
Jesús Díaz
De pronto, la Conquista fue una historia de amor, internet promete una memoria para la posteridad y todo en Gaza es dudoso; los hechos incómodos se reconstruyen hasta diluirse en fantasías

Durante años he creído, quizá por culpa de mi primaria pública, de los libros de texto de la SEP, de algunas visitas al Templo Mayor y de cierta tendencia personal a tomar medio en serio las fechas y el sentido común, que la Conquista fue un episodio desagradable de nuestra historia.
Tenía el recuerdo de una ciudad sitiada por desconocidos, gente con hambre, llanto por la pérdida, viruela, alianzas indígenas, eso sí, y españoles con caballos que tuvieron la gentileza de derribar templos mientras unos frailes, también eso, se empeñaban en salvar almas frente a una cantidad de muertos que nunca conoceremos.
Después vino Isabel Díaz Ayuso a México y de verdad mejoró la historia en mi mente. Resulta que todo eso fue, en el fondo, una larga historia de amor. Y, como yo llevo apellidos españoles, debo suponer que mis antepasados fueron protagonistas de una empresa de nobleza extraordinaria.
Me imagino a más de uno desembarcando con muy buenos modales, sacudiéndose el polvo de ese largo viaje, mirando a su alrededor con ganas de hacer amigos y preguntando dónde podía empezar el mestizaje. Debió haber en aquellos días una luna grande, blanca y clara, bajo la cual una de mis antepasadas indígenas, cuyo nombre desde luego no conoceré porque la historia suele no grabar los nombres de las mujeres, y menos de las indígenas, habría aceptado la invitación a esos momentos románticos.
Por alguna extraña razón, sería casi imposible conocer su edad, su lengua, su pueblo, sus dioses, sus miedos o la manera en que entendió la irrupción de aquellos hombres en su vida y hasta en su cuerpo. Pero Ayuso cree que, más bien, habría que agradecer eso, porque para nosotros, mestizos no exclusivamente indígenas que habitan lo que ahora es México, basta con que al final haya nacido alguien, luego otro, y otro, hasta que una cadena de bautizos, actas, apellidos y olvidos terminara produciéndome a mí y a quienes leen este texto. Ante eso, supongo, sólo queda olvidar, agradecer y continuar.
CORTÉS Y LA VISITA DE NUESTROS FANTASMAS
Todavía hoy, a unos días de la llegada de Ayuso, no tengo bien claro a qué vino a México: si como historiadora improvisada, como diplomática de carrera, como turista distraída que se perdió rumbo a Cancún o como presidenta de la Comunidad de Madrid, es decir, como alguien que gobierna una región española pero no temió iluminarnos como si con sus palabras salvaguardara la honra de toda España. ¿Será que México necesitaba a esa salvadora de Hernán Cortés, la Malinche, la evangelización, los apellidos y un sinfín de fantasmas más?
Lo cierto es que México y España llevan rato exorcizando sus propios demonios. Todos recordamos cómo, en 2019, el expresidente Andrés Manuel López Obrador solicitó a la corona española una disculpa por los abusos cometidos durante la Conquista y la Colonia. España rechazó la petición y aquello levantó indignación. Ya con Claudia Sheinbaum hubo señales de una relación menos congelada, aunque nadie había movido del todo ese elefante blanco en la sala. Entonces Ayuso llegó, vio el hueco y decidió hacer circo con él.
A unos metros de donde trabajo, junto al Monumento a la Revolución de la capital, con Malinche y Cortés puestos desde el título de una obra de teatro infame, patrocinada y promocionada en muchos medios por Ricardo Salinas Pliego, la mujer defendió “cinco siglos de mestizaje” entre España y México frente a los “discursos del odio” y pidió que “la libertad nunca pida perdón”. La Comunidad de Madrid difundió esa “loable” intervención como defensa de una historia compartida, amenazada por quienes insisten en mirar mal nuestro álbum familiar histórico.
Dijo que habían sido “cinco siglos de amor, no de odio” y que habría que ser “muy zote” para odiarse compartiendo apellidos. Si uno se apellida López, García, Hernández y, claro, Díaz, debería comportarse como si al revisar la historia familiar fuera de pésimo gusto preguntar quién incendió la casa.
“México no existió hasta que llegaron los españoles”, dijo días después, ya en la península Ibérica. Por más ofensivo que parezca, claro que tiene una parte cierta: México, con bandera, himno, Constitución, credencial de elector, selección nacional y esa odiosa declaración anual ante el SAT, no existía en 1519. Pero tampoco existía la España constitucional que hoy invoca. Desde luego que antes de Cortés no había mexicanos en el sentido actual. Había, no obstante, ciudades, señoríos, mercados, rutas comerciales, guerras locales, tributos, lenguas, dioses, alianzas, enemigos, memoria y gente ocupada en sus propios asuntos. Que no se llamaran mexicanos no significa que estuvieran ensayando su inexistencia.
Luego, la visita de Ayuso, que en teoría tenía una agenda institucional, adquirió otro aire: boicot, supuestos “peligros” y una izquierda empeñada en retorcer la historia. En España, incluso dentro del Partido Popular, hubo dirigentes incómodos con una gira tan larga, tan cargada de símbolos y tan útil para hacer política española desde México. El diario El País reportó ese desconcierto interno y la sensación de que la presidenta madrileña había llevado demasiado lejos su espectáculo.
