Matlachines, autores de los pasos que mantienen vivas las tradiciones en Saltillo

Matlachines danzando frente a la catedral de Saltillo
Matlachines danzando frente a la catedral de Saltillo, matlachinada julio 2022 / Foto: Daniel Díaz

La celebración a la Virgen de Guadalupe en México es una tradición arraigada desde el siglo XVI, a lo largo de los años se ha ido transformando

La festividad en honor a la Virgen de Guadalupe en México, que culmina el 12 de diciembre, se despliega como una celebración rica en danzas, misas, fiestas y danzas de matlachines que se inician mucho antes de la fecha señalada. Esta conmemoración, solo superada por la Semana Santa en importancia dentro del catolicismo mexicano, tiene profundas raíces en la historia y la cultura del país.

Según relatos como el Nican Moctepana, Chimalpahin, el Códice Aubin y Anales de México, la Virgen de Guadalupe hizo su primera aparición en México el 12 de diciembre en el cerro del Tepeyac ante Juan Diego, un indígena. En esta aparición, la Virgen le encomendó la construcción de un templo; sin embargo, historiadores como Edmundo O’Gorman sugieren que esta aparición fue un intento de evangelización, argumentando que la imagen fue colocada intencionalmente en el cerro.

El término «matachín» tiene sus raíces en el español y significa danzante, mientras que «matlachín», más cercano al náhuatl, se traduce como guerrero. Ambas grafías reflejan la dualidad de la danza, que representa tanto el arte del movimiento como la valentía de los guerreros. Esta dualidad lingüística resalta la complejidad cultural de la danza de los matachines.

La Danza de los Matachines, un elemento distintivo de las celebraciones guadalupanas en México, tiene sus raíces en una fusión única entre las danzas europeas y las tradiciones prehispánicas. Cuando los misioneros llegaron al norte del país en busca de evangelizar a los grupos indígenas, amalgamaron danzas prehispánicas en marchas religiosas, dando origen a la representación de la lucha entre moros y cristianos, con la victoria de la religión católica.

Esta fusión cultural explica por qué los matachines son una presencia tan distintiva en las peregrinaciones de la Virgen de Guadalupe. La danza, que simboliza la victoria del catolicismo, se ha arraigado profundamente en las festividades guadalupanas, contribuyendo a la riqueza y diversidad de las celebraciones.

La danza de los matlachines llegó al sur de Coahuila durante la fundación de San Esteban de la Nueva Tlaxcala en 1591, inicialmente arraigándose en el barrio del Ojo de Agua antes de extenderse por toda la ciudad y, posteriormente, por todo el estado. Su presencia en las festividades guadalupanas en la región añade una dimensión única y colorida a las celebraciones religiosas.

matlachinez frente a catedral

La vestimenta de los matlachines es una explosión de color, destacando especialmente sus penachos y plumas. Utilizan sandalias especiales que, al danzar, emiten un sonido característico. La sonaja que llevan consigo simboliza la valentía en tiempos de guerra. Además, en la danza participan los «viejos de la danza» o diablos, quienes utilizan máscaras y añaden un componente dramático a la representación.

En la actualidad, la danza de los matlachines sigue siendo una tradición vibrante y está registrada en 199 grupos con un total de 3,714 integrantes. Esta cifra refleja la continua relevancia y la participación activa de la comunidad en esta expresión cultural única que contribuye a enriquecer las festividades religiosas en México.

A pesar de las controversias sobre su origen, el culto a la Virgen de Guadalupe floreció en México y, en particular, en la región de Coahuila y la ciudad de Saltillo. Aunque ya existían imágenes de otras vírgenes, como la de la Soledad o del Rosario, la aceptación de la Virgen de Guadalupe fue rápida. En Saltillo, el culto se arraigó desde la fundación, fortaleciéndose significativamente en 1800 y culminando con la construcción del Santuario de la Virgen en 1828.

