
Alejandro Quitze Barranco
Dentro del discurso político actual, una figura fundacional de la identidad nacional nuevamente ha tomado relevancia por lo controversial que resultan los planteamientos de sus detractores y partidarios: Hernán Cortés. Sin embargo, este “novedoso” debate es en realidad una discusión que inició durante el gobierno de la Monarquía en diferentes círculos intelectuales y del poder político de la Nueva España (Hinz & López-Medellín, 2021). Acorde con el recuento de Antonio Rubial, entre los siglos XVI y XVII, Cortés se había convertido en un personaje heroico que tuvo sus hazañas idealizadas (Martínez Martínez & Mayer, 2016). Esto lo inició Cortés en sus Cartas de Relación, en las que se presentó ante el poder real como un leal vasallo que expandió el dominio habsbúrgico en las Indias con el interés de servir “a Dios y a su majestad” (Cortés, 1522).
Estas cartas, junto a otros textos, como la Historia de la Conquista de México del padre Francisco López de Gómara, se caracterizaron por una visión apologético-heroica (Guzmán, 2016). Al mismo tiempo, empezó a emerger una consideración contraria que veía en las acciones de Cortés, junto a otros conquistadores españoles, el inicio de un proceso de catástrofe para los naturales. En su Breve relación de la destrucción de las Indias, fray Bartolomé de las Casas relata desde una perspectiva de crítica los horrores que hicieron las empresas de conquista sobre la demografía y sociedad de las naciones indias (De las Casas, 1552). Esto dio inicio a lo que conocemos como “la leyenda negra”, que era una serie de críticas propagandísticas respecto al dominio español sobre el Nuevo Mundo (Rodas, 2023).
Retomar la figura de Hernán Cortés y el debate que genera con relación al proceso de conquista a menudo deriva en una discusión estéril que ha impedido estudiar a este personaje con rigor (Martínez, 1992). A tal punto que la situación actual es, en palabras de Tomás Pérez Vejo (2014), una polémica circular que lleva a descalificar a la postura contraria, dejando de lado los amplios avances de especialistas para superar esas reducidas perspectivas.
Cortés es en realidad una de las caras que más fácil se pueden identificar, pues aparece en libros de texto, en obras historiográficas, artículos de divulgación científica y en diversos materiales multimedia (documentales, series, películas, etc.). Otros tantos personajes pueden ser equiparables, como Pedro de Alvarado, Diego de Landa, Nuño de Beltrán, Lope de Aguirre, Francisco Pizarro, Pedrarias Dávila, Francisco de Montejo, Juan de Oñate, etc.
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El punto en común de todas estas figuras es ser españoles que, al haber ostentado poder, realizaron actos polémicos justificados en servir a la Corona. En este punto, se necesita plantear que este texto no busca minimizar los puntos de las posturas, pues, como cualquier proceso de violencia militar y corporativa, deben ser matizadas. De lo contrario, se limita el análisis, un riesgo inherente al estudiar eventos tan complejos como fue el de la conquista de un Nuevo Mundo. Esto solo puede llevar a simplificaciones que terminan por favorecer posturas políticas apologéticas o destructoras.
En este proceso reduccionista, unos agentes son desplazados de la discusión, que llegan incluso a ser eliminados de la ecuación de análisis: los indios auxiliares o aliados en la consolidación de la Monarquía. Al abordar el proceso de conquista, los naturales de estas tierras han sido revisados desde la perspectiva impulsada por Miguel León Portilla con La visión de los vencidos (2000).
Aunque los intereses de esta obra, de ver la conquista desde aquellos que fueron conquistados, encuentran sus raíces en los procesos de recuperación de memoria desde el virreinato, se ha simplificado su propuesta hasta el absurdo. Esto ha derivado en que se vea a todos los indios como vencidos, lo que hace ver la conquista como un proceso que únicamente desarticuló a las sociedades indianas bajo parámetros de administración tardomedievales y premodernos.
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Diversas sociedades como los totonacas (cempoaltecas), tlaxcaltecas, acolhuas (texcocanos), purépechas, otomíes, entre otras, fueron cruciales para las empresas de expansión de la corona española. Sus sociedades se transformaron y adaptaron a tal grado que obtuvieron concesiones que los equipararon a los beneficios obtenidos por conquistadores españoles e incluso sobre algunos sectores de la sociedad novohispana.
Esto los convierte, en consideración de este texto, en conquistadores olvidados en el complejo proceso que la colonización y ocupación del territorio que eventualmente se consolidaría en México. La razón de su olvido no es una cuestión del desconocimiento de su labor, pues la historiografía actual ha logrado matizar su participación y lo crucial que fueron para lograr establecer el dominio español. Más bien responde a que estos grupos no pueden ser tan “fácilmente” criticados como lo son los españoles y, en su defecto, los europeos.
Después de los procesos de descolonización de Asia y África entre 1945 y 1975, el expansionismo y la explotación por las metrópolis europeas de los siglos anteriores fue visto desde una perspectiva crítica. No obstante, esto dio lugar a que, de manera similar a como sucedió con el surgimiento de las naciones latinoamericanas, el discurso de los nuevos países empleara una dura perspectiva sobre sus conquistas y del proceso que los llevó a la independencia. Lo que también derivó en un ensalzamiento de las culturas locales y de su “resistencia”, para comenzar a consolidar identidades nacionales que los unificasen.
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Las culturas nativas de un territorio son vistas a través de un paradigma que dificulta su crítica y limita la perspectiva de su labor. Además, si se tiene registro de que los indios aliados fueron parte de las campañas españolas que se critican, ¿no deberían ser igualmente criticados los indios con la misma severidad? O, al ser indígenas, ¿deben ser eximidos de abusos o excesos cometidos en el “real servicio de su majestad”?
El plantear estas preguntas no debería interpretarse como que debería la crítica hacia las acciones polémicas de la conquista enfocarse en los indios aliados y minimizar las acciones de los agentes europeos. Eso solo llevaría otra vez a un debate estéril y a la polémica circular que se planteó líneas arriba sobre la figura de Cortés y los conquistadores. Más bien, lo que se propone es interpretar a los agentes de la conquista, españoles e indios, bajo una perspectiva que nos permita superar posturas que no impiden comprender este proceso.
Olvidarse de la labor indígena aliada solo puede llevar a no lograr apreciar lo complejo que fue el establecimiento de prácticas políticas y sociales en un territorio que desconocía al mundo occidental. Por otro lado, la falta de crítica hacia su labor impide matizar los intereses de los grupos de poder indígenas, quienes aprovecharon la llegada de estas formas de gobierno europeas que les dieron una ventaja sobre otras sociedades indias.
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La crítica hecha hacia la labor española ha dado lugar a grandes estudios en la historiografía reciente que han logrado superar las dos posturas extremas que se describieron al principio de este texto. Ha logrado que revaloremos el papel fundamental de la empresa de conquista para establecer las sociedades que eventualmente serían los estados latinoamericanos, pero sin olvidar lo controversial que fueron algunos de los métodos y los resultados catastróficos para las sociedades nativas.
El revisar, comprender y, eventualmente, criticar la labor de los indios aliados nos permitirá verlos bajo una perspectiva de complejidad de su papel para haber consolidado a la Monarquía Hispánica. Lo que dará lugar a una perspectiva de complejidad que evitará reducirlos a ser pensados como actores sin agencia ante los procesos de conquista.
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