

Jesús Díaz
El pontífice perdió la vida a los 88 años, pero su legado sigue vivo en los gestos que sembró y en las historias que hoy, desde la fe, otros se aferran a contar
La escena parecía sacada de una película. Roma, febrero de 2025. Tras varios días de bronquitis, el Papa Francisco, de 88 años, ingresa al hospital Gemelli con un diagnóstico delicado: neumonía bilateral compleja, agravada por bronquiectasias, hipertensión y diabetes tipo II.
La noticia corre por el mundo. El mismo hombre que, de joven, había perdido parte de su pulmón derecho por una infección grave, volvía a luchar por respirar. El desenlace parece predecible.
Desde la Plaza de San Pedro hasta los rincones más remotos de América Latina, millones le rezan. Las redes se llenan de plegarias, los templos piden oraciones. Las veladoras parpadean, pidiendo más respiros para el pontífice.
La convalecencia es larga: 38 días de hospitalización, tratamiento con corticoides, antibióticos y sesiones de fisioterapia. Todo parece conducir al temido final —la despedida—, hasta que ocurre lo inesperado.
En uno de esos días grises de Roma, cuando la fe empezaba a tornarse resignación, sucede el giro. Casi un milagro. El Papa Francisco mejora. Los médicos reportan avances. Y un día, lo imposible: Francisco aparece en una ventana del Gemelli. No camina, pero saluda. Su aparición es un milagro público.
El papa que predicaba la ternura volvía a mostrarla. Y miles allá abajo, entre aplausos y asombro, sienten que algo aún lo sostiene.
El 6 de abril, en silla de ruedas, aparece en la Plaza de San Pedro para la apertura del Jubileo de los Enfermos. El 17, visita el penal de Regina Coeli y recuerda el gesto de Jesús al lavar los pies de los apóstoles: “Este año no pude lavar vuestros pies, pero quise estar junto a ustedes”, dice.
Es una Semana Santa doblemente santa. El domingo 20 de abril, día de Resurrección, sube una vez más al balcón de la Basílica. Y, en medio de los vítores, detiene el papamóvil para bendecir a una niña con una enfermedad autoinmune. Murmura en italiano: “Dio ti protegga”.
Ese sería su último gesto. Esa noche, mientras Roma amanece y las veladoras se han apagado tras el milagro, Francisco también se apaga.
La causa no fue el pulmón dañado ni la neumonía: fue un ictus cerebral. Un rayo imprevisto.
Como si la Resurrección hubiera sido su escena final. Como si hubiera esperado a bendecir a esa niña para cerrar el telón. Murió el papa latinoamericano a las 7:35 de la mañana del lunes 21 de abril.
UN PERSONAJE IMPROBABLE
El papa fue eso: un ser improbable en una película cuyo guión muchos habrían considerado inverosímil. De esos personajes que parecen demasiado construidos para ser ciertos.
Jorge Mario Bergoglio, porteño del barrio de Flores, seguidor de San Lorenzo, técnico químico antes que sacerdote. Ingresó al noviciado jesuita en 1958, fue obispo auxiliar, arzobispo de Buenos Aires y, en 2013, se convirtió en el primer papa jesuita y latinoamericano. ¿Existió?
Sí. Pero todo apuntaba a que no. Durante su pontificado, fue un líder inesperado: sencillo, directo, sin protocolos. Osó luchar por devolverle credibilidad a la Iglesia tras los escándalos de abuso sexual. Fue el primero en abolir el secreto pontificio sobre esos casos.
A diferencia de Juan Pablo II —quien ocultó denuncias clave en Cracovia—, Francisco pidió perdón públicamente: “No cuidamos de los pequeños”. Puede parecer poco, pero ese elefante milenario que es la Iglesia Católica no se mueve fácil.
También abrió espacios históricos: permitió el voto de religiosas en los sínodos, nombró a mujeres en altos cargos vaticanos —como Sor Raffaella Petrini y Sor Simona Brambilla—, defendió a migrantes desde su primer viaje a Lampedusa, acogió refugiados sirios en el Vaticano y denunció “la globalización de la indiferencia”
La frase que le valió titulares fue, para algunos, una blasfemia: “Ser homosexual no es delito… Dios te hizo así y te ama así como eres”.
Incluso en su último mensaje de Pascua, pidió un alto al fuego en Gaza y llamó «terrorismo» a los ataques contra civiles.
Como figura pública, Francisco fue más que un pontífice. Apareció en portadas, fue parodiado y admirado, criticado y amado. Fue, ante todo, un personaje. Una especie de santo popular que hablaba de misericordia mientras abrazaba las heridas del mundo.
En su humildad, irradiaba algo de estrella. Pero no fue por marketing, sino por presencia. Su pasión por el cine era real. Decía que las películas eran puentes: entre culturas, entre emociones, entre la fe y la duda. Admiraba «La Strada», «Roma, ciudad abierta» y «La fiesta de Babette». Veía en el cine una forma de oración. Lo repitió varias veces.
