La ruptura de Davos: Carney, Trump y el desplome del orden internacional

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La jefa del Banco Central Europeo, Christine Lagarde; la directora del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, y la directora de la Organización Mundial del Comercio, Ngozi Okonjo-Iweala, en un panel de discusión en Davos, Suiza. Foto: AFP

Jesús Díaz

El ministro canadiense desarmó la hipocresía del orden internacional basado en normas y la necesidad de que las potencias medianas, como México, dejen la simulación para defenderse

Hace unos días, en el Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney pronunció un discurso inesperadamente franco que algunos en redes sociales consideraron que pasará a la historia.

Con voz serena, Carney dijo: «Estamos en plena ruptura, no en plena transición», dando así nombre a un secreto a voces de muchos: el orden mundial basado en normas, ese que nos hizo soñar con un mundo más ordenado y diplomático, muchas veces solo como un espejismo de una realidad en la que siempre el más poderoso ha dominado, se había resquebrajado.

Ya no valían las ficciones de una diplomacia que tanto nos han vendido. Carney quitó el «cartel de la ventana», para usar su propia metáfora, y expuso la verdad más incómoda de la geopolítica actual: las potencias medianas, dijo, debemos aprender a vivir en la verdad y no a la sombra de los poderosos.

Lo dijo claramente y en tono desolador: «Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben», citó, rescatando el aforismo de Tucídides, quien no solo fue historiador, sino un militar que vivió la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. 

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En el famoso «diálogo de los melios», Tucídides plasma la crudeza de ese conflicto cuando Atenas, la gran potencia, pone a la pequeña isla de Melos ante un dilema brutal: someterse o ser destruida. Para los atenienses, la justicia no era un valor moral universal, sino un acuerdo que solo existe entre iguales. 

Y cuando esa igualdad de fuerzas desaparece, la ética sobra: el fuerte actúa hasta donde su poder se lo permite y el débil padece simplemente por no tener cómo defenderse. Es la ley de la selva disfrazada de destino.

Durante décadas, admitió Carney, países como Canadá fingieron creer así en la noble historia del orden internacional basado en normas, aunque «sabíamos que (esa) historia… era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera».

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Sus palabras fueron demoledoras porque todos nos creímos, muy en el fondo, esa ficción: se celebraban tratados, se fundaban organismos como la ONU o la OMC, y se proclamaban los llamados «derechos universales»; pero detrás de todo eso, las grandes potencias siempre se reservaron el derecho de decidir realmente.

El jurista Carl Schmitt definió que el soberano es quien decide sobre el estado de excepción. En la práctica internacional reciente, Estados Unidos es el que decide cuándo cumplir las reglas y cuándo ignorarlas. 

Pero esa hegemonía, hay que decirlo, parecía proveer ciertos bienes públicos globales (estabilidad financiera, rutas marítimas abiertas, disuasión de conflictos) para hacer más tolerable la hipocresía, justo como la famosa parábola del «traje nuevo del emperador»: todos fingíamos no ver la desnudez del poder.

Esa «gran simulación» empezó a desmoronarse con las crisis de las últimas décadas. Carney hizo bien en enumerarlas: colapsos financieros, pandemias, disrupciones energéticas y guerras regionales. Cada sacudida, dijo, reveló «los riesgos de una integración global extrema». 

Karl Polanyi ya lo señalaba: una economía mundial hiper globalizada generaría vulnerabilidades sociales y nacionales imposibles de ignorar. En «La gran transformación» (1944), el economista austriaco advirtió que los mercados desenfrenados acabarían provocando la autoprotección. Y eso vemos: tras años de globalización eufórica, muchos países buscan ahora resguardar su soberanía económica y su estabilidad interna.

El problema, como bien dijo el mandatario canadiense, es que ese repliegue nos dejará «más pobres, más frágiles y menos sostenibles». La imagen es: cada nación encerrándose tras muros altos, acumulando granos y petróleo, confiando sólo en sí misma. Es un mundo desglobalizado que remite a la pesadilla de los años 30: bloques aislados, desconfianza generalizada, un «sálvese quien pueda». 

