¡Saltillo en poder de la División del Norte!

El invencible centauro del norte ocupa la capital coahuilense tras la fulminante victoria de paredón; el ejército federal se retira en desbandada ante el avance imparable de las huestes constitucionalistas

Saltillo, Coahuila — 21 Mayo de 1914

El estruendo de las locomotoras revolucionarias retumba con fuerza en el templado valle de Saltillo. Lo que hace apenas unas semanas parecía una plaza inexpugnable para las armas del gobierno usurpador de Victoriano Huerta, se ha convertido hoy en el escenario del triunfo definitivo del constitucionalismo en el norte de la República. Ayer, 20 de mayo de 1914, las avanzadas de la invencible División del Norte, comandada por el general de división Francisco Villa, hicieron su entrada en esta capital sin necesidad de disparar un solo cartucho.

La plaza, abandonada a toda prisa por el contingente del revanchismo federal, capituló ante el peso de los acontecimientos militares y el pánico sembrado por la legendaria caballería villista. Hoy, las calles de esta aristocrática y conservadora urbe coahuilense se debaten entre el asombro popular, el temor latente de las clases acomodadas y el paso firme de los soldados de la revolución, quienes han quebrado definitivamente la espina dorsal del ejército huertista en este indómito suelo.

DE LA LAGUNA A LAS PUERTAS DE LA CAPITAL

Para comprender la asombrosa caída de Saltillo sin resistencia alguna, es imperativo volver la mirada a las sangrientas jornadas que ensangrentaron la Comarca Lagunera a principios de la presente primavera. Entre el 19 de marzo y el 3 de abril del año en curso, las fuerzas de la División del Norte libraron un combate titánico e inmisericorde que culminó con la captura de la vital urbe ferroviaria de Torreón. Tras aquel descalabro monumental, el general huertista José Refugio Velasco se vio forzado a evacuar sus mermadas y maltrechas columnas de la región lagunera, ordenando un repliegue estratégico hacia el este, con el propósito manifiesto de concentrar el grueso de los efectivos dictatoriales en la ciudad de Saltillo.

La capital de Coahuila poseía una trascendencia geográfica y militar de primer orden. No solo representaba el último bastión de importancia que protegía las comunicaciones ferroviarias hacia el neurálgico noreste y las aduanas fronterizas, sino que constituía la última línea de contención real antes de que las fuerzas revolucionarias pudieran enfilar sus baterías directamente hacia el corazón geográfico del país y la propia Ciudad de México. En esta plaza ya se encontraban acuartelados nutridos contingentes militares adscritos a la División del Bravo, bajo la dirección del general de división Joaquín Maass. 

Con el fin de salvaguardar la urbe y evitar que el temible general Francisco Villa cercara de manera directa la capital, el alto mando federal dispuso el establecimiento de una formidable posición fortificada de vanguardia en la estación de Paredón, un estratégico nudo de rieles situado en el municipio de Ramos Arizpe, a escasos 60 kilómetros de distancia de Saltillo. Aquel destacamento, integrado por un cuerpo selecto de aproximadamente 5,000 soldados de línea bajo las órdenes operativas de los generales Ignacio Muñoz y Francisco A. Osorno, tenía la perentoria encomienda de actuar como un escudo inexpugnable contra el avance de las brigadas constitucionalistas. Lo que ignoraban los arrogantes mandos huertistas era que se enfrentarían al aparato militar más moderno, veloz y letal que jamás hayan presenciado las Américas.

LOGÍSTICA Y DISCIPLINA DE HIERRO

La contundencia militar que la División del Norte ha desplegado a lo largo de esta campaña no es producto de la mera casualidad ni del fervor desordenado de las masas populares. Muy al contrario, responde a una innovadora y compleja reconfiguración logística que ha transformado a este ejército en una verdadera maquinaria de relojería bélica. A diferencia de los ejércitos revolucionarios del pasado, que marchaban con lentitud y dependían del pillaje fortuito, el estado mayor villista ha sabido explotar de manera sistemática y científica la vasta red ferroviaria del porfiriato, convirtiendo a los convoyes en bases operativas móviles dotadas de talleres de reparación, suministros centralizados de carbón y parques de municiones que se desplazan al unísono con las necesidades de la vanguardia.

