“Olvidar Palestina es olvidar nuestra humanidad”: Farah Nabulsi 

cine sobre Palestina
The teacher no es solo cine sobre Palestina, es resistencia / Foto: Jesús Díaz

Jesús Díaz

La cineasta paquistaní-británica narra lo que significa ser palestino cuando el mundo elige mirar hacia otro lado. En medio del colapso, su testimonio cobra más importancia

Emiratos Árabes Unidos. —   En los últimos días, la tragedia en Palestina ha alcanzado una nueva y brutal escalada. Más de 700 personas han sido asesinadas en menos de una semana. Mujeres, niños, bebés. Drones que persiguen cuerpos desarmados. Hospitales sin energía, con generadores bombardeados. Diplomáticos de más de 30 países —incluidos representantes de México— fueron atacados por fuerzas israelíes durante una visita a Yenín, Cisjordania. Nadie resultó herido, pero el mensaje fue claro: ni siquiera los observadores extranjeros están a salvo.

La comunidad internacional apenas balbucea. Mientras tanto, se impide la entrada de ayuda humanitaria. La ONU y la OMS han advertido que 15 mil bebés en Gaza están en riesgo de morir por inanición. La población del norte ha sido forzada a desplazarse masivamente al sur del enclave, en condiciones infrahumanas. Y en medio de la devastación, se confirman ataques contra personal de defensa civil y campos de olivos incendiados por colonos. La realidad supera la ficción, todos los días.

A esto se sumó una revelación que muchos intuían pero que ahora está documentada: el propio primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, reconoció que Israel permitió y facilitó el financiamiento a Hamás con el fin de debilitar a la Autoridad Palestina y dividir a los palestinos entre Gaza y Cisjordania. Una estrategia que terminó justificando una política de exterminio sistemático. En Washington, hubo respuesta: un ataque contra funcionarios diplomáticos israelíes que fallecieron elevó aún más la tensión. Siguen presentes imágenes de las marchas multitudinarias en ciudades como Londres, París, Nueva York, Berlín, Madrid y Ciudad de México que claman por un alto al fuego. 

Frente a todo esto, surge una pregunta urgente: ¿qué significa ser palestino cuando el Estado de Israel parece decidido a borrar esa identidad?

Para algunos, como Moshe Feiglin —líder del partido sionista Zehut y exdiputado por el Likud de Netanyahu—, la respuesta es escalofriante. En un programa del Canal 14 de su país, dijo sin titubeos: Cada niño en Gaza es un enemigo. El enemigo no es Hamás ni ninguna organización militar, son los niños de Gaza. El niño lactante hoy, será un violador y asesino mañana. Debemos ocupar Gaza, colonizarla y no dejar ni un solo niño vivo. Solo así habrá victoria”. Lo dijo con la naturalidad de quien no teme consecuencias, como si Palestina fuera sólo un mapa que desaparece.

Pero hay muchos otros como la cineasta Farah Nabulsi, que entienden que Palestina es una memoria que se resiste. Una cultura milenaria con lengua, raíces, cocina, arte, poesía, canciones de cuna y árboles plantados por los abuelos. Es un pueblo que piensa, que siente, que ríe, que entierra, que recuerda. Un pueblo de niños que juegan entre escombros, de madres que hornean pan con lo poco que queda, de padres que protegen a sus hijos como pueden. Ser palestino no es un pasaporte. Es un hilo que, a pesar de todo, no se rompe.

Por eso, cuando la realizadora (de raíces palestinas) pisó la tierra de sus ancestros por primera vez en su vida adulta, algo se quebró y se encendió. Había crecido en Londres, con educación británica, trabajando en el mundo financiero. Durante años, se desempeñó como analista en el sector corporativo, con una carrera estable y prometedora. Pero en 2013, al recorrer Cisjordania —la tierra de su madre, desplazada en la guerra del 67, y de su padre, palestino-egipcio—, se encontró con una herencia viva, dolida e indoblegable. Comprendió que mirar no era suficiente. Que debía actuar.

Renunció a su trabajo, fundó la productora Native Liberty y se volcó de lleno al cine como herramienta de memoria, dignidad y denuncia. Su propósito era claro: hablar de Palestina desde el arte, desde lo humano.

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En octubre de 2024, la entrevisté en Sharjah, durante el Festival Internacional de Cine, en medio de salas repletas de jóvenes árabes y paneles donde la palabra Gaza era sinónimo de herida. Ahí, habló de lo que había detrás de su película “The Teacher”, pero también de su vida y de su decisión de dejarlo todo para mostrar la identidad palestina al mundo desde el cine.

“Ver lo que ocurre hoy en Gaza es vivir con un fuego interno que no se apaga”, me dijo. “Lo que más me perturba no es solo la destrucción, sino la indiferencia. Ver cómo tantos siguen su vida como si no pasara nada. Creo que quienes callan, quienes miran a otro lado, también deben ser confrontados. Es urgente actuar: cortar la complicidad económica, denunciar, sancionar. No podemos normalizar este nivel de crueldad. Abandonar Gaza sería abandonar nuestra humanidad entera”.

