Enfoque al servicio ¿vocación o aprendizaje?

Quien tiene una alta vocación al servicio, ¿nace o se hace?

Un servicio es un conjunto de acciones que se realizan para servir a alguien, a algo o a alguna causa, y se ejercen con el propósito de que quien lo reciba, se sienta satisfecho; es decir, se refiere a dar apoyo o asistencia, o hacer un favor a alguien, a través de medios materiales o inmateriales. 

Pareciera ser que el servicio es exclusivo de aquellas empresas que tratan directamente con clientes, tales como restaurantes, tiendas departamentales, talleres automotrices, hospitales, escuelas, etc.; pero en realidad podemos encontrar muchas y muy variadas formas y ámbitos de aplicar el término servicio.

En el ámbito económico, por ejemplo, un servicio es una acción o conjunto de acciones destinadas a satisfacer una necesidad de los clientes, a través de un producto inmaterial y personalizado. El servicio es algo no concreto que, aunque muchas personas lo reciban al mismo tiempo, la experiencia que cada uno tenga va a ser totalmente única y diferente a lo que otra persona reciba.

También hemos escuchado el término “servicio público” que se refiere a la prestación realizada por las instituciones públicas y/o los organismos del Estado para satisfacer las necesidades de la comunidad, generalmente enfocados a asegurar las condiciones de igualdad y bienestar de la población.

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Otra aplicación del concepto es el de “servicio al cliente” que son las acciones que instrumentan las personas u organizaciones para generar experiencias positivas en los consumidores o usuarios.

Y un término que escuchamos con mucha frecuencia es el de “servicio social”, que generalmente lo relacionamos con la actividad que deben realizar los jóvenes que están estudiando una carrera para aplicar sus competencias profesionales en el mejoramiento del bienestar social de la ciudadanía,   —generalmente de las poblaciones vulnerables—, y/o de participar en la identificación de alguna problemática de la sociedad y ayudar a su solución.

Independientemente de su contextualización, el servicio es un valor, y como tal, no es ni debe ser exclusivo de cierto ámbito; es la cualidad, la capacidad o la intención permanente de ayudar a otras personas para generar o encontrar bienestar. Está muy relacionado con la empatía, entendida como la capacidad de ponerse en el lugar del otro y entender lo que ve y lo que siente, y de la solidaridad, que es el apoyo o adhesión a una causa o al interés de otra persona.

Desde esta última perspectiva, todos estamos llamados a servir.

Ahora sí podríamos preguntarnos entonces, si el servicio es una vocación o algo que aprendemos.

La palabra vocación, del latín vocere (voz), significa “llamado”; entonces, decir que tenemos vocación de servicio sería afirmar que tenemos ese llamado o impulso natural a servir; sin embargo, como un llamado natural, quizá no lo encontremos en todos; lo vemos en esas personas que, sin pensar, se detienen a ayudar a quienes tuvieron un accidente, a los médicos, bomberos, o a quienes se integran a grupos para ayudar a poblaciones vulnerables, etc.

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Por otro lado, decir que el servicio es algo que podemos aprender, significaría que podemos encontrar procesos en los que pudiéramos adquirir tanto el concepto como las habilidades y actitudes para hacerlo. ¿Es esto posible? ¡Definitivamente! Y aunque no haya “escuelas de servicio” como tal, sí podemos aprender a desarrollar la capacidad de hacerlo, principalmente a través del ejemplo. 

Por eso muchas escuelas integran a sus actividades la práctica regular de acciones de solidaridad, como adoptar una “escuela hermana”, visitar comunidades, ayudar a alfabetizar, hacer colectas, etc. Siempre el medio más efectivo que tendrá un niño para aprender el valor del servicio será a través del ejemplo.

Por lo tanto, considero que, aunque en efecto hay personas que tienen ese talento natural para servir, hay muchas otras que, si tuvieran la experiencia, estimulación o el ejemplo necesario, aprenderían a hacerlo de una forma mucho más significativa e impactante.

Todos, en cualquier momento de nuestra vida, tenemos la posibilidad y, sobre todo, la oportunidad de servir; cualquier persona puede poner en práctica el valor del servicio, buscando la oportunidad de ser útiles para alguien más, de hacer algo por otra persona, de contribuir, de trascender y marcar una diferencia para alguien. Para donde volteemos, encontraremos la invitación de ser útiles para nosotros mismos y para alguien más: nuestros familiares, compañeros de trabajo, vecinos, extraños.

Y hablando de educación, también aprendemos lo contrario; cuando en nuestro entorno prevalece la indiferencia, la prepotencia, la soberbia, aprendemos a serlo; y estos son los principales obstáculos que debemos vencer para hacer de nuestra vida una oportunidad permanente de darle un sentido diferente a lo que hacemos.

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Y creo que es un buen momento para hacer alto en el camino y cuestionarnos cómo está nuestro enfoque al servicio; y si no está tan desarrollado, podemos empezar a trabajarlo e inculcar una cultura del servicio en nuestro entorno inmediato, empezando por uno mismo; ¿qué tanto escucho y me preocupo por conocer las necesidades de quienes comparten su tiempo conmigo? ¿Trato de hacerlos sentir bien, reconocer y retroalimentar sus cualidades y aciertos, agradecer los pequeños detalles que me brindan? ¿Los ayudo a crecer y a ser mejores seres humanos? Si mi respuesta es “no” a alguna o a varias de estas preguntas, nunca es tarde para empezar; sobre todo, consciente de que lo que yo empiece a hacer, seguramente empezará a motivar a alguien más a hacerlo, aunque yo no me dé cuenta de ello.

Además, tiene otros maravillosos beneficios, pues al tener pequeños gestos hacia otros, nuestra autoestima, seguridad personal e incluso nuestro propio estado de bienestar, empezará a aumentar.  Está comprobado que esos pequeños actos de compasión por otros no sólo enriquecen a la persona que lo recibe; también nos enriquece a nosotros mismos.

El llamado a servir implica, en pocas palabras, un pequeño pero constante y permanente desprendimiento de nuestras necesidades para contribuir al mejoramiento de las personas, de nuestro entorno, y a través de ellos, a nosotros mismos. Los más pequeños e insignificantes detalles hacen las grandes diferencias.

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