Cuando el arte volvió a respirar: cinco años después del encierro

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Tras la pausa del confinamiento, el cine, el teatro, la música y el streaming han cambiado su forma, pero siguen recordándonos algo esencial: que la cultura fue nuestro refugio cuando el aliento escaseaba

“Aprendí… que puede un beso ser más dulce y más profundo. Que puedo irme mañana mismo de este mundo…”, cantaba Armando Manzanero. Y con esas palabras nos estremecía, justo cuando el mundo entero comenzaba a entender que todo, absolutamente todo, podía desvanecerse en un instante. En el momento en el que el gran compositor, ídolo de México y el mundo, fallecía a causa de Covid-19.

En 2020, las canciones se volvieron refugio. La música, oxígeno en los días en que literalmente faltaba el aliento. Mientras los hospitales colapsaban y el silencio se adueñaba de las ciudades, el sonido seguía empujándonos —ya no en conciertos, sino desde bocinas o audífonos, enclaustrados en nuestros hogares.

Desde los balcones, artistas improvisaban conciertos. Desde los celulares, los oyentes se aferraban a playlists interminables, como quien busca un pulso en medio de la incertidumbre.

La pandemia nos encerró, pero no nos calló. Al contrario, nos obligó a encontrar nuevas formas de sentirnos vivos. La música nos recordó que, incluso cuando las calles parecían detenidas, todavía había ritmo.

Quizá por eso, cuando los primeros acordes volvieron a sonar en vivo —en estadios, teatros y festivales— sentimos que algo dentro también volvía a respirar. El entretenimiento, ese latido colectivo que nos conecta, comenzaba su ruta de recuperación.

Pero no todos los sectores salieron igual. El cine, por ejemplo, sufrió un golpe que quizá no tenga regreso. El teatro, aunque volvió con aplausos renovados, carga todavía con las cicatrices del encierro. El streaming se volvió costumbre y cambió para siempre nuestra forma de consumir historias. La música, paradójicamente, fue de las industrias que más se desplomaron… y también de las que más supieron levantarse.

LA LUZ DE LA PANTALLA, LOS TELONES CERRADOS

Antes del encierro, ir al cine era casi un ritual compartido. En 2019, México vivía un momento de esplendor cinematográfico: se vendieron más de 350 millones de boletos, y cada mexicano iba al cine en promedio 2.77 veces por año. Las salas rebosaban, las marquesinas brillaban, y las palomitas parecían eternas.

Pero entonces llegó marzo de 2020… y todo se apagó. La taquilla cayó 84%. Apenas 55 millones de boletos se vendieron. Las salas cerraron sus puertas, los estrenos se postergaron o migraron directo al streaming. Fue el golpe más duro para la exhibición cinematográfica en décadas. Un silencio espeso se instaló donde antes todo era bullicio, trailers, risas y luces tenues.

El teatro también resistió desde la trinchera del vacío. Sobrevivió con funciones virtuales, lecturas dramatizadas por Zoom, ensayos en salas vacías. Cuando el telón volvió a abrirse, no todo fue igual: las butacas seguían con distancia, y el abrazo escénico tardó en recuperar su fuerza.

El entretenimiento cambió. Y aunque poco a poco volvió el sonido de los aplausos, los sectores creativos aún arrastran el eco de lo que fue una pausa global, tan abrupta como inolvidable.

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El 22 de marzo de 2020, las autoridades anunciaron oficialmente la suspensión de eventos públicos. Fue como bajar el telón del país entero. Durante tres meses de cierre total, se dejaron de vender cerca de 90 millones de boletos. Las salas quedaron en pausa, como cuerpos dormidos. Y aunque en junio algunas intentaron volver a encender la luz, la asistencia fue mínima: el público aún temía el contagio, y el virus seguía acechando en el aire.

A esa fragilidad se sumaron otros males: problemas con las rentas en plazas comerciales, salas que ya no pudieron sostenerse, complejos que cerraron definitivamente. La herida no fue solo emocional, también fue estructural.

De acuerdo con la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Canacine), la asistencia anual bajó de 2.8 veces por persona en 2019 a 1.7 en 2024. Casi 200 pantallas desaparecieron en ese tiempo, pasando de 7,619 en 2019 a 7,467 en 2024. Incluso el arranque de 2025 muestra que la recuperación aún respira con dificultad: se vendieron 78 millones de boletos en el primer bimestre, frente a los 109 millones del mismo periodo del año anterior.