Bajo la estricta dirección técnica del ingeniero ferroviario Eusebio Calzado, cuyo ingenio ha permitido coordinar el movimiento de decenas de trenes de manera cronométrica desde su base en Torreón, la División del Norte presenta rasgos organizativos sumamente rigurosos :

Componente OperativoCaracterísticas Técnicas y FuncionalesImpacto en la Campaña de Coahuila
Infantería Ligera MóvilProvisión reglamentaria de un caballo para cada soldado de infantería, emulando los cuerpos de dragones modernos. Incremento radical en la velocidad de desplazamiento forzado y despliegue inmediato en línea de batalla. 
Servicio Sanitario de CampañaIntegración de trenes hospitalarios especializados y ambulancias remolcadas por equinos. Reducción drástica de la mortalidad de la tropa; primera estructura de sanidad militar sistemática en el país. 
Falange ExtranjeraLegión de mercenarios y voluntarios internacionales, incluyendo figuras como Ivor Thord-Gray y el nieto de Giuseppe Garibaldi. Incorporación de asesores técnicos familiarizados con las tácticas de artillería y fortificación modernas de Europa. 
Exclusión de SoldaderasProhibición estricta dictada por el general Villa respecto al acompañamiento de mujeres y niños en los convoyes de vanguardia. Optimización de la velocidad logística; erradicación del pesado lastre civil documentado en otras facciones armadas. 
Agencia Financiera y ComercialEstructura financiera operada desde la frontera estadounidense mediante la confiscación de bienes oligárquicos.  

A esta robusta estructura organizativa se añade la provechosa alianza forjada entre la genial intuición táctica de Francisco Villa y el rigor estrictamente científico del general Felipe Ángeles, jefe supremo de la artillería revolucionaria, quien ha sabido dotar a las brigadas de una metodología de tiro que neutraliza por completo la formación académica de los generales del viejo régimen.

EL GENIO DE ÁNGELES Y EL AISLAMIENTO DE PAREDÓN

Las operaciones destinadas a capturar la plaza de Saltillo se iniciaron formalmente el pasado 11 de mayo de 1914. Aquel día, los primeros e imponentes convoyes de la División del Norte abandonaron las estaciones de la Comarca Lagunera con rumbo firme hacia el oriente, llevando en la más estricta vanguardia a la brigada comandada por el pundonoroso general Maclovio Herrera. A la jornada siguiente, 12 de mayo, se despachó el convoy mayor que transportaba la formidable dotación de 36 piezas de artillería pesada y mulas de tiro, escoltado de cerca por la Brigada Villa bajo el mando operativo de José Rodríguez.

El desplazamiento avanzaba de acuerdo con las más rigurosas previsiones técnicas hasta que, el 15 de mayo, el general Francisco Villa y su estado mayor arribaron a la solitaria estación de Hipólito. En ese preciso punto, la marcha ferroviaria quedó totalmente paralizada: el enemigo federal, temeroso de la embestida revolucionaria, había saboteado, levantado e inutilizado de manera severa la vía férrea delante de la estación de Sauceda. Cualquier otro general convencional habría detenido su avance para emprender las lentas labores de reparación de los rieles; sin embargo, el general Felipe Ángeles diseñó en el acto una audaz maniobra de desasociación ferroviaria que evitó el estancamiento de las tropas.

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Siguiendo el consejo de Ángeles, el Centauro del Norte ordenó el desembarco inmediato de los hombres y la numerosa caballada de los trenes para emprender una aproximación terrestre combinada de alta velocidad. El plan operativo contemplaba una genial división de las fuerzas: mientras el grueso de la infantería y los pesados pertrechos se internaban con el mayor sigilo a través del abrupto cañón de Josefa, se comisionó al general Toribio Ortega la conducción de una columna de vanguardia integrada por 2,000 jinetes con rumbo directo al oriente, hacia la pequeña estación de Zertuche, ubicada de manera estratégica entre las posiciones de Paredón y Ramos Arizpe.

