. No obstante, hacia la década de 1920 el contexto comenzó a cambiar de forma más clara, ya que la expansión del alumbrado eléctrico y la consolidación de los cuerpos de policía municipal redujeron progresivamente la necesidad de contar con serenos para vigilar las calles.

Finalmente, el 22 de abril de 1930 la Presidencia Municipal ordenó suspender los servicios nocturnos que realizaban los serenos, argumentando que ya no eran necesarios en una ciudad que contaba con mejores sistemas de iluminación y con una policía organizada para realizar labores de vigilancia; con esta decisión terminaba una profesión que había sido fundamental durante casi un siglo. Aunque el petróleo continuó utilizándose durante algún tiempo en aquellos lugares donde la electricidad aún no llegaba, su uso fue disminuyendo gradualmente, hasta que el alumbrado eléctrico se consolidó como el sistema principal de iluminación urbana.

Mirar esta historia permite comprender que algo tan cotidiano como encender una luz es resultado de un largo proceso de transformaciones tecnológicas y sociales, ya que el alumbrado público no solo modificó la manera en que las personas se desplazaban por la ciudad, sino que también amplió los horarios de las actividades económicas, reconfiguró las estrategias de seguridad urbana y dejó huellas profundas en la vida de quienes trabajaban en torno a este sistema, como los serenos, cuya labor fue esencial durante décadas antes de desaparecer con la llegada de nuevas tecnologías.

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Referencias

Archivo Municipal de Saltillo. (1862). El ayuntamiento presenta las normas que regirán a los serenos. Fondo Presidencia Municipal.
Archivo Municipal de Saltillo. (1881). La Sociedad Juan Antonio de la Fuente solicita alumbrado para escuela nocturna. Fondo Presidencia Municipal.
Archivo Municipal de Saltillo. (1891). Examen científico del petróleo que se vende en la ciudad. Fondo Presidencia Municipal.
Archivo Municipal de Saltillo. (1930). Suspensión del servicio nocturno de los serenos. Fondo Presidencia Municipal.
Cuéllar Valdés, P. (1975). Historia de la ciudad de Saltillo. Instituto Coahuilense de Cultura.