Y, pues sí, Sheinbaum se subió al tren respondiendo con una mezcla de ironía y letargo heredado de su antecesor. Dijo que Ayuso casi odiaba al gobierno de México, aunque había pasado días de vacaciones en el país, y la invitó a conocer mejor la cultura mexicana. Fue una escena con algo de pleito familiar, de rebeldía contra esa prima lejana que viene a disputar los terrenos de la abuela que nunca visitó.
Eso sí, valga aclarar que de 1521 se puede decir casi cualquier cosa menos que fue una escena limpia. Tampoco fue la monografía escolar de españoles contra indígenas, con dos ejércitos perfectamente separados y una gran moraleja al final. La propia investigación histórica ha insistido en que Cortés dependió de alianzas indígenas, provisiones, rivalidades políticas y cálculos mesoamericanos que hicieron posible la caída de Tenochtitlan.
Se sabe que Cortés y sus aliados cercaron Tenochtitlan durante meses, cortaron el agua, dejaron a la ciudad sin alimentos y pelearon en calzadas, canales, templos y casas. La ciudad cayó y sobre sus ruinas se levantó otra. A esa guerra sangrienta se sumó la enfermedad: la viruela, que llegó en 1520 con la expedición de Pánfilo de Narváez y se extendió por Mesoamérica antes de que terminara ese año, matando en Tenochtitlan a una parte enorme de la población y alcanzando al propio Cuitláhuac.
Claro, también están quienes idealizan el mundo prehispánico, muchos en las filas del actual gobierno, y lo miran como un jardín sin sangre, con todos sus habitantes enfocados en la astronomía, la poesía, el cultivo de maíz orgánico y sus dioses. Valga decir que los sacrificios humanos mexicas sí existieron, aunque algunos los nieguen, y no dependen solamente de cronistas españoles aficionados al escándalo, sino de códices, textos en náhuatl, hallazgos arqueológicos, cuchillos de pedernal, restos humanos, cráneos y ofrendas asociadas al Templo Mayor. Pero tampoco conviene comprar sin revisión las cifras espectaculares que circularon durante siglos.
Y hay que recordar aquí que la historia no necesita antepasados perfectos. A unos les molesta que la Conquista haya sido brutal, a otros, que el mundo prehispánico no haya sido tan mágico. Pero ante ello, no veo a la negación como opción porque el que alguien diga que algo no ocurrió no desaparece el hecho, aunque sí puede cambiar la narrativa.
MEMORIA CON ENLACES ROTOS
La palabra posverdad entró al lenguaje con demasiada fuerza y por eso se desgastó. Oxford la eligió palabra del año en 2016, hace 10 años, para nombrar cómo se podía distorsionar la realidad cuando, más que basarse en hechos, se apelaba a ideas y emociones personales. El problema de esta posverdad es que cualquiera puede cambiar la historia a modo, y no sólo eso, sino reescribirla.
Durante un tiempo creímos que internet sería una hemeroteca infinita, un notario universal que guardaría nuestras vergüenzas y hazañas para la posteridad, pero no. Pew Research Center revisó páginas recopiladas entre 2013 y 2023 y encontró que 25% ya no eran accesibles en octubre de 2023.
En esa lógica, basta con revisitar la historia, unir a los cuates y reescribirla a conveniencia, para después crear una nueva narrativa que primero tome internet, la IA, los libros y finalmente el imaginario colectivo.
El tema de los negacionistas es tan grave que con Gaza queda más en evidencia, y se hace nada gracioso. La Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios ha descrito una situación severa en Gaza, con familias desplazadas viviendo en tiendas saturadas o estructuras dañadas, servicios básicos limitados, agua limpia irregular y sistemas de manejo de residuos incapaces de responder a los riesgos de salud pública.
Aún así, abundan posteos sobre las “sospechosas imágenes”, sobre niños cubiertos de polvo supuestamente acomodados para la cámara. Las redes han creado detectives de la realidad desde el escritorio y, si bien puede haber videos falsos, la realidad no puede negarse por decreto.
Les guste o no, ante el negacionismo y la posverdad en redes, el buen periodismo es indispensable. Por eso tantos buscan desacreditarlo.
En Gaza, por ejemplo, se ha documentado la muerte de al menos 207 periodistas y trabajadores de medios palestinos hasta abril pasado, con evidencia de que al menos 32 fueron atacados deliberadamente en represalia por su trabajo. Reporteros Sin Fronteras, que usa otra metodología, habla de más de 220 reporteros muertos, con al menos 70 probablemente asesinados por su labor periodística.
Pero a veces, claro, cuando no hago justo periodismo, me gusta simplemente imaginar y echar andar el sentido común. Pienso en mis antepasados, los poquísimos conocidos y los muchos inventados, sentados en una mesa larguísima. Hay españoles, indígenas, mujeres sin nombre, niños que llegaron a adultos, otros muchos que no vivirían más de 10 años, parientes que cambiaron de lengua, otros que cambiaron de religión porque era lo mejor en esos momentos.
Y si alguien les explicara que todo aquello fue una historia de amor, quizá se quedarían callados por cortesía, pero tendrían que ser sumamente inhumanos para negar su compleja realidad.
ATiempo.Tv es el primer medio de comunicación nativo digital e independiente en Coahuila, caracterizado por su compromiso y responsabilidad de contribuir a la sociedad; brindando información verificada de manera profesional, ética y confiable. Es por eso que te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales para que tengas acceso a las noticias más relevantes a nivel local, nacional e internacional.