Y es cierto, hablar de Palestina hoy no es solo hablar de geopolítica o religión: es hablar de humanidad, de memoria, de empatía. De la posibilidad —o no— de seguir siendo humanos en medio del colapso.

La película “The Teacher” está ambientada (y rodada) en Cisjordania, en uno de esos pueblos donde cada jornada es una batalla silenciosa por mantener la dignidad. 

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Basem, su protagonista, es un maestro de secundaria marcado por el duelo: ha perdido a su hijo en circunstancias que la película va revelando. Pero su respuesta al dolor no es la rabia ni la venganza, sino la determinación. Protege a sus alumnos en un contexto donde ser adolescente ya es motivo de sospecha. Uno de ellos, Yacoub, acaba de salir de prisión tras dos años por participar en una protesta. Basem lo cuida, lo confronta, lo sostiene.

Pero cuando decide ocultar a un joven palestino buscado por el ejército israelí, la historia se vuelve una meditación sobre la ética, el sacrificio, el miedo y el amor. ¿Hasta dónde puede llegar alguien que se resiste a perder su identidad?

En esa intimidad se cuela Lisa, una cooperante británica que representa, de muchas maneras, el espejo de Farah: una mujer que llega desde fuera con la intención de ayudar, pero que choca con una realidad que la desborda. Lisa no salva, no entiende del todo. Su presencia es un recordatorio de lo insuficiente que puede ser la solidaridad vista sólo desde afuera.

“La dimensión política y social está presente, pero el público ya está familiarizado con ella. Por eso decidí centrar esta historia en los personajes, en su vida emocional, en los dilemas humanos que enfrentan”, explicó Farah durante nuestra entrevista en Sharjah. 

Más allá de la trama o del acceso a la película —que aún no tiene distribución confirmada en México—, lo que importa aquí es su voz. Su convicción. Su llamado.

El rodaje fue tan real como el relato. Filmada en Nablus, la película muestra calles verdaderas, casas bajo amenaza, niños que podrían desaparecer de un día para otro. En una escena, destaca, los personajes caminan entre olivos centenarios. Días después, esos mismos campos fueron incendiados por colonos israelíes con protección militar.

“Un olivo no es solo un árbol. Es parte de la identidad palestina. Son generaciones cuidándolo, cosechando su fruto. Quemarlos es borrar una historia, una raíz, un derecho”, lamentó.

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También compartió un momento que la marcó: “Una mañana, camino al set, vi a una familia con seis hijos frente a los escombros de lo que era su casa. Y justo habíamos filmado una escena similar de una demolición. La realidad nos alcanzaba a cada paso”.

Rodar una historia dura en medio de una realidad aún más dura consume mucha energía vital. Recuerdo que al acercarnos al final del rodaje, en agosto de 2022, comenzaron a caer bombas sobre Gaza. Era imposible filmar sin sentir que todo lo que hacíamos se estaba derrumbando afuera”, recuerda.

Pese a todo, la película logró abrirse camino. Se presentó en Toronto, El Gouna, Palm Springs. Fue aplaudida, pero también enfrentó barreras. “Incluso antes de los bombardeos actuales, ya percibía una hostilidad sutil por parte de algunos distribuidores. Pero yo no hago cine para agradar, sino para contar verdades”, sostuvo.

Farah sabe que contar verdades tiene un costo. Pero también sabe que tiene un sentido. “Espero que la película inspire a la gente a cuestionar la ocupación, a educarse, a usar su voz para defender la justicia. Que no se queden como espectadores, sino que se conviertan en actores del cambio”.

Ese cambio, para ella, empieza por mirar. Escuchar. Nombrar. Resistir.

Aunque escribí la película hace casi cuatro años, y la rodamos dos años atrás, su estreno en Toronto coincidió con un momento particularmente crítico. La ocupación, la colonización, el apartheid… todo eso ha ocurrido durante décadas. Pero con el genocidio en curso que Israel ha perpetrado durante el último año, siento que “The Teacher” adquiere una carga emocional todavía más fuerte. Hay una urgencia distinta, más aguda, que rodea ahora la película”, enfatizó la realizadora.

“Es desgarrador que los temas del filme —la ocupación, el despojo, la resistencia— sean aún más relevantes hoy, pero también creo que la película puede contribuir a generar conciencia, a mover a la acción. No es solo una reacción a la coyuntura, sino una reflexión profunda y consciente sobre el costo humano del apartheid. Aspira a ofrecer una visión más empática y humana de la experiencia palestina, una que desafíe lo que los grandes medios nos muestran. Y si puede contribuir a una conversación más honesta, más informada y más activa sobre esta realidad —que tantos gobiernos occidentales siguen ignorando—, entonces ya habrá cumplido parte de su propósito”, concluyó.

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