

Jesús Díaz
En un rincón de la frontera, carteles de las figuras icónicas de nuestra cinematografía aún miran al sur, como si esperaran el momento de volver y ser recibidos con los brazos abiertos
No es grande. El Río Grande no debería llevar ese nombre aquí, en Laredo, Texas.
Sobre la calle Ignacio Zaragoza, paralela a la corriente de agua, puede verse que no pasa de los 100 metros de ancho. Tampoco es “bravo». En México se le llama así, pero sus raudales son casi estáticos, tan quietos como toda la zona que lo rodea.
En este sitio de la ciudad estadounidense, que hace frontera con Tamaulipas, todo es así: tranquilo, silencioso, casi deshabitado.
Las calles son pequeñas, con algunas casas del siglo XIX que nadie toca por ser “patrimonio”, una iglesia con su plaza y poca gente. No parece muy gringo, pero tampoco mexicano. Más bien, como muchas ciudades fronterizas, son un híbrido atemporal.
Es sábado por la tarde. Muchos han cruzado el Puente Internacional Número II para ir de shopping, es algo que cada vez se hará más complicado con las normas de Donald Trump, pero la idea de momento es hacer como que nada pasa.
Sólo dos personas han decidido visitar hoy el museo Border Heritage, uno de los más importantes del lugar. El Villa Antigua Border Heritage Museum es un testimonio vivo de la rica historia y cultura de la región fronteriza.
Este museo se encuentra en una casa de ladrillo de dos pisos, construida a principios del siglo XX, que originalmente fue hogar de dos familias comerciantes prominentes de Laredo.
La residencia, de estilo italianizante, es representativa de las majestuosas casas que poblaban el Distrito de San Agustín en esa época.

A lo largo de los años, la casa enfrentó abandono, incendios y propuestas de demolición. Pero en 2002, la Fundación del Patrimonio del Condado de Webb, adquirió la propiedad y emprendieron su rehabilitación histórica, transformándola en este museo.
En esa casona se ofrecen una variedad de exhibiciones, películas al aire libre y seminarios que destacan la historia, cultura, industria y poblaciones de la región.
Además, organiza visitas guiadas para niños en edad escolar y adultos durante todo el año, proporcionando una visión profunda de la herencia fronteriza.
El precio no es pretexto—la entrada cuesta dos dólares al momento que la visito—, pero, hay que decirlo, la ciudad fronteriza no parece estar habituada a las exposiciones.
En este museo, por ejemplo, hay una muestra de leyendas locales nada sorprendente: malos fotomontajes de casas antiguas de Laredo con una breve explicación sobre «apariciones y fantasmas».
Y por ahí hay un mexicano que destaca: Jorge Negrete, diríamos, que todo fanfarrón.
Él no forma parte de la exhibición de fantasmas, pero, como si lo fuera, comparte un piso vacío con otros 35 carteles que conforman otra muestra titulada El charro en el cine mexicano, en la que destaca con su película, El Fanfarrón.
Ahí está el actorazo, junto a grandes como Pedro Infante, Luis Aguilar, Raúl de Anda, Javier Solís y Antonio Aguilar. Todos envalentonados, conquistadores en posturas de macho, sosteniendo un arma o abrazando a una mujer enamorada. Solitarios.
Son un claro ejemplo de que, si bien lo estadounidense, lo yanqui, está presente en todas nuestras realidades, también lo mexicano se asoma por allá.
No son solo pósters lo que se exhibe en esta zona poco recorrida de Laredo. Son obras de arte restauradas, que, al acercarse, saltan en los trazos de grandes artistas como Josep Renau, José Spert, Andrés Audiffred y Roberto Ruiz Ocaña.
—Yo quiero que esta exhibición viaje, que cabalgue—sueña Freddy Peralta.