Y no fue coincidencia que, mientras su cuerpo se apagaba, el cine espiritual viviera un momento inusitado.
Esa Semana Santa de 2025, «The Chosen» —la serie sobre la vida de Jesucristo— alcanzó una audiencia global de 110 millones de personas, con más de 100 millones de dólares recaudados en donaciones y traducciones a 45 idiomas.
En un mundo cada vez más desangelado, menos creyente, esa cifra habla de un anhelo. Un deseo de tocar algo sagrado.
EL CINE QUE NACE DE LA FE
En México y América Latina —regiones de tradición católica viva— han surgido producciones que siguen el ejemplo de «The Chosen». Películas que no solo retratan la fe, sino que la viven como misión.
Uno de los espacios clave para esta narrativa es el Festival Internacional de Cine Católico, dirigido por la mexicana Gaby Jacoba, quien desde hace más de una década impulsa este movimiento.
“No se trata solo de entretenimiento, sino de cine que toca lo más profundo del alma. Cada película es una misión”, dice la directora.
El festival ha logrado proyectar películas en más de 90 salas de Cinemex, algo inédito para este tipo de cine. Entre sus mayores logros está «El último misterio de Fátima», que vendió más de 80 mil boletos en su primera semana.
Este año, el FICC estrenará seis nuevas producciones en México y América Latina. Entre ellas: «Kit de santidad», sobre el beato Carlo Acutis, y «María Desatadora de Nudos», filmada en Alemania, México y el Vaticano, con Karyme Lozano y Toño Mauri, bajo la asesoría del padre Luis Pablo Garza.
“Producir cine católico es muy complicado. Es caro, difícil de distribuir y muchas veces nos dicen que estamos locos. Pero cuando una sala se llena, sabemos que vale la pena”, agrega Jacoba.
Frente a la industria global, el cine religioso independiente apuesta por otro tipo de capital: la comunidad. A falta de grandes inversiones, se sostiene con crowdfundings, voluntariado y cadenas de WhatsApp. Parroquias, diócesis y grupos de laicos hacen posible los estrenos. A cambio, reciben historias que no solo consuelan: también transforman.
Como decía Francisco: “El cine es un lenguaje que puede tocar el alma sin decir una palabra”.
Por eso —confesó el propio pontífice— lloró al ver «Los dos papas», la cinta de Fernando Meirelles sobre su encuentro con Benedicto XVI.
Por eso también permitió que se filmaran ficciones sobre su vida. Porque entendía que, en tiempos de ruido, una película puede ser la única homilía que alguien escuche.
Claro que no todo es celebración. Incluso dentro de la comunidad creyente se discute la delgada línea entre mensaje y calidad.
Las dudas no vienen solo de fuera. Desde el interior mismo de las comunidades cristianas —especialmente la evangélica— ha surgido una crítica legítima sobre el enfoque de muchas producciones. “Presentamos una película como arte, y luego, ya que el espectador está sentado, le lanzamos el mensaje de conversión. El resultado casi siempre será una mala película, o una dilución del mensaje. Probablemente ambas”, escribió Andrew Barber en el sitio The Gospel Coalition.
El reto es enorme. Y va más allá de una mala reseña. Los fondos públicos rara vez las apoyan. Las plataformas grandes, salvo excepciones, las ignoran. Netflix apenas las roza. Amazon Prime ha sido algo más abierta. Muchas de estas películas terminan en YouTube o en plataformas propias como Formed o PureFlix.
Pero hay señales de cambio. Distribuidoras como Bosco Films o Angel Studios han demostrado que, con profesionalismo y cercanía, hay espacio para estas historias.
En México, la recepción ha sido desigual pero creciente. Cintas como «Dos Coronas», «Corazón Ardiente» o «El Beso de Dios» han encontrado eco en parroquias, colegios y circuitos pequeños. Lo que empezó como exhibiciones aisladas hoy es una red incipiente: festivales, alianzas con diócesis, exhibiciones regionales.
La esperanza, en el fondo, es el hilo invisible que une todo.
La fe que sostuvo a millones durante la enfermedad de Francisco. La que se proyecta en una pantalla cuando una madre llora al ver la vida de un santo. La que renace cada vez que alguien se reconoce en una historia sencilla, pero verdadera. Como decía Bergoglio: “El arte no convierte por imposición, sino por belleza”.
Su tumba llevará una sola palabra: Franciscus. Porque no necesitaba más. Como en «La Strada», lo esencial siempre estuvo en el silencio entre una escena y otra.
Y no, el autor de este texto no es católico.
Pero cree que toda comunidad —especialmente la que ha llorado la partida de su líder— tiene derecho a contar su historia. También en el cine.
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