

Nicolás Bustos
En 1987 la Corriente Democrática, una de las piezas de la maquinaria del PRI, termina por escindirse y con ayuda de los Partidos Popular Socialista, Auténtico de la Revolución, Mexicano Socialista y del Frente Cardenista se formó un frente unido para las elecciones del 88. Es entonces que entra el problema del lenguaje político, pues se llevó a lo largo de la campaña una exaltación del candidato, Cuauhtémoc Cárdenas, visto como el único hombre en todo México que velaba de verdad por los intereses ciudadanos, trayendo así un discurso que se presta para el debate de si acaso se puede considerar en alguna medida «caudillista».
Es entonces que entramos en el ejercicio de definir características específicas, pues si bien no hay ni mucho menos una definición exclusiva de lo que marca al caudillo, me adscribo a lo escrito por el sociólogo Pedro Castro, quien lo define como el hombre fuerte de la política, el más eminente cuando la democracia está es débil y por lo tanto es un estadio al otro extremo del demócrata (Castro, 2007).
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Con esto en mente, al analizar la fuerte movilización popular que Cuauhtémoc consiguió en zonas rurales como La Laguna y Durango, y en urbanas como Ciudad Universitaria y el Zócalo de la CDMX, así como el discurso de campaña del FDN, queda claro que en todo momento la figura del candidato era central, describiéndolo con emoción casi mesiánica, ya que se le trataba como un salvador de las clases populares que lo aceptaban con júbilo, esto hace que el neocardenismo calce muy bien en el molde del caudillismo previamente mencionado.
Pero es entonces que surge una contradicción, ya que una parte importante del discurso del neocardenismo y hasta parte central del nombre de la coalición electoral, era la democracia, la cual, en todas las definiciones, se considera poco compatible con la figura del caudillo. Esta problemática de la democracia en el FDN ya era un tema de discusión en 1988 (Guillén, 1989) y responderla de forma definitiva es una tarea que escapa a este artículo, pero para el caso se podría abordar esta problemática con una de las siguientes dos propuestas.
Primera óptica
En lo más sencillo, si tomamos la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas como fruto de negociaciones en altas esferas políticas de los partidos adscritos al FDN, sin que ello termine de atender a los principios rectores de la democracia plena, entonces la problemática se ve reducida y casi anulada, ya que estaríamos ante un caudillo en toda regla que consiguió encarnar las frustraciones ciudadanas en lo económico y en lo referente a la justicia social, lo que es coherente con la definición de Castro, ya que entra en el paraguas del caudillo como figura que emerge cuando la democracia está en decadencia.
Segunda óptica
Si consideramos que la candidatura de Cárdenas, (aunque no estuviera avalada por consultas primarias) emanada de las bases, era democrática y auténtica, todo ello evidenciado por la enorme popularidad de su figura, nos podríamos encontrar ante una particularidad propia de la figura de Cuauhtémoc, pues este no sería totalmente un caudillo, sino más bien una distorsión del mismo, a lo que podríamos llamar como “Caudillo Democrático”, lo que se refuerza con el hecho que no haya una única definición o forma de ser caudillo, así que no resulta problemático modificar el concepto.
Ambas ópticas tienen sus puntos fuertes y sus puntos débiles, claro está, sin embargo, encontramos que sus resoluciones no son demasiado diferentes, pues en la primera tenemos que Cárdenas sería un Caudillo Democrático, mientras en la segunda es un caudillo a secas. Es entonces que podemos notar que en realidad el caudillismo es un espectro lo suficientemente amplio como para encajar en el discurso personalista del neocardenismo, sin que ello suponga grandes contradicciones.
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Para el caso, cabe recordar que el neo cardenismo se forjó en los días en que la cultura política mexicana se encontraba impregnada por el PRI en todos sus niveles, siendo que el propio Cuauhtémoc habría aprendido las estrategias y prácticas políticas paternalistas del hegemónico, lo que consciente o inconscientemente replicará con la tendencia centralizada en su figura a la vez que reclamaba la apertura democrática.
Si bien el debate sigue abierto por la titánica dificultad de fijar el nivel de legitimidad democrática de Cuauhtémoc en esta época, es perfectamente entendible que entre en el paraguas del caudillismo, sin que ello suponga nada obligatoriamente positivo o negativo en realidad.
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