Mauricio Durán, presidente de Canacine, ha señalado que esta baja no es exclusiva de México: se trata de un fenómeno global. Aun así, el país conserva el cuarto lugar mundial en número de salas. Pero ese lugar simbólico también arrastra una nueva normalidad: si se compara con el periodo 2015-2021, la asistencia promedio muestra un descenso del 17%. Como si al cine también le hubiera quedado una secuela post viral, una fatiga de fondo que todavía pesa.

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El cine mexicano, a su vez, se mantiene con altibajos. Hay destellos, como Mesa de regalos, que atrajo a más de 2 millones de personas, pero la mayoría del público sigue inclinándose por las grandes producciones internacionales. La estrategia de ciclos de clásicos, conciertos y relanzamientos —una fórmula de emergencia que nació en plena pandemia— sigue vigente en 2025, como un respiro necesario para mantener el pulso.

El precio del boleto también ha cambiado: en 2019 costaba en promedio 57.69 pesos; en 2024, subió a 70.80. La experiencia ya no es la misma, pero sigue siendo una forma de volver a la vida compartida, a la emoción colectiva, a la oscuridad que nos une antes de que empiece la película.

Hoy, el modelo híbrido —con estrenos simultáneos en salas y plataformas— se ha asentado. Lo que antes se veía como un enemigo, ahora forma parte del ecosistema. El cine sigue vivo, sí, pero ahora compite con un sofá cómodo, una pantalla grande y un control remoto que nadie tiene que compartir. La sala oscura resiste, aunque el virus nos enseñó que también hay historias que se viven desde casa.

TEATRO: SIN RECUPERACIÓN PLENA A CINCO AÑOS DEL CONFINAMIENTO

De todos los sectores culturales, el teatro ha sido quizá el que más heridas arrastra… y el que más lento ha logrado ponerse de pie. Cinco años después del encierro, sigue respirando con dificultad.

Según el Módulo sobre Eventos Culturales Seleccionados (MODECULT) del INEGI, la asistencia a actividades teatrales cayó del 21.4% en 2019 al 10.4% en 2024. En 2021, en plena convalecencia, apenas alcanzó un 2.8%: el nivel más bajo registrado. A nivel nacional, el porcentaje de ocupación de los recintos bajó del 80% al 40% en este lustro, de acuerdo con datos de la Asociación Nacional de Teatros Independientes (ANTI).

Pero el daño no fue solo numérico. Más del 40% de los espacios teatrales independientes desaparecieron, como si se extinguieran pequeños pulmones que sostenían el ecosistema escénico. Cerraron recintos emblemáticos como La Morada Teatro, Cien Teatro en Querétaro y Carretera 45 en la Ciudad de México. A ello se sumaron otras pérdidas silenciosas: la desaparición del Programa de Teatro Escolar, la reducción de festivales estatales, la interrupción del Circuito Nacional de Artes Escénicas, que en su momento fue un respiro, pero que en 2025 ya no se ha renovado.

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La comunidad teatral sigue batallando con condiciones precarias: sin seguridad social, sin garantías laborales, sin los apoyos estructurales que alguna vez sostuvieron a quienes habitan los escenarios. El trabajo intermitente, los contratos injustos y la ausencia de prestaciones siguen siendo la norma. Las temporadas son más cortas, los montajes más pequeños y los riesgos mayores. El efiteatro, como alternativa de financiamiento, se ha vuelto cada vez más común, aunque no siempre suficiente.

Incluso las editoriales especializadas en artes escénicas han reducido drásticamente su producción, como si también su voz se apagara poco a poco. La mayor parte de la actividad teatral hoy se mantiene gracias a compañías con infraestructura sólida; lo demás resiste a pulmón abierto, como puede.

El teatro mexicano, más que ningún otro sector, está peleando por recuperar su lugar en la vida cultural del país. Su lucha ya no es solo por llenar butacas, sino por demostrar que sigue siendo necesario. Que su existencia tiene sentido, incluso —o sobre todo— en un mundo donde lo efímero parece haber ganado terreno. La comunidad teatral, con cada función, con cada aplauso que resuena aunque la sala no esté llena, insiste en recordarnos que el alma también necesita escena.

