

Jesús Díaz
Un periodo de más películas, menos financiamiento, desaparición de fideicomisos, pandemia y opiniones encontradas sobre el futuro de la industria
A pocos días de que finalice el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, es evidente que el panorama político y cultural de México no es el mismo que en 2018. La prueba está en figuras que lo respaldaron en ese entonces y que hoy, al ver cómo las dinámicas sociales y las promesas del gobierno han impactado de maneras distintas a diversos sectores, han reconsiderado su apoyo.
Las razones son variadas: algunos, alineados con la retórica de la Cuarta Transformación, dirán que estas figuras públicas de clase media y alta no anticiparon que sus «privilegios» se verían afectados por un gobierno que buscaba una «transformación auténtica». Otros, especialmente en la industria cinematográfica y audiovisual, argumentarán fallas reales en las políticas para impulsar el desarrollo cultural, lo que ha generado frustración y descontento en sus sectores.
Uno de los casos más emblemáticos es el de Gael García Bernal, quien en 2018 fue uno de los defensores más apasionados de López Obrador. En redes sociales, el actor no tuvo reparo en expresar su entusiasmo el día de las elecciones: «¡Qué emoción, chingao! Hoy es un día histórico para México, después de tantos años de lucha, finalmente tenemos la oportunidad de hacer un cambio real. ¡Y Latinoamérica unida!», publicó en Twitter (hoy X) el 2 de julio de 2018.

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Pero este entusiasmo no tardó en desvanecerse. Para 2019, tras episodios de violencia como la masacre de la familia LeBarón, Gael expresaba ya su descontento: «Si no cambia el gobierno y @lopezobrador_ de narrativa para asumir sus responsabilidades, ¿para qué chingados votamos por ustedes?«. Esta decepción proyectaba ya un camino agridulce para muchas figuras públicas que comenzaban a sentir que la narrativa de cambio tendría sus limitantes.
Diego Luna, cercano a Gael y otra figura notable del cine mexicano, también apoyó a AMLO en 2018. Durante las elecciones, destacó la importancia de la participación ciudadana: «Nos toca a los ciudadanos trabajar y contribuir al cambio que merecemos y anhelamos. Habrá que involucrarnos como nunca», aseguró. Y, de nuevo, a medida que avanzó el sexenio, su postura cambió.

En especial, los proyectos del Tren Maya y la explotación minera fueron particularmente criticados por Luna, quien meses después acusó en esa misma red social: «Recortes al presupuesto, refinerías, un tren que cruza la poca selva que nos queda y más explotación minera no suenan bien. Se nos acaba el tiempo y no lo quieren entender».
Otra voz crítica y muy mediática en este sexenio fue la de la cantante y actriz Susana Zabaleta. Conocida por su franqueza, celebró inicialmente la victoria de AMLO, incluso burlándose del gobierno anterior: «La cultura nos va a ayudar mucho, y sí hay lana. Ya que se retiren los que están. ¡Vete a volar, Gaviota!». Pero sus expectativas pronto se desinflaron. Para 2019, Zabaleta comenzó a criticar los recortes al sector cultural: «Tristemente sí me equivoqué. Perdón por mi estúpida esperanza y por pensar en un México que todos queríamos; lo sé, es decepcionante», dijo.

