

Jesús Díaz
Este 7 de julio cumple 85 años el músico que, contra todo pronóstico, se convirtió en el corazón discreto de los Beatles y en uno de los rostros más entrañables del rock
En 1964, mientras la Beatlemanía alcanzaba niveles de histeria colectiva y los Beatles eran perseguidos por multitudes de fans a donde fueran, Richard “Ringo” Starkey hizo algo inesperado: se alejó del caos y caminó solo por las calles de Londres.
En la película “A Hard Day ‘s Night” hay una secuencia que parece sacada de un sueño: Ringo camina sin rumbo fijo junto a un canal, con una cámara al hombro, platicando con un niño y esquivando a la gente como si fuera un don nadie. Sin fanfarrias ni multitudes. Solo él, en modo contemplativo.
Esa pequeña escapada del circo mediático decía mucho sobre su carácter. “Está tranquilo, es reflexivo, es sensible”, diría años después el productor T-Bone Burnett al recordar esa escena. Rodeado del vendaval que generaban John, Paul y George, Ringo parecía otra cosa: un tipo sereno, de humor seco y nobleza callada.
En blanco y negro, con su abrigo largo y su andar medio torpe de payaso melancólico, dejó ver que también había otro Beatle detrás del mito. Uno que sabía encontrar calma, y hasta ternura, en medio de la tormenta.
DE UNA INFANCIA DURA AL PRIMER TAMBOR
Ese equilibrio no vino gratis. Ringo nació en Liverpool en 1940, en uno de los barrios más pobres de la ciudad, y creció entre carencias, hospitales y largos periodos de convalecencia.
A los seis años lo operaron de apendicitis, pero la intervención salió mal y terminó con una peritonitis grave. Los doctores le dijeron a su mamá, más de una vez, que no amanecería.
Pero el pequeño Richie, como le decían entonces, sobrevivió. Pasó meses internado y, cuando por fin salió, todavía no acababa su mala racha: al poco tiempo le diagnosticaron tuberculosis. Esa vez estuvo hospitalizado dos años completos.
Parecía que la enfermedad le iba a robar la infancia entera. Pero en ese mismo sanatorio, un profesor que llevaba instrumentos para entretener a los niños le acercó un tambor. Ringo tenía 13 años y, aunque nadie lo sabía entonces, ese golpe iba a marcar el rumbo de su vida.
Ya en casa, su padrastro notó que Richie pasaba el día marcando ritmos con los dedos sobre la mesa o cualquier superficie. Así que le consiguió una batería usada.
Para un niño que había pasado años rezagado en la escuela, que no tenía grandes expectativas académicas ni físicas, la música fue salvación. En el skiffle y el rock & roll encontró algo que ningún tratamiento médico le había dado: libertad.
EL RITMO QUE LO CAMBIÓ TODO
Durante los años 50, Ringo empezó a tocar en bares y clubes de Liverpool con Rory Storm and The Hurricanes, que en su momento eran una de las bandas más populares de la ciudad. Incluso más que los Beatles. Pero el destino, y las noches compartidas en Hamburgo y The Cavern, hizo lo suyo. Empezó a cruzarse con John, Paul y George, y a tocar con ellos de vez en cuando como baterista invitado.

En esas tocadas nació una amistad. Los Beatles lo escucharon, lo vieron convivir, y notaron que tenía algo que no se compraba: una vibra que encajaba con ellos. Así que cuando en 1962 el productor George Martin pidió un baterista más sólido para grabar en estudio, la decisión fue inmediata: llamaron a Ringo.
Con él, la banda se completó. Su estilo era sencillo, sin malabares ni adornos, pero firme, exacto, contundente. Justo lo que el grupo necesitaba. Y fuera del escenario, su presencia relajada ayudó a equilibrar el ambiente. Ringo no necesitaba competir con los otros tres. Su lugar lo ganó con ritmo, paciencia y una especie de sabiduría silenciosa.
EL PEGAMENTO QUE MANTUVO UNIDOS A LOS BEATLES
Dentro de los Beatles, Ringo fue, casi desde el principio, el más accesible y sereno del grupo. Mientras los demás se desgastaban entre giras, presión mediática y tensiones creativas, él era quien bajaba la temperatura con un chiste, una ocurrencia o simplemente con su forma de ser y estar. Su sola presencia transmitía calma.
No era el más ruidoso, pero sí el que mantenía los pies en la tierra. En medio de un grupo lleno de egos y genialidades, Ringo fue la zona neutral. Cuando John, Paul y George, por ejemplo, discutían por los rumbos del grupo, él seguía ahí, aportando ritmo y algo más valioso: equilibrio.
Paradójicamente, el momento que más reveló su peso dentro de la banda fue cuando se retiró de ella. Durante las tensas grabaciones del “White Album”, en 1968, Ringo empezó a sentirse fuera de lugar. Los ánimos estaban al rojo vivo, las sesiones eran largas y frías, y él, inseguro, pensaba que ya no tocaba bien. También creía que los otros tres estaban más unidos entre sí y que su lugar era prescindible.