STREAMING: EL PLAN B QUE TOMÓ EL ESCENARIO 

El streaming no solo sobrevivió al encierro: creció con fuerza y se instaló en el centro de nuestras vidas. Lo que antes era un complemento se volvió protagonista. En 2020, México alcanzó 14.9 millones de suscriptores; en 2025 ya supera los 20 millones, si se suman todos los servicios. Netflix sigue a la cabeza, pero ahora compite con Disney+, Max, Prime Video, Paramount+ y ViX.

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El tiempo frente a las plataformas también creció. Según Nielsen, el 22.5% del consumo total de televisión ya es vía streaming. En los jóvenes, ese porcentaje es aún mayor. La televisión tradicional perdió terreno, mientras las OTTs apuestan cada vez más por contenido mexicano. Netflix anunció inversiones por mil millones de dólares en producción local para los próximos años. ViX, de Televisa-Univision, ha ganado espacio con series y programación en español. Las historias mexicanas ya no necesitan una sala para llegar a millones: ahora viajan directo a la app del celular.

MÚSICA: DEL SILENCIO A LA EXPLOSIÓN

La música en vivo fue una de las industrias que más se detuvieron en 2020. El año del confinamiento, OCESA vendió apenas 398 mil boletos, frente a los más de 4.6 millones de 2019. El sonido se apagó. Los escenarios quedaron mudos. Pero poco a poco, el ritmo volvió a escucharse.

La recuperación fue constante: en 2022 se alcanzaron 4.8 millones de entradas; en 2023 se superaron los 5 millones; y en 2024 se cerró con cerca de 6 millones de boletos vendidos, marcando un nuevo pico post-pandemia. Ese año, México rompió récord de asistencia a conciertos masivos, con más de 6.5 millones de entradas en eventos organizados por OCESA. Artistas internacionales como Madonna, The Weeknd y Coldplay ofrecieron múltiples fechas en la CDMX, Guadalajara y Monterrey. Incluso festivales regionales como Tecate Comuna y Bahidorá vivieron sus ediciones más exitosas.

En paralelo, los ingresos por música grabada también repuntaron. De 2,223 millones de pesos en 2019 se cayó a 1,822 millones en 2020, pero el rebote fue sólido: en 2022 se alcanzaron 3,258 millones. El streaming fue el gran motor de esa recuperación: representó el 88.9% del total de ingresos discográficos en ese año. En 2024, este modelo se consolidó con el lanzamiento de nuevos sellos y producciones mexicanas que encabezaron las listas.

Los mexicanos escucharon en promedio 25.6 horas de música por semana en 2022, una cifra que se ha mantenido estable hasta 2025. México sigue siendo uno de los países con mayor consumo digital de música en el mundo. La radio perdió fuerza, mientras que las plataformas de streaming —Spotify, YouTube Music, Apple Music— concentran hoy el 95% del mercado.

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Y más allá de las cifras, algo cambió en el sonido: el regional mexicano se convirtió en un fenómeno global. Artistas como Peso Pluma, Grupo Frontera, Natanael Cano y Grupo Firme dejaron de ser solo éxitos locales para escalar listas internacionales. En 2024, al menos seis canciones mexicanas se posicionaron en el Top 50 Global de Spotify. El sonido del país viaja, se expande, se escucha… como un eco inesperado del encierro que alguna vez nos enmudeció.

EL ARTE COMO REFUGIO Y REENCUENTRO

Cinco años después del inicio de la pandemia, el entretenimiento en México ya no es el mismo. El cine cambió sus formas, pero no desapareció. Las salas siguen ahí, aunque más silenciosas. El teatro resiste con dificultad, pero con una fuerza íntima y tenaz. El streaming tomó el centro del escenario. Y la música, que un día cayó al silencio, hoy brilla con una intensidad renovada.

El confinamiento nos cambió los hábitos, sí. Pero también nos recordó cuánto necesitamos el arte. Hoy tenemos más pantallas, más plataformas, más opciones para mirar, oír y sentir. Pero también más motivos para regresar: a los conciertos, al cine y al teatro. A los lugares donde el cuerpo vibra, donde la emoción es compartida y el alma se siente menos sola.

Porque ninguna pandemia pudo callar lo que siempre ha sido nuestro: la necesidad de mirar, de escuchar, de cantar y de encontrarnos. Porque aprendimos… y seguimos aprendiendo. Porque, como decía Manzanero, ya vivimos muchas cosas buenas. Y todavía —con todo lo que ha cambiado— queremos seguir viviéndolas.

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