Fanny Rabel y “Los Fridos”: La gentrificación y el olvido

Fanny Rabel
Fanny Rabel / .FOTO: EDUARDO LOZA .

Jesús Díaz

La discípula de Frida Kahlo luchó contra el olvido y la gentrificación, algo que hoy es una constante contra el arte mexicano en general

“Fanny Rabinovich pinta como vive, con enorme valor, inteligencia y sensibilidad agudas, con todo el amor y la alegría que le dan sus 20 años. Pero lo que yo juzgo más interesante en su pintura es la raíz profunda que la liga a la tradición y la fuerza de su pueblo. No es pintura personalista, sino social…. todo esto sin pretensiones, y llena de feminidad y finura que la hacen tan completa.”

—Frida Kahlo.

“A ‘Los Fridos’ quiero que nos recuerden. Tal vez nos recordará la historia, ¿quién sabe? Fuimos un grupo que, por casualidad, nos acercamos a los pintores y estuvimos con ellos. Nuestro trabajo, lleno de sentimientos, queda como recuerdo de una bella época”, me dijo Fanny Rabel, alumna de Frida Kahlo, en una entrevista hace ya 20 años, en 2004.

Hoy que Frida Kahlo es una marca global cada vez más mercantilizada. Que su arte da la vuelta al mundo ya sea en facsímiles o separadores. Hoy que se habla más de sus vivencias a raíz de la efigie que reconstruyo Hollywood con su película a la Salma Hayek en 2002 (nominada a seis premios Oscar, ganadora de dos). La historia de Fanny Rabel, su olvido, es importante.

No fue difícil hallar a la alumna consentida de Kahlo. Bastó con leer una noticia que advertía que la pintora de origen polaco, pero muy mexicana, estaba por perder su casa en la colonia San Miguel Chapultepec. Sí, México le daba la espalda a la elegida de Frida, mientras todos seguían hablando de la versión fílmica multimillonaria de su maestra.

La noticia me intrigó de inmediato. ‘Los Fridos’ fueron un grupo de cuatro jóvenes (Guillermo Monroy, Arturo García Bustos, Arturo Estrada y Fanny Rabel, la única mujer) que vivieron junto a Frida en la Casa Azul. Todos representaban el testimonio vivo de uno de los personajes más emblemáticos del arte mexicano. Además, tomaron clases con grandes maestros como Francisco Zúñiga, Raúl Anguiano, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera.

Más allá de Frida, cada uno de «Los Fridos» desarrolló su propio estilo distintivo. Fanny, por ejemplo, era conocida por sus obras que reflejaban temas sociales y humanitarios, mientras que Arturo García Bustos y Guillermo Monroy destacaron por su fervor revolucionario y compromiso político.

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¿Cómo podía una mujer tan importante temer perder su casa? ¿Quiénes querían desalojarla? ¿Dónde estaba la memoria histórica, el respeto a las figuras emblemáticas? ¿Qué sentía Fanny?

La pintura llegó de París cuando tenía 7 años. A los 16, viajó a México junto con sus padres, donde tomó clases de dibujo y grabado. Su habilidad le valió la realización de pequeños murales y más tarde su incursión en ‘La Esmeralda’, una de las instituciones públicas dedicadas al arte más importantes de México.

“A México lo encontré formidable, me gustó cómo se ve la gente. En París suelen ser muy majaderos, aquí todos son muy amables; se nos hizo adorable. Yo no sé cómo hay gente que habla mal de México, el país es fascinante”, me dijo con una mirada algo angelical enmarcada con el paso de los años.

“Los mexicanos, por ejemplo, poseen una tez en muchos matices que les hace únicos, bellos…. Me inscribí en La Esmeralda por invitación de Chávez Morado. Al principio todo era muy anárquico, pero cambió con la llegada de Diego Rivera, Frida Kahlo y María Izquierdo. Yo era una ‘chamaca’, llegué y me encantó porque se me trató bien, todo era fraternidad. Los quería mucho por su hospitalidad, un gran don de México».

Ahí, frente a Fanny, yo no podía entender a qué se refería cuando decía que México era muy hospitalario, esencialmente porque el motivo de mi entrevista, realizada en su casa de San Miguel Chapultepec, era el inminente desalojo de ese inmueble por parte del Consejo del Patronato del Hogar para Ancianos Matías Romero, IAP.

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Al Patronato le habían sido donados los derechos de arrendamiento del inmueble en el que Fanny vivía desde hacía 54 años, cuando tenía 28. No obstante, la pintora había sido demandada por incumplimiento de contrato (se decía que ella pagaba los días 28 y el contrato especificaba que los pagos debían ser los días 10 de cada mes), evidentemente encubriendo la necesidad de demoler el inmueble y construir departamentos. Era el inicio de la gentrificación de esa zona: no lo sabía, pero años después ya no los artistas, sino sus piezas arquitectónicas y de otro tipo son desplazadas, denostadas, tiradas, en pro de algo más “moderno”.