Esta maniobra lateral ejecutada por las fuerzas de Ortega resultó el factor determinante de la campaña. Con una rapidez pasmosa, la caballería villista logró interrumpir de forma absoluta las líneas telegráficas y las vías de comunicación ferroviaria que enlazaban de manera directa al destacamento federal de Paredón con su retaguardia y base de apoyo en la ciudad de Saltillo. Entretanto, el resto de las brigadas revolucionarias y sus soportes logísticos ejecutaron un extenuante pero exitoso rodeo terrestre por las localidades de La Tortuga, Treviño, La Leona y Las Norias debido a las notorias dificultades topográficas del terreno coahuilense. Para las 06:00 horas del memorable 17 de mayo de 1914, la totalidad de los contingentes revolucionarios se habían congregado con absoluta precisión en el paraje de Fraustro, a escasos quince kilómetros del objetivo, logrando un aislamiento táctico completo y perfecto sobre las posiciones defensivas huertistas.

QUINCE MINUTOS QUE ESTREMECIERON LA TIERRA

El servicio de información y exploración del Ejército Federal sufrió un colapso categórico en Paredón. Plenamente convencidos de que la destrucción de la infraestructura ferroviaria en Sauceda les otorgaría una tregua de varios días para reorganizarse, los generales de la usurpación mantuvieron a sus 5,000 hombres en una condición de relativo abandono y total descuido, ignorando por completo que sus comunicaciones con la capital del estado ya habían sido rebanadas en su propia retaguardia por las fuerzas de Toribio Ortega. No fue sino hasta las 10:30 horas de aquel domingo 17 de mayo cuando las sorprendidas avanzadas federales detectaron las imponentes columnas revolucionarias y abrieron un fuego desesperado e impreciso de artillería.

Al evaluar desde un paraje cercano la disposición sumamente vulnerable del oponente, apiñado junto a las líneas del ferrocarril y sobre una pequeña loma adyacente donde desplegaban sus cañones, el general Francisco Villa determinó prescindir por completo del emplazamiento de su propia artillería, anticipando con su formidable genio militar que la acción debía resolverse mediante una acometida violenta e inmediata de sus fuerzas de a caballo. 

El general en jefe dictó entonces la consigna operativa de manera tajante a todos sus subordinados: la señal convenida para el asalto general sería el estallido de una bomba lanzada por su escolta personal en las inmediaciones de su puesto de mando, momento exacto en el cual todas las brigadas debían lanzarse a la carga sin contener la marcha por ningún motivo hasta conseguir el completo aniquilamiento del oponente. Durante la ejecución de esta señal, las esquirlas del artefacto hirieron de forma leve en el antebrazo al coronel saltillense Roque González Garza, estrecho colaborador de Villa y hombre de sus absolutas confianzas, lo que de ninguna manera impidió el estallido inmediato de la legendaria ofensiva.

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Lo que aconteció a continuación constituyó, sin duda alguna, una de las cargas de caballería más devastadoras y colosales registradas en la historia militar del continente americano. Una masa compacta de seis mil jinetes pertenecientes a las brigadas Benito Juárez, Hernández, Villa, Robles, Juárez de Durango y Zaragoza avanzó a galope tendido de forma arrolladora sobre el llano desértico, envolviendo por completo el campo de batalla en una densa e impenetrable nube de polvo. El ímpetu del choque desbordó las trincheras y posiciones federales en un lapso estimado de tan solo quince a treinta minutos. Los soldados huertistas rompieron filas presos del pánico ante la pavorosa velocidad de la oleada equina, lo que impidió de manera absoluta que sus modernas ametralladoras y piezas de artillería realizaran disparos efectivos contra la masa móvil revolucionaria.

La Brigada Zaragoza, conducida con valor temerario por el general de brigada Eugenio Aguirre Benavides y el general Raúl Madero, lideró el furor del asalto frontal, provocando la desbandada generalizada de los batallones de línea de la federación. Un desesperado intento de reacción por parte de un cuerpo de más de mil dragones de la caballería federal que amagó con desbordar el flanco derecho revolucionario fue neutralizado con celeridad cuando Villa ordenó a las experimentadas brigadas de Maclovio Herrera y José Rodríguez salir a su encuentro a toda rienda, obligando a los jinetes huertistas a volver grupas en una retirada caótica. 

La victoria de la División del Norte fue tan fulminante que la poderosa y científica artillería comandada por Felipe Ángeles no tuvo siquiera la oportunidad de quemar un solo cartucho, pues la caballería barrió las posiciones defensivas enemigas en cuestión de minutos, comisionándose de inmediato al general José Isabel Robles la persecución encarnizada de los remanentes federales.