UNA FUNCIÓN DE CLAROSCUROS
Más allá de las opiniones de figuras públicas, es importante saber si el gobierno de López Obrador afectó o no a la cultura, en específico a la industria cinematográfica mexicana, un sector clave en la llegada de la llamada Cuarta Transformación. El cine mexicano vivió momentos mixtos: algunas iniciativas se estancaron, mientras otras lograron avances. El panorama, guste o no, es ambiguo.
Quizá el evento más significativo en las políticas públicas del gobierno de AMLO respecto a la industria del cine fue la extinción de los fideicomisos Fidecine y Foprocine en 2020. Estos fondos habían sido la columna vertebral de la producción cinematográfica en México por más de dos décadas, con convocatorias abiertas para apoyar tanto cine comercial como independiente.
Fidecine estaba destinado principalmente a proyectos de corte comercial que prometían una recuperación en taquilla, mientras que Foprocine se enfocaba en cine de autor, documental y proyectos de menor perfil, con gran valor cultural y artístico.
Ambos fideicomisos ayudaron a producir cerca de 500 largometrajes a lo largo de su existencia. Pero la política de austeridad del gobierno eliminó estas herramientas casi desde su llegada, generando preocupación en la comunidad cinematográfica que se quedó sin mecanismos sólidos para financiar sus proyectos.
IMPACTO FINANCIERO
En 2021 se creó Focine (Fomento al Cine Mexicano) como reemplazo. La diferencia con sus predecesores radica en su enfoque. Focine se centra en apoyar proyectos más diversos, incluyendo aquellos enfocados en comunidades indígenas y afrodescendientes. Sin embargo, a diferencia de los fideicomisos anteriores, todavía carece de un respaldo legal sólido que asegure su continuidad y financiamiento a largo plazo. El resultado es ambiguo: a tres años de su creación, sigue habiendo incertidumbre sobre su capacidad para reemplazar completamente a los fideicomisos extintos.
Si bien durante el sexenio de AMLO se produjeron más películas que en los gobiernos anteriores —234 en total, frente a las 225 producidas durante el sexenio de Enrique Peña Nieto—, el financiamiento promedio por proyecto se redujo significativamente.
Mientras que en el sexenio de Peña Nieto el promedio de apoyo por película era de 3.5 millones de pesos, bajo el mandato de López Obrador esta cifra cayó a 1.7 millones. Esta reducción en el financiamiento afectó la capacidad de los cineastas para llevar a cabo sus proyectos de manera adecuada, lo que, sumado a la creciente inflación, complicó aún más el panorama.
Otro aspecto preocupante fue la caída en la asistencia a las películas mexicanas. Durante el sexenio de AMLO, 401 películas nacionales fueron estrenadas, atrayendo a 63.4 millones de asistentes. Esta cifra contrasta fuertemente con los 154.8 millones de espectadores que acudieron a ver cine mexicano durante el sexenio de Peña Nieto, lo que refleja una disminución considerable en el interés del público.

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Pero hay que acotar algo importante: la pandemia de Covid-19, que, en 2020, tuvo un impacto devastador en la industria cinematográfica. Los cines en México estuvieron cerrados durante aproximadamente seis meses, desde marzo hasta agosto de ese año, y su reapertura fue gradual, con restricciones de aforo. Esta situación contribuyó a la caída histórica en la taquilla.
Según datos de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Canacine), en 2020 se vendieron 62 millones de boletos, una disminución del 81% respecto a 2019, cuando se vendieron 350 millones. La recaudación total cayó un 80%, pasando de 18 mil millones de pesos en 2019 a solo 3.5 mil millones en 2020.
La producción de películas también se vio afectada. Muchos rodajes se detuvieron o pospusieron, y los estrenos de películas nacionales e internacionales fueron aplazados o trasladados a plataformas digitales. Este escenario complicó aún más la situación de los cineastas, quienes ya enfrentaban recortes presupuestarios y la desaparición de apoyos como Fidecine y Foprocine.
A pesar de estos desafíos, el gobierno lanzó programas efectivos que impulsaron sectores específicos. Uno de ellos fue el ECAMC (Estímulo a la Creación Audiovisual en México y Centroamérica para Comunidades Indígenas y Afrodescendientes).
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A través de este estímulo, se financiaron más de 42 proyectos en lenguas indígenas como mixteco, tsotsil y zapoteco. En su edición de 2024, ECAMC seleccionó 14 proyectos en 12 lenguas indígenas, demostrando el potencial del cine como herramienta para contar historias que rara vez llegan a las pantallas comerciales.
Además, el estímulo fiscal EFICINE se mantuvo durante el sexenio, alcanzando en 2024 un techo de 700 millones de pesos para producción y 50 millones para distribución. EFICINE permite a las empresas destinar parte de sus impuestos a proyectos cinematográficos, lo que lo convierte en una herramienta clave para la industria. Sin embargo, su dependencia de las decisiones privadas limita su impacto, especialmente en proyectos independientes o de menor escala. Es cine comercial, muchas veces de calidad cuestionable, que financian los contribuyentes a través de los impuestos de las empresas.
CLAROSCUROS EN EL BALANCE FINAL
Con todo, el balance final del sexenio de López Obrador en la industria cinematográfica es, como gran parte de su administración, una mezcla de claroscuros. Aunque se produjeron más películas y se avanzó en inclusión, la desaparición de fideicomisos, los recortes al presupuesto y la falta de respaldo legal para programas como Focine (la robusta Ley de Cinematografía se quedó en el Congreso) dejaron insatisfechos a muchos cineastas.
El reto para el próximo gobierno será garantizar un financiamiento adecuado y estable que permita al cine mexicano continuar desarrollándose, y equilibrar las políticas de austeridad con la necesidad de impulsar la cultura en el país. La próxima presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, tendrá, al parecer, menos aplaudidores dentro de la industria fílmica, que será más incisiva.
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