En Saltillo, el Santuario de Guadalupe, construido a lo largo de 80 años, se erige como un testimonio tangible de la devoción guadalupana. Este templo, inaugurado en 1920, alberga una imagen de la Virgen pintada por el jesuita Gonzalo Carrasco. A pesar de las adversidades históricas, como el cierre durante la Ley Calles en 1926, el Santuario ha perdurado como un lugar sagrado para los saltillenses.

La devoción por la Virgen de Guadalupe llegó a los primeros saltillenses a través de los tlaxcaltecas que, sensibilizados por los catequistas franciscanos, trajeron consigo esta devoción. La construcción del Santuario comenzó en 1794, y a lo largo de los años, el templo ha sido testigo de la fe inquebrantable de la comunidad saltillense.

Hoy en día, el Santuario de Guadalupe, en Saltillo, sigue siendo un lugar donde la comunidad vierte sus plegarias y expresa su devoción a la Virgen. Aunque ha pasado más de un siglo desde su construcción, el templo continúa siendo un faro de fe para los fieles que se congregan para rendir homenaje a la Virgen de Guadalupe, una figura que ha conquistado los corazones no solo de los saltillenses, sino de millones de fieles en México y en todo el mundo.

Las celebraciones religiosas en el noreste de México, incluyendo ciudades como Reynosa, Nuevo Laredo, San Luis Potosí, y especialmente Monterrey, se caracterizan por la presencia de las danzas de matachines. Estas danzas, que tienen lugar durante las festividades de San Judas Tadeo y las celebraciones guadalupanas, constituyen un elemento central de las celebraciones religiosas en la región.

En Monterrey, las procesiones guadalupanas tienen una duración de dos meses, iniciando el 12 de octubre y concluyendo el 12 de diciembre de cada año. Estas involucran la aplicación de operativos públicos para gestionar la compleja logística del evento. A diferencia de las comunidades rurales, en el contexto metropolitano, las instituciones gubernamentales y eclesiásticas juegan un papel crucial en la regulación y organización de las festividades.

Matlachines en plaza nueva tlaxcala

En Monterrey, alrededor de 170 grupos de danzantes participan en las celebraciones guadalupanas, generando disputas sobre las narrativas y formas correctas de ejecutar las danzas. Estas disputas van desde la vestimenta hasta la ejecución de las secuencias corporales y la diversidad de sones y acoplamientos musicales. La organización de las peregrinaciones implica la participación de diversos grupos humanos, desde habitantes locales hasta población migrante que acude a las celebraciones.

La celebración a la Virgen de Guadalupe en Saltillo emerge como un vibrante compendio de danzas, devoción y riqueza cultural que se extiende mucho más allá de la fecha del 12 de diciembre. A través de los relatos históricos y las controversias sobre su origen, la Virgen de Guadalupe ha tejido un vínculo indeleble con la comunidad saltillense, enriqueciendo su identidad y legado espiritual.

La danza de los matlachines, con sus raíces profundas en Europa e indígenas mexicanos, se erige como un símbolo de la fusión cultural única que caracteriza a las festividades guadalupanas. La dualidad de la palabra «matlachín» refleja la complejidad de esta expresión artística, donde la danza y el coraje se entrelazan en un homenaje a la victoria del catolicismo.

La expansión de la danza en Coahuila, desde su llegada en 1591, añade una dimensión colorida y distintiva a las festividades guadalupanas en la región. Con una vestimenta exuberante, sonajas resonantes y la participación de los «viejos de la danza», los matlachines personifican la valentía y la tradición arraigada en la comunidad.

El florecimiento del culto en Saltillo y la construcción del Santuario de Guadalupe resaltan la resiliencia de la fe guadalupana frente a desafíos históricos. El templo, erigido como testimonio de devoción, sigue siendo un faro espiritual para los saltillenses, donde las plegarias fluyen y la conexión con la Virgen persiste.

En última instancia, la celebración a la Virgen de Guadalupe en Saltillo y sus danzas de matlachines no solo son expresiones artísticas y religiosas, sino también legados vivos de una conexión profunda entre la historia, la fe y la identidad de la comunidad. Estas tradiciones continúan resonando en el corazón de los saltillenses, proporcionando un lazo perdurable con la Virgen que trasciende el tiempo y el espacio.

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