Es dominicano, tiene 63 años y colecciona carteles del cine mexicano desde hace 38 años.
Su obsesión comenzó con una especie de procesión: visitó cines abandonados, mercados de trueque, casas de antigüedades, compiladores y cineastas. Todo para conseguir los casi 2 mil 300 carteles que posee al momento de hablar conmigo, muchos de los cuales—cerca de 300—ha mandado restaurar.
Recuerda la suerte que tuvo aquí mismo, en Texas, cuando un pintor, que conservó todos los carteles posibles en contra de la voluntad de sus padres—dueños de un cine—, le vendió su colección.
Me cuenta que el proceso de restauración no es sencillo ni barato. Cuesta, en promedio, 400 dólares por pieza. Expertos de Funny Face Productions, de Ted Eiseman, en Massachusetts, tratan las imágenes en papel para colocarlas sobre lino textil y retocarlas.
—¿No ha pensado llevar esto a México?—se le pregunta.
—Claro. Yo no la quiero en mi casa—responde.
Dice que se la ofreció al Instituto Cultural Mexicano (Secretaría de Cultura) para presentarla, pero la respuesta fue desalentadora.
Pero eso no desanima a Peralta. Él sueña que sus charros cabalguen a las galerías de México para que un mayor número de personas pueda verlos. Allá, con su gente, donde miles los apreciarían.
Freddy, siendo dominicano, sabe que todo cartel itinerante del cine mexicano puede ser mejor apreciado en el país al cual pertenece. No vive en Laredo, pero esta ciudad le ha ayudado a mostrar su colección como pocas, porque no todas las ciudades en Estados Unidos están cerradas a lo que viene de fuera.




Ha expuesto en Brownsville, McAllen, Harlingen, Nueva York, California, Houston y Chicago. Fuera de Estados Unidos, en España y en algunos lugares del norte de México. Pero eso sí, nunca en la Ciudad de México.
Cuando hablamos, preparaba una muestra en la UNAM de San Antonio sobre Mario Moreno Cantinflas. Tiene dos más: una sobre la caricatura en la Época de Oro y otra sobre carteles extranjeros de El Santo.
Peralta es empresario y reside en Estados Unidos.
Durante años impartió clases de apreciación cinematográfica en la Universidad Católica Madre y Maestra de República Dominicana, donde también dirigía el departamento estudiantil de cinematografía.
Ahí comenzó a coleccionar pósters para usarlos como material visual en sus clases de historia del cine, pues no había videos. Al principio, le atrajo el cine estadounidense, pero la estética de lo mexicano lo atrapó.
—El charro es la imagen más conocida del cine mexicano. Es muy atractiva: una persona apuesta, simpática, valiente, enamorada y cantante, tiene muchas cualidades cinematográficas. Además, un charro siempre luce bien, de sombrero y traje—dice con entusiasmo.
Cuando habla, Peralta no se detiene. Lo hace con pasión, una pasión casi obsesiva por el cine mexicano; el primero que conoció:
—Ningún país logró hacer un cine tan popular y atractivo para las masas en Latinoamérica como el cine mexicano. Ni España, ni Argentina—dice, rodeado de sus carteles solitarios, exhibidos en el segundo piso del museo.


Los hay de todo tipo y época: El Fanfarrón (1938) con Jorge Negrete, Allá en el Rancho Grande (1936) con Tito Guízar, Soy Charro de Rancho Grande (1947) con Pedro Infante, y hasta Juan Charrasqueado y Gabino Barrera (1982) con Vicente Fernández.
El único empleado del museo nos interrumpe:
—Son las 16:00 horas, hay que cerrar.
No abrirán el domingo ni el lunes.
La muestra se va en enero, y Peralta espera capitalizar un sueño: que estos charros se envalentonen y crucen el Río Grande—o Bravo—para retornar y ser admirados en aparadores mexicanos. Como lo fueron hace décadas.
Seguro México los recibiría bien. No importa si se está itinerando por Estados Unidos u otro país, su nación siempre los recibirá con los brazos abiertos.
Bienvenidos.
ATiempo.Tv es el primer medio de comunicación nativo digital e independiente en Coahuila, caracterizado por su compromiso y responsabilidad de contribuir a la sociedad; brindando información verificada de manera profesional, ética y confiable. Es por eso que te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales para que tengas acceso a las noticias más relevantes a nivel local, nacional e internacional.