Una vez que supe de la noticia, me comuniqué con la dirección de Comunicación Social del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) –ahora Secretaría de Cultura–, a quienes casi les supliqué para que me proporcionaran el teléfono de la señora Rabel. Fue una osadía, pues dar datos personales de un artista es algo prohibido. No obstante, accedieron al considerarlo un hecho casi humanitario.

Marqué a Fanny, pero quien respondió el teléfono fue su hijo, Abel Woolrich, actor de ‘El callejón de los milagros’ (1995) y algunas películas estadounidenses como ‘La máscara del Zorro’ (1998) y ‘Apocalypto’ (2006). Estaba agradecido por la difusión del hecho y, más allá de eso, le propuse hacer una entrevista de semblanza de su madre.

La casa de Fanny me recordó mucho a aquella que describe Carlos Fuentes en ‘Aura’: “Cierras el zaguán detrás de ti e intentas penetrar la oscuridad de ese callejón techado —patio, porque puedes oler el musgo, la humedad de las plantas, las raíces podridas, el perfume adormecedor y espeso”.

Abel me abrió la puerta. Era un hombre que rondaba los 60 años, con pelo largo blanco, algo desaliñado, como un adolescente perpetuado en el tiempo.

La casa parecía también contenida en su espacio, llena de vegetación y descuidada. Subí una escalera hasta la habitación donde me recibiría Fanny, una mujer alegre de 82 años, hospitalaria y muy bien arreglada para la entrevista, como debió haber sido hace 50 años, cuando las formas eran más importantes.

—¿Cómo eran Diego y Frida?— le pregunté al calor de la plática.

“Diego Rivera no era un cuate de todos los días. Lo más maravilloso de él es que era accesible y ‘cuatachón’. Lo conocí en mi casa un día, tomando té. Llegó como invitado; después, en La Esmeralda, gustaba de platicar sobre su vida: anécdotas y autobiografías. Era muy divertido. A pesar de que no era un maestro particular, el aprendizaje de Diego estaba en su obra. Conocerlo, tratarlo y ver lo gentil que era.

¿Y Frida? “Frida era un amor, una maravilla de gente. Fue nuestra maestra, pero de otro modo: como para ella era difícil desplazarse, comenzamos a ir a su casa y ahí anduvimos dando vueltas. Nos trataba de maravilla. Hay algo más allá de lo que se hace o se dice de su obra, porque su obra es muy buena, pero Frida, como persona, era maravillosa. Yo no le conozco enemigos, no creo que los tuviese; era una persona adorable, afectuosa a morir, que le brotaba espontáneamente, no esa cosa fingida”.

Fanny me ofreció una bebida, accedí a tomar agua y mientras lo hacía, mi fotógrafo aprovechó para capturar algunas de sus obras.

FOTO JORGE RIOS.

Había cosas que no entendía. Fanny hablaba de las personas en diferentes tiempos, a veces en pasado, pero otras en presente. También la había cuestionado sobre realizar una retrospectiva de toda su obra, pero ella solo apuntó a decirme que “no estaba en edad para retrospectivas”, que no se lo había planteado.

Todo me quedó claro con la siguiente pregunta que le hice:

—¿Qué nos puede decir del problema en torno a su casa?

—¿Mi casa? ¿Qué pasa con mi casa?

Abel salió en mi ayuda. Le contó a su mamá que había una posibilidad de que el Patronato le retirara su casa, pero que, con la ayuda de los medios de comunicación, como el que yo representaba, esto no sucedería.

Fanny se turbó un poco y me dijo que su vida estaba en esa casa, que no había contemplado perderla.

No pude evitar experimentar muchas emociones agridulces mientras escuchaba a esta estupenda y desprotegida pintora. No importó que su hijo era actor y ella una pintora reconocida; ambos vivían en la intemperie, en una casa modesta y descuidada, casi rayando en la necesidad, que además querían arrebatarles.

Fanny tenía Alzheimer y, como escribió por esa época Mónica Mayer para El Universal, “tras el espacio que habita es su memoria. Sacarla sería un golpe mortal”.

La entrevista que le hice, publicada para Unomásuno, junto con la de Mayer y el empuje de La Jornada, ayudaron a que Fanny no perdiera su casa, para que continuara en ese mundo ilusorio que ella misma construyó, en cada rincón en los que ella dejó algo de sí.

Los medios, que ante todo son un servicio, ayudaron a ganar esa batalla. Abel murió de cáncer en junio de 2006, menos de dos años después de mi visita. Fanny nunca sufrió su ausencia a fondo, pues la memoria le jugaba buenas pasadas.

Es un misterio lo que vivió esos dos años tras la ausencia de su hijo. Ella perdió su propia batalla el 25 de noviembre de 2008. Como ella lo quiso, sigue siendo recordada en su obra y en la palabra escrita. Descanse en paz.

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