

La activista ha forjado una historia de lucha y supervivencia, a pesar de todas las dificultades que enfrentó, pudo transformarse en la mujer que siempre supo que era
La historia de Kenya Cuevas ilustra las dificultades que enfrentan muchas personas trans en todo el mundo. A menudo, se ven obligadas a trabajar en la industria del sexoservicio debido a la discriminación y la falta de oportunidades económicas y educativas. Además, suelen sufrir violencia y abuso por parte de la sociedad y la familia, lo que puede llevar a la adicción y la enfermedad.
Es importante destacar que la violencia y la discriminación contra las personas trans es un grave problema en todo el mundo. Muchas personas trans enfrentan una discriminación sistemática en el acceso a la educación, la vivienda, el empleo, la atención médica y la justicia; además, suelen sufrir violencia física, sexual y psicológica, lo que puede llevar a problemas de salud mental y adicción.
Siempre se sintió diferente
Kenya siempre supo que no se identificaba como hombre. No estaba interesada en jugar con pelotas como sus hermanos, quienes abusaron física y verbalmente de ella por sus elecciones. En cambio, Kenya prefería jugar con muñecas y solo era apoyada por su abuela. Sin embargo, cuando su único apoyo falleció, se vio obligada a comenzar a trabajar a una edad temprana. Cuando sus hermanos se enteraron, comenzaron a tomar su dinero, lo que la llevó a huir de su hogar cuando era niña.
A los 9 años, Kenya Cuevas comenzó a trabajar en la prostitución por necesidad, vivía en las calles y vio a una persona trans por primera vez, le pidió que la hiciera parecerse a ella, sin saber, en ese momento, que era una mujer transgénero. Sin embargo, sabía que era diferente y quería parecerse a la persona que veía. Aceptó ayudarla con la condición de que trabajara en la industria del sexo, que cobrara 400 pesos, y que los autos se le acercarían y la llevarían a un hotel.
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En su primera vez, todavía tenía la apariencia de un niño, pero al conductor que la recogió no le importó. Kenia le dijo al cliente que no quería volver a casa y quería ir con él, se ofreció a pagar su hotel y comida durante una semana. El hotel donde se hospedó sirvió como una especie de «hogar» para las trabajadoras sexuales transgénero. Ahí, conoció a dos sexoservidoras que la ayudaron a convertirse en una niña y le dijeron que tenía que verse atractiva si quería ganar bien.
Así que Kenya invirtió todo el dinero que había recibido del cliente para comprar ropa, medias, tacones, pelucas, pestañas y maquillaje. Después de poder comprar algo para sí misma por primera vez, la ayudaron a vestirse y prestaron atención para que pudiera hacerlo ella misma en el futuro. Después de eso, la llevaron al jefe para explicarle el trabajo.
Un viaje de luchas y supervivencia en el mundo de la prostitución transgénero
Cuando cumplió 13 años, le diagnosticaron VIH. En ese momento, también era adicta a la cocaína. Debido a la violencia que experimentó, fue su único escape, era adicta al crack, al alcohol y a los cigarrillos, lo pagaba con lo que ganaba en la postitución, pero con el VIH, tuvo que volver a las calles. Comenzó a vender y distribuir drogas, lo que la llevó a ser arrestada a los 28 años y condenada a 24 años de prisión por tráfico de drogas, distribución y venta de siete kilos de cocaína.
Durante su tiempo en prisión, Kenya fue trasladada a la penitenciaría de Santa Martha y asignada al llamado «Cuarto del Despliegue». Un área reservada para los reclusos VIH positivos donde, según cuenta Kenya, nadie salía con vida. Ahí, la activista entabló amistad con varios presos que fallecieron en sus brazos, pero menciona con satisfacción que al menos pudo hacerlos sonreír en medio de su dolor.
Mientras se encontraba en ese lugar, Kenya se encargó de cuidar a los enfermos, limpiando sus camas, cambiando sus pañales y alimentándolos en la boca. Lo que le permitió observar de primera mano la negligencia y el abandono que sufren las personas con VIH. A pesar de su encarcelamiento, Kenya se movilizó junto a la Comisión de Derechos Humanos para asegurar que los reclusos enfermos fueran atendidos de forma adecuada. Así más de 800 personas con VIH recibieran un tratamiento de calidad.
Durante su tiempo en prisión, Kenya trabajó haciendo pulseras y vendiéndolas, ahorrando para el día en que fuera liberada. Sin embargo, al salir de la cárcel se enfrentó a la dura realidad de quedarse sin dinero, hogar, ni familia.
De la lucha a la tipificación del transfeminicidio como delito
Debido a que salió de Santa Martha sin nada, volvió a la prostitución después de cumplir una condena de 15 años. Pero ahora también empezó a preocuparse por la salud de aquellos que trabajaban en el mismo campo. A través de varios trámites, logró que la Clínica Condesa le regalara condones y les realizara pruebas de VIH a sus compañeros y compañeras. Además, comenzó a buscar formas de proporcionar tratamiento a quienes lo necesitaban.
Sin embargo, la vida aún le tenía preparada otra sorpresa. En la ciudad de México, el 30 de noviembre de 2016, una de sus amigas y compañeras, Paola Buenrostro, de 24 años, fue asesinada ante sus ojos. Desde entonces, Kenya y quienes la acompañaban, se embarcaron en una odisea, desde reclamar el cuerpo de Paola, hasta exigir justicia.
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Cuando finalmente recuperaron el cuerpo de su amiga y transitaban por donde el Puente de Alvarado cruzaba con la Avenida Insurgentes, se generó un caos en la zona. Las unidades del Metrobús no podían avanzar, y las personas se aglomeraron en los semáforos. Algunas motocicletas y un automóvil intentaron atravesar el cerco humano que un grupo de mujeres había impuesto, quienes gritaban exigiendo justicia. Ante esta situación, los manifestantes tomaron una decisión lógica: sacaron el ataúd a la calle. De esta manera, Paola se manifestaba en cuerpo presente, declarando que no permitirían más muertes injustas contra la comunidad trans.
Aunque el asesino fue capturado, quedó en libertad. Por lo que, a partir de ese momento, Kenya comenzó su lucha por exigir justicia por Paola y por la defensa de los derechos de las personas transexuales. Durante esta lucha, fundó la organización Casa de las Muñecas Tiresias A.C., la cual brinda acompañamiento a personas trans en su proceso de cambio de identidad, atención médica, educación, vivienda y asesoramiento en casos de discriminación y violación de derechos humanos.
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Después de una ardua lucha, Kenya logró que, a un año de la muerte de Paola en la Ciudad de México, se tipificara el delito de transfeminicidio. Esta ley declara que:
«comete el delito de transfeminicidio quien, por razones de identidad de género y expresión de género, prive de la vida a una mujer trans o a una persona cuya identidad de género o expresión de género se identifiquen como femeninas».
Aún así, México sigue siendo el segundo lugar a nivel mundial donde hay más crímenes de odio contra la población trans. Según el Observatorio de Personas Trans Asesinadas, en el país, se registran cerca de 650 delitos anuales.
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