

En entrevista, Hanna Atallah, fundador de FilmLab: Palestine, reflexiona sobre el impacto de las narrativas globales, como las de Disney, y la urgencia de contar historias que conecten con la realidad de los niños palestinos y, por extensión, con la de muchos otros niños en el mundo
Jesús Díaz
Sharjah, Emiratos Árabes Unidos. En todo el mundo, incluidos Latinoamérica y el Medio Oriente, los niños se sientan en las salas de cine a disfrutar de las películas de Disney, dejándose llevar por historias que parecen diseñadas solo para ellos, invitándolos a soñar con ser princesas o héroes.
Desde el estreno de Blancanieves y los siete enanos en 1937, Disney no solo ha cautivado a generaciones, sino que ha sido objeto de debate por su influencia en la formación cultural de los niños. Por décadas se ha cuestionado si estas narrativas promueven valores positivos o perpetúan estereotipos poco representativos, pero este dilema adquiere una dimensión distinta en territorios en conflicto, donde su desconexión con la realidad es aún más evidente.
En Cisjordania, muchos niños ven Disney. No es algo malo per se, pero para ellos estas historias plantean preguntas más profundas: ¿cómo conectan con personajes que viven en un mundo de nieve cuando no la han visto jamás?

“Un niño me dijo: ‘No entiendo la nieve. Aquí ni tenemos nieve’”, comparte Hanna Atallah, cineasta palestino y fundador de FilmLab: Palestine, durante una conversación en el Sharjah International Film Festival for Children and Youth. Esto lo llevó a reflexionar sobre qué tanto las historias que consumimos representan realmente nuestras vidas. “No se trata solo de entretener, sino de crear un vínculo cultural y emocional con los niños, mostrando un contenido que refleje sus experiencias, entornos y desafíos”, señala.
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Disney, por su parte, ha intentado en años recientes diversificar sus narrativas para incluir mayor representación cultural, étnica y de género. Sin embargo, esas iniciativas son vistas por muchos como estrategias comerciales más que como un compromiso auténtico. Pero en Palestina, un territorio marcado por la resistencia frente a adversidades extremas, esta discusión se siente lejana.
En Gaza, los bombardeos y el bloqueo israelí han transformado cualquier concepto de normalidad en un acto de supervivencia. En Cisjordania, aunque las tensiones persisten, existen cafés, universidades y espacios culturales que ofrecen un respiro. Este contexto ha permitido al cine palestino emerger como un medio para narrar historias que capturan la identidad y la resistencia de su gente, con figuras como Elia Suleiman y Hany Abu-Assad liderando el camino.
Hanna Atallah, con FilmLab: Palestine, ha asumido la misión de preservar la memoria colectiva palestina y crear infraestructura cultural. Desde su fundación hace 10 años, la organización ha desarrollado programas educativos como Next Generation, que fomenta la alfabetización cinematográfica en jóvenes palestinos, y la plataforma Waqtona, que ofrece contenido educativo en línea.
CINE FRENTE A LA AUSENCIA
En Gaza, donde las proyecciones de cine eran ya raras, el asedio israelí del último año las hizo casi imposibles. En junio, FilmLab organizó una proyección en refugios de la Franja de Gaza con películas extranjeras y árabes. Las condiciones eran rudimentarias: un proyector sencillo, una manta improvisada y una vieja laptop. Sin embargo, esos momentos ofrecieron a los niños un respiro de su dolorosa realidad.

“Los niños en Gaza, como los de cualquier parte del mundo, merecen creer que pueden tener una vida normal”, afirma Hanna con tristeza. Reconoce que Disney forma parte de la vida de muchos en Cisjordania, pero advierte que la dependencia de estas historias globales crea “una amnesia de identidad”. Las narrativas de grandes estudios no hablan de su tierra, su música o su cultura.
CINE CON IDENTIDAD
Desde sus inicios, FilmLab ha impulsado historias donde los niños palestinos se vean reflejados. Iniciativas como Sunbird Stories capacitan a creadores jóvenes, y el festival Palestine Cinema Days proyecta películas en las que los pequeños actúan como jurados y críticos. “Los niños enfrentan desafíos muy difíciles que pueden contar. Debemos cultivar su voz propia, enseñarles a crear un lenguaje cinematográfico”, explica Hanna.
Ejemplos como los cortometrajes Who are you?, sobre un niño que enfrenta acoso escolar mientras cuida a su abuelo enfermo, o Offside, donde una niña lucha por jugar fútbol en un entorno que se lo prohíbe, son testimonio de este esfuerzo. Hasta ahora, FilmLab ha apoyado más de 60 proyectos, algunos premiados internacionalmente.
El fundador de FilmLab ve esperanza en las tecnologías accesibles que permiten a cualquiera hacer cine con un teléfono móvil. Sin embargo, advierte que los realizadores de todo el mundo deben cuestionarse si están contando historias desde su realidad o replicando modelos hollywoodenses. “Nos hacen creer que podemos ser como Barbie o Superman, pero eso es caminar en la oscuridad. Todos debemos preguntarnos: ¿cómo contar mejores historias? Esos niños heredarán el mañana”, concluye.
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