Juan Gabriel: de herejía en  Bellas Artes al rito en el Zócalo

Jesús Díaz

A 35 años de la polémica de 1990, la proyección de su concierto en el Zócalo confirmó el vuelco de la batalla cultural: aquel escándalo clasista y homófobo del siglo pasado se volvió en una definitiva consumación popular

No importó nada. No importó que el tiempo nos arrebatara 35 años de vida. No importó que la propia vida se haya acabado para el Divo.

Tampoco es que hiciéramos un ritual para un fantasma: los que nos congregamos la noche del 8 de noviembre, en el Zócalo, lo hicimos ante un ente vivo, capaz de despertar a toda hora en millones de mexicanos, y más allá.

Si se ve bien, con los ojos llenos de metáforas, la Plaza de la Constitución tampoco era una explanada: se convirtió en un cuerpo, un organismo latente de 170 mil seres que respiraban al ritmo de “Me nace del corazón”.

Y sí, había una pantalla gigante en la que brillaba como nunca la grabación restaurada de la legendaria irrupción de Juan Gabriel en Bellas Artes en 1990: el mismo traje blanco bordado, el mismo traje negro con hilos dorados, la misma Orquesta Sinfónica Nacional, los mismos gestos exactos de hace 35 años

Pero todos esos detalles técnicos y promocionales, aunque coincidieron con el lanzamiento de la serie documental de Netflix, fueron solo un pretexto. No fue tanto un ejercicio de nostalgia, sino un ritual.

Llegaron a él familias de tres generaciones; hubo jóvenes con brillantina, admiradores con atuendos hechos a mano, personas mayores que no lo eran más. Todos cantando.

Y también momentos. 

Como durante “Yo no nací para amar”, cuando un fallo casi imperceptible de audio silenció la voz del Divo: la plaza se quedó sin sonido… pero no sin canción. En un acto reflejo, esas 170 mil personas siguieron cantando a capela, completando los versos, sosteniendo la melodía en el aire frío.

Fue la prueba definitiva: la música no estaba en el archivo digital ni en las licencias liberadas (se decía que los derechos los tenía Televisa, luego Sony, luego Netflix). Estaba en la memoria colectiva.

Esa noche, el clímax lo puso “Amor eterno”. “Tarde o temprano estaré contigo” convirtió la plaza pública en veladora nacional.

Todos tenemos nuestra ausencia dolorosa; todos sabemos que alguien nos dedicará esa canción cuando ya no estemos. Porque ahí estará Juan Gabriel, el ente inmortal de nuestras memorias, recordándonos que esa oración para las madres ausentes lo es también para todos nosotros.

LA HEREJÍA DE 1990

Ese cuerpo masivo alcanzó su madurez desde 1990. Aquel concierto en Bellas Artes no fue el de una batalla estética —como se pretende—: fue, como todas las batallas culturales importantes, profundamente ideológica.

A inicios de los 90, México aún trazaba una frontera rígida entre lo “popular” y lo “culto”. La sola posibilidad de que Juan Gabriel pisara Bellas Artes provocó un terremoto en los círculos artísticos. “¡Qué pena!”, diría Juanga.

Para muchos, la presencia del Divo equivalía a abrir el Palacio al “palenque”, ese espacio que asociaban con la vulgaridad, lo comercial, lo “no digno”.

Hubo protestas de críticos, funcionarios, músicos y hasta figuras políticas. Incluso el director original de la orquesta, Luis Herrera de la Fuente, renunció. Y el escritor Víctor Roura llegó a lamentar que Bellas Artes se convirtiera en un “palenque o foro de Televisa”.

Fue Carlos Monsiváis, el cronista mayor del país, quien mejor descifró aquella tormenta. Para él, el escándalo no era sobre la calidad musical, sino sobre los prejuicios: una mezcla de esnobismo, clasismo y una “explosión de homofobia, ese escudo de fe machista” que impedía a la élite reconocer la sofisticación emocional de un hombre que venía de la frontera, del cabaret, del internado y de la cárcel.

Aquella polémica chocó contra la realidad: el pueblo agotó cuatro noches seguidas, del 9 al 12 de mayo. Los boletos se revendieron a precios no vistos. En la sala se mezclaron Elena Poniatowska y el propio Monsiváis con Carlos Salinas, junto a miles de fans que vieron, por primera vez, a Juan Gabriel vestido de gala, con la Orquesta Sinfónica Nacional detrás.

MEMORIA INDELEBLE

Años después, quienes vivieron aquella batalla desde dentro confirmaron la magnitud del parteaguas.

Enrique Patrón de Rueda, el joven director sinaloense que tomó la batuta tras la renuncia de Herrera de la Fuente, recuerda que muchos le dijeron que arriesgaba su carrera. Dice que los ensayos fueron caóticos: Juan Gabriel podía cambiar el orden de las canciones sobre la marcha, improvisar entradas, ampliar coda tras coda.

Patrón tuvo que desarrollar una comunicación casi telepática: leerle la respiración, intuir gestos, anticipar reversiones. Y el resultado lo recuerda así: “Fue complicado… y divertidísimo.” Con el tiempo entendió lo que había sucedido: un ídolo popular había cruzado el umbral de la alta cultura. Nada volvió a ser igual.

Aída Cuevas, amiga cercana y comadre del Divo, estaba en primera fila aquella noche. La emoción del momento la captura así: “Se me erizó la piel. Todos vibrábamos al verlo. Tenía una energía y una entrega que nadie más tenía. Y era perfecto: en afinación, en interpretación. Nada con él era simple.”

Juan Gabriel regresaría nuevamente a ese recinto: en 1997 y en 2013. Pero hay una fecha que suele olvidarse: cuando murió.

En septiembre de 2016, sus cenizas regresaron al Palacio. Y ahí, el mismo lugar que en 1990 dudó si abrirle la puerta, se convirtió en templo popular durante dos días. Entre 500 mil y 700 mil personas desfilaron para despedirlo.

El vestíbulo, dolido, sonó a mariachi. El tenor Fernando de la Mora cantó “Amor eterno”. Aída Cuevas interpretó “Te lo pido por favor”. Funcionarios montaron guardia ante la urna. Y afuera, las plazas estaban llenas: las filas rodearon la Alameda Central.

Sí: ese mármol había sido conquistado.

Por eso lo que ocurrió el 8 de noviembre pasado no fue un homenaje —ya ha habido varios—: fue la consumación. Si en 1990 Juan Gabriel tuvo que pedir la entrada al Palacio, y luego lo tomó dos veces más; si en 2016 sus cenizas tomaron aquel Palacio, en 2025 ese Palacio salió a la plaza más importante y popular del país.

El círculo se cerró.  La pregunta quedará ahí: ¿quién legitimó a quién? 

No. No fue Bellas Artes quien legitimó al Divo. Fue Juan Gabriel a Bellas Artes.

ATiempo.Tv es el primer medio de comunicación nativo digital e independiente en Coahuila, caracterizado por su compromiso y responsabilidad de contribuir a la sociedad; brindando información verificada de manera profesional, ética y confiable. Es por eso que te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales para que tengas acceso a las noticias más relevantes a nivel local, nacional e internacional.