VIVIR EN LA VERDAD

Pese al mal panorama, Carney quiso desafiar la máxima de Tucídides. En la sección más inesperada de su discurso, invocó a un dramaturgo disidente, Václav Havel, recordando su famosa parábola que abre «El poder de los sin poder» (1978): cada mañana, un verdulero checo colocaba en su vitrina un cartel con el lema comunista («¡Proletarios de todos los países, uníos!») en el que no creía. ¿Por qué lo hacía? Por miedo, por inercia, para «llevar la fiesta en paz».

Miles de pequeños actos similares sostenían así una gran mentira colectiva. «Vivir en la mentira», lo llamó Havel: la obediencia fingida que da poder a un sistema vacío de verdad. Y bastaba que un simple verdulero retirara el cartel de su ventana para que esa ilusión comenzara a resquebrajarse.

Durante décadas, países como Canadá y México también hemos colocado el cartel en la ventana participando de rituales diplomáticos en los que, en privado, no creían. Asistíamos a cumbres, firmábamos comunicados, denunciábamos agresiones «enérgicamente» pero sin consecuencias, mientras evitaban confrontar a las potencias por sus violaciones a las normas.

En palabras de Carney, llegó la hora de una cruda realidad: «Que las empresas y los países quiten sus carteles»; es decir, de que dejen de actuar como si rigiera un orden justo cuando la realidad es otra.

«Vivir en la verdad» entronca no sólo con Havel sino con una tradición ética que incluye, por ejemplo, a Hannah Arendt, quien reflexionó sobre la frágil relación entre verdad y política en ensayos como «Verdad y mentira en la política» (1971).

Según Arendt, las mentiras políticas modernas contienen una violencia peculiar: buscan no tanto que la gente crea una falsedad concreta, sino sembrar la duda sobre toda verdad. Cuando todo es engaño y propaganda, el resultado es un cinismo generalizado, «el rechazo absoluto a creer en la veracidad de cualquier cosa».

Eso describe alarmantemente bien la atmósfera de la era Trump, saturada de «hechos alternativos» y teorías conspirativas. Arendt advertía ya que, a la larga, «el mentiroso es derrotado por la realidad»: los hechos terminan imponiéndose, aunque a veces de forma catastrófica.

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Carney parece recoger esa lección. Decir la verdad en la arena internacional no es un ejercicio ingenuo, sino una necesidad estratégica. Significa «llamar a las cosas por su nombre»: reconocer que el viejo «orden basado en normas» ya no funciona, que en su lugar hay una pugna descarnada donde la interdependencia económica se usa para coaccionar. 

Significa también acabar con la doble vara: si se critica, por ejemplo, la intimidación económica de China, también debe criticarse la de Estados Unidos o quien sea; de lo contrario, el cartel sigue puesto en la ventana. Esta coherencia es parte de vivir en la verdad.

Las potencias medias, que podrían ser Canadá, los países nórdicos, quizás muchas naciones de Europa, Asia, América Latina, quizás descubran que al unirse en la honestidad y la defensa mutua de principios tienen más poder del que creen.

Donald Trump, se sabe, prospera en la confusión entre verdad y mentira. Su liderazgo se ha alimentado tanto de falsedades evidentes (desde negar el cambio climático hasta difundir noticias falsas) como de una cínica transparencia en su amoralidad (el famoso «sí, queríamos el petróleo» contra Venezuela).

Frente a ello, la propuesta de Carney es casi radical por su sencillez: decir la verdad sin adornos. Decir, por ejemplo, que ningún país grande tiene derecho a subyugar a otro, sea Rusia invadiendo a un vecino o Estados Unidos asfixiando económicamente a otro. Puede parecer obvio, pero pronunciar esas verdades en voz alta, desde el poder institucional, tiene un efecto casi revolucionario. Es dejar de consentir en silencio. Es quitar ese cartel de la ventana de la hipocresía.