Un día de agosto, se hartó. Le dijo a John y a Paul que se salía del grupo. Y la respuesta de ambos lo desconcertó: “¡Pero si pensábamos que tú eras el más cercano a los otros tres!”
La sensación de aislamiento era compartida y hablaba del desgaste emocional que vivía la banda. Ringo se fue de vacaciones improvisadas en un yate prestado. Ahí, entre conversaciones con el capitán sobre pulpos y tesoros marinos, empezó a escribir una canción que años después se volvería entrañable: “Octopus ‘s Garden”.
Mientras tanto, en Londres, la ausencia de Ringo se hizo evidente. Grabaron “Back in the USSR” sin él y algo no cuadraba. El grupo funcionaba, pero ya no sonaba igual. No había el mismo ritmo, ni la misma química. Se dice que le enviaron un telegrama directo: “Te amamos. Eres el mejor baterista de rock and roll del mundo. Por favor, regresa”.
Cuando volvió al estudio, el 4 de septiembre de 1968, encontró su batería decorada con flores y un letrero que decía: “Bienvenido, Ringo”.
Así, a lo largo de la década, sin hacer ruido, Ringo fue dejando su sello en el sonido del cuarteto. Sus patrones de batería definieron temas como “Ticket to Ride”, con ese golpe arrastrado pero fluido, o el sonido de “Come Together”, que le da swing a la canción desde el primer segundo.
Muchos músicos, entre ellos bateristas como Phil Collins o Dave Grohl, han reconocido con el tiempo lo que en su momento no todos vieron: que detrás de su estilo sencillo había una genialidad rítmica difícil de imitar. Una forma de tocar que parecía fácil, pero que nadie más lograba igual.
CAÍDAS, REDENCIÓN Y UNA BANDA DE ESTRELLAS
Con la separación de The Beatles en 1970, Ringo, como sus compañeros, tuvo que reinventarse. Y aunque muchos lo veían solo como “el baterista simpático”, sorprendió al colocar varios éxitos en solitario. Canciones como “It Don’t Come Easy” (1971) y “Photograph” (1973) se metieron al Top 10 mundial, mostrando que tenía mucho más que ofrecer: una voz cálida, vulnerable, y una sensibilidad que conectaba.
Pero la segunda mitad de los 70 no fue tan generosa. Sin la estructura de una banda ni la compañía de sus “hermanos”, Ringo se fue desdibujando. Extrañaba la camaradería, el tour constante, el caos compartido. Y la fama sin red de apoyo comenzó a pesar. Cayó en excesos.
A mediados de los 80, el alcoholismo se había vuelto parte de su rutina. Él mismo reconocería años después que llegó a perder la noción del tiempo.
En 1988 tocó fondo. Ingresó a rehabilitación. Usó su nombre real, Richard Starkey, para pasar desapercibido. La noticia sorprendió a muchos. Ringo siempre había parecido alegre, incluso inofensivo. Pero sus amigos se volcaron a apoyarlo.

Lo que vino después fue un renacer: sobrio, enfocado, más ligero. “Cuando dejé de beber, de pronto tenía todo este tiempo y más energía”, contó.
Con esa energía renovada, en 1989 echó a andar un proyecto que marcaría su identidad pos-Beatles: la All-Starr Band. No era una banda cualquiera. Era una especie de supergrupo cambiante, con músicos de distintas generaciones (amigos, ídolos, colegas), unidos por el simple placer de tocar en vivo.
Hasta hoy, las giras tienen alineaciones distintas, pero la dinámica es la misma: todos comparten escenario, tocan los éxitos de cada quien, y Ringo alterna entre el micrófono y la batería. Y a diferencia de muchos líderes, Ringo no busca protagonismo. Al contrario: deja que brillen los demás.
Para él, que siempre se definió como un hombre de grupo, la All-Starr Band es su forma ideal de estar en la música: rodeado de camaradas, tocando con gusto, sin competir.
Eso sí, la vida tampoco fue sencilla en este nuevo tramo. La muerte de John Lennon, en 1980, lo sacudió profundamente. Fue el único Beatle que voló de inmediato a Nueva York para acompañar a Yoko Ono tras el asesinato. Y dos décadas después, la partida de George Harrison en 2001 le pegó igual de fuerte. Aún con eso, Ringo se ha mantenido firme, siempre fiel a su temple optimista.

JUVENTUD DE ESPÍRITU, PAZ Y BATERÍA
A los 85 años, Ringo Starr es algo así como el embajador mundial de la buena onda. No se retiró ni se desinfló con la edad. Sigue girando, sigue grabando y, sobre todo, sigue levantándose cada mañana con gratitud. Dice que cuando se mira al espejo, no ve a un anciano, sino al joven de 24 años que todavía se siente por dentro.
¿Su fórmula? Tocar con pasión, mantenerse activo y cuidar el cuerpo. Es vegetariano desde hace décadas, duerme bien, es disciplinado y se ha mantenido sobrio. Y la ciencia parece darle la razón: con su barba recortada, sus gafas de sol y esa eterna seña con los dedos, Ringo parece congelado en el tiempo.

La frase «peace and love» se volvió su mantra, su saludo, su estandarte. En otra persona podría sonar ingenuo, pero en él suena sincero. Tanto, que desde 2008 convirtió su cumpleaños en una celebración global. Cada 7 de julio, a mediodía en cada huso horario, invita a quien quiera a decir esas palabras. El año pasado, personas de 34 países, incluidos astronautas desde la Estación Espacial Internacional, se sumaron al festejo.
Mientras ese pulso siga sonando, mientras haya una batería marcando el ritmo y una voz ronca diciendo su frase más famosa, el mundo seguirá teniendo algo de él.
Peace and love, Ringo.
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