El balance táctico-operativo de la Batalla de Paredón refleja el carácter absoluto del desastre federal :

  • Efectivos desplegados. División del Norte: 10,000 combatientes totales (6,000 jinetes en la carga activa). Ejército Federal: 5,000 soldados de línea y cuerpos de caballería.
  • Bajas mortales. Fuerzas Constitucionalistas: Escasamente 100 elementos de tropa. Ejército Federal: Aproximadamente 1,000 muertos en el campo de batalla.
  • Personal capturado. 2,101 prisioneros federales, incluyendo oficiales de diversas graduaciones y tropa de línea.
  • Pérdidas de mando federal. Muertes en combate de los Generales Ignacio Muñoz y Francisco A. Osorno, y del Coronel Joaquín Gómez Linares.
  • Botín de guerra reclamado. Confiscación intacta de 10 piezas de cañón, más de 3,000 fusiles reglamentarios, miles de cartuchos y la totalidad de los convoyes ferroviarios federales.

Los cadáveres de los altos mandos federales fueron localizados en parajes abruptos por comisiones revolucionarias coordinadas por el coronel Vito Alessio Robles: el cuerpo del general Osorno fue hallado en el lecho seco del arroyo de Patos, mientras que el general Muñoz y el coronel Gómez Linares yacían sin vida en la cumbre de San Francisco.

La captura masiva de prisioneros reavivó de inmediato una honda fractura de carácter ético y legal en el seno del mando constitucionalista. El temido general Rodolfo Fierro pretendía aplicar de inmediato las leyes de ejecución sumaria contra los oficiales oficiales enemigos, derivado de las severas directrices de la Jefatura Constitucionalista. Sin embargo, el general Felipe Ángeles intervino de manera enérgica y gallarda, sosteniendo firmemente que las normas humanitarias obligaban a proporcionar atención médica oportuna a los prisioneros lesionados antes de dirimir cualquier sentencia capital. El general Francisco Villa coincidió plenamente con los argumentos éticos de Ángeles, instruyendo a Fierro que se curase prioritariamente a todos los caídos que presentaran lesiones y limitando de forma estricta la aplicación de los fusilamientos sumarios a los jefes y oficiales de línea que hubiesen resultado completamente sanos tras la feroz refriega.

LA OCUPACIÓN INCRUENTA DE SALTILLO Y LAS HORAS DE LA CIUDAD TOMADA

La destrucción absoluta y categórica de la vanguardia federal en Paredón alteró de forma irreversible el equilibrio de fuerzas en todo el estado de Coahuila. Al conocer el descalabro total de sus fuerzas de contención avanzadas y certificar el absoluto aislamiento logístico en el que quedaba la capital, el general de división Gustavo Maass Águila juzgó con presteza que la plaza de Saltillo se había vuelto militarmente indefendible ante la proximidad inminente de la compacta maquinaria villista. Evitando a toda costa el riesgo de quedar atrapado en un asedio de aniquilamiento total, Maass Águila ordenó la evacuación inmediata de la urbe, emprendiendo la retirada hacia el sur con un gigantesco contingente de 15,000 hombres integrados por tropas de línea y la asustada burocracia militarizada del régimen huertista.

Como resultado directo de este repliegue estratégico defensivo, la División del Norte obtuvo vía libre y despejada hacia la capital coahuilense. Las avanzadas revolucionarias ocuparon formalmente la plaza sin necesidad de efectuar un solo disparo el pasado miércoles 20 de mayo de 1914, consolidando de esta manera el dominio absoluto de la facción constitucionalista sobre todo el septentrión mexicano. Hoy el general Francisco Villa hizo su ingreso formal y triunfal a la ciudad al frente de su estado mayor y de su temible escolta personal, el cuerpo pretoriano conocido popularmente como «Los Dorados».

La ocupación de la levítica y conservadora urbe saltillense ha puesto en evidencia los profundos choques socioculturales e ideológicos que arrastra consigo el proceso revolucionario. El general Villa estableció de inmediato su cuartel general en la suntuosa casona señorial propiedad de Francisco Arizpe y Ramos, ubicada estratégicamente entre los tradicionales callejones de Santos Rojo e Ildefonso Vázquez, desde donde comenzó a dictar decretos draconianos destinados a intervenir las estructuras tradicionales del poder local. 