EN BUSCA DE SOBERANÍA Y COALICIONES

Y sí, decir la verdad sería el comienzo. Pero, ¿qué hacer una vez que reconocemos la realidad tal cual es? Carney propuso un camino intermedio; lo llamó «realismo basado en valores». Una idea que significa actuar con pragmatismo sin renunciar a ciertos principios.

No se trata de moralizar todo con discursos vacíos, sino de construir un poder real alineado con valores como la soberanía, la integridad territorial y los derechos humanos. «Ya no dependemos únicamente de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza», dijo Carney. 

Propuso valores, sí, pero respaldados por músculo económico, diplomático y militar para que no queden en letra muerta.

La soberanía, en este contexto, deja de ser un don pasivo garantizado por reglas internacionales que nadie sigue y vuelve a ser algo que hay que forjar y defender. Recordando a Schmitt, la soberanía siempre implicó decisión y capacidad de excepción; ahora las potencias medias buscan apropiarse de ese concepto para no ser quebrantadas por los poderosos. 

¿Cómo? A través de la «autonomía estratégica»: diversificar fuentes de energía, alimentos, tecnología y financiamiento para reducir cualquier dependencia vulnerable.

Carney detalló cómo Canadá, lejos de resignarse, está tejiendo una densa red de alianzas nuevas: acuerdos de libre comercio con Asia y Latinoamérica, pactos estratégicos con la Unión Europea, incluso diálogos con potencias de Oriente Medio y Asia-Pacífico. «Si no estás en la mesa, estás en el menú», ironizó

Así, las naciones medianas deben sentarse juntas a la mesa de las decisiones globales para no terminar siendo el plato principal devorado por las superpotencias. «No se trata de un multilateralismo ingenuo… Se trata de crear coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común», remarcó.

EL TRUMPISMO VS. LA LUCIDEZ

Donald Trump ha abanderado un retorno al poder sin cortapizas: desprecia los modales diplomáticos, reduce las relaciones a un regateo mercantil y parece cómodo operando en un mundo sin árbitro. Su agenda «America First» (MAGA) llevó al abandono de tratados, a castigar a aliados con medidas comerciales y a tratar asuntos globales, del clima a las migraciones, como transacciones inmobiliarias, a lo que siempre se dedicó.

Ante ello, Carney ofreció justamente una alternativa articulada: no tanto un antiamericanismo, sino un post-americanismo cooperativo. No se enfrenta a Trump desde lo moral (sabe que sermonear al magnate es inútil, además de que este no tardó en responderle al otro día), sino con la fría lógica del interés bien entendido. 

Le dijo, en esencia: si abandonas incluso la apariencia de las normas y basas todo en la coacción, tus socios buscarán cómo arreglárselas sin ti.

Hay que decir que Trump personifica también la política de la posverdad: la verdad importa poco. Frente a ello, el ministro canadiense reivindicó la fuerza de la “verdad factual” como fundamento de la confianza. «En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario», decía Orwell.

En el Sur Global, donde muchas naciones han sido peones en el tablero de las superpotencias, la idea de «vivir en la verdad» puede traducirse en exigir respeto genuino a su soberanía, venga la amenaza de donde venga, y diversificar las alianzas.

El discurso de Mark Carney representa, en última instancia, un llamado a la honestidad estratégica en un tiempo de engaños y fuerza bruta. 

Valdría preguntarse ¿Bastará la verdad para equilibrar la balanza del poder? Por sí sola, no. En la esfera global, «vivir en la verdad» podría conllevar represalias: desafiar a un gran poder, ya sea condenando sus abusos o reduciendo la dependencia de él, puede atraer castigos. 

Pero la alternativa, seguir viviendo en la mentira, garantiza la perpetuación de un sistema injusto y precario. ¿Qué hará México? Veremos, pero al menos, eso sí, debemos quitar todos el cartel de la ventana.

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