De acuerdo con su profunda y conocida aversión hacia los miembros del clero regular, a quienes el caudillo acusa de instrumentalizar la ignorancia del pueblo y prestar sustento financiero a la usurpación criminal de Huerta, Villa ordenó el arresto preventivo de seis sacerdotes pertenecientes a la Compañía de Jesús. Los clérigos jesuitas permanecen recluidos en calidad de rehenes bajo amenazas latentes de ejecución y severas restricciones alimenticias, operando como un mecanismo fáctico de presión económica frente a las clases acomodadas de la ciudad.

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En paralelo, las dinámicas festivas de la tropa de élite villista han alterado por completo el pausado ritmo de vida de la aristocracia local. Los jefes y oficiales de «Los Dorados» irrumpieron de manera violenta en la residencia familiar del general revolucionario coahuilense Eugenio Aguirre Benavides, forzando las cerraduras y utilizando la suntuosa casona como escenario para la celebración de juergas constantes que se prolongan hasta el amanecer.

En una fresca noche de mayo, los oficiales organizaron un gran baile amenizado por orquestas locales requisadas, invitando a mujeres de diversos estratos populares y de la vida galante. Durante el festín, donde el vino y la champaña corrieron en abundancia, se produjo una apropiación material forzada de los bienes de lujo de la casa: los finos vestidos de seda y las valiosas joyas propiedad de Lolita Aguirre fueron sustraídos de las habitaciones por la tropa y entregados a las asistentes de los sectores más humildes, simbolizando una transferencia violenta y espontánea de la riqueza en el espacio urbano ocupado.

EL EPÍLOGO TELEGRÁFICO QUE SE AVECINA

No obstante el ambiente de triunfo que se respira en los cuarteles revolucionarios, los observadores políticos más agudos advierten que la toma incruenta de Saltillo no representa la estabilización definitiva del constitucionalismo, sino el peligroso detonante de una fractura política que amenaza con volverse irreversible. El extraordinario e imparable crecimiento militar de la División del Norte y la consolidación de la figura de Francisco Villa como un caudillo de proyección internacional —quien incluso ha firmado lucrativos contratos cinematográficos con empresas extranjeras como la Mutual Film Company para filmar sus batallas— han exacerbado los temores profundos del Primer Jefe, don Venustiano Carranza, quien observa con profunda desconfianza el ascenso de las masas populares armadas y se opone firmemente a que estas definan el rumbo institucional del país.

En los cafés y corrillos políticos de la ciudad ya se rumora con insistencia que la crisis institucional latente está por estallar de manera abierta. Se habla de un ríspido e intransigente cruce de cables telegráficos que habrá de sostenerse en las próximas semanas entre el general Villa, asentado firmemente con sus huestes triunfantes, y Venustiano Carranza, quien pretende subordinar la brillante estrategia de los generales del norte a su estricta autoridad civil. Las disputas por el suministro de carbón indispensable para mover las locomotoras villistas y las órdenes de desvío de contingentes dictadas por Carranza para frenar el avance de Villa hacia la vital plaza de Zacatecas amenazan con resquebrajar la alianza revolucionaria. 

Aunque los generales de la División del Norte —como Tomás Urbina, Maclovio Herrera, Toribio Ortega y Eugenio Aguirre Benavides— ya han manifestado soterradamente su lealtad absoluta e inquebrantable al Centauro del Norte por encima de las órdenes civilistas de Saltillo, las contradicciones ideológicas manifestadas durante esta campaña de Coahuila parecen haber trazado de forma definitiva la cartografía de una futura guerra civil faccional que habrá de ensangrentar nuevamente a la patria. Por ahora, los trenes villistas exhalan su denso humo negro sobre el cielo de Saltillo, listos para emprender la marcha hacia el sur, mientras el destino de la República pende de un hilo telefónico.

Aclaración histórica para el lector:

El presente texto ha sido redactado en la época actual simulando el estilo de la crónica periodística de campo de 1914, con la exclusiva finalidad de narrar con estricta fidelidad documental y basándose en testimonios e investigaciones históricas los trascendentales acontecimientos del pasado revolucionario de México.

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