¿Qué tan caro nos va a salir El Niño este año?

El fenómeno regresó a una velocidad casi sin precedentes, y podría ser de los más fuertes desde 1950. En México, lo recibimos (afortunadamente) con las presas llenas y los precios agrícolas en relativa calma. 

El Niño y La Niña son fases del fenómeno ENSO (El Niño – Oscilación del Sur) que influyen en los patrones de lluvia mundiales, afectando principalmente a las regiones cercanas a la franja ecuatorial. El nombre de “El Niño” se lo dieron pescadores peruanos del siglo XIX, quienes observaron un calentamiento anual de las aguas del Pacífico cerca de Navidad, asociándolo con el nacimiento de Cristo (el niño Dios o el niño de la Navidad).

Cada cierto número de años, el Pacífico ecuatorial se calienta más de lo normal, y ese enorme depósito de agua caliente modifica los patrones de lluvias de medio planeta, secando regiones que dependen del monzón, llevando lluvias atípicas a los desiertos y modificando la temporada de huracanes. Si bien es un fenómeno cíclico que ocurre de manera relativamente frecuente, lo que hace particular al de este año es la velocidad con la que se ha venido intensificando. 

Tan rápido va que en los medios ya circula la etiqueta del “Súper Niño”. En febrero, la Organización Meteorológica Mundial le daba apenas 10% de probabilidad de aparecer; para el trimestre mayo-julio, el Pacífico ecuatorial ya había pasado de -0.4 a +1.4 grados de anomalía, y en su diagnóstico del 13 de agosto la NOAA le asignó más de 90% de probabilidad de convertirse en un evento “muy fuerte” durante este otoño-invierno, con un 69% de probabilidad de superar todo lo registrado desde 1950. La categoría de “súper” no existe en la escala oficial, que solo distingue entre eventos débiles, moderados, fuertes y muy fuertes; pero si el pronóstico se cumple, este Niño se ganaría el apodo por mérito propio.

Para tener una idea de lo que podría venir, podemos analizar lo que ya pasó antes. El evento de El Niño 2023-2024 es uno de los cinco más fuertes del registro, según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), y eso, junto al calentamiento global, contribuyó a hacer del 2024 el primer año con una temperatura promedio por encima de los 1.5 grados sobre el nivel de temperatura preindustrial, de acuerdo con las mediciones históricas del programa europeo Copernicus. 

En el caso de México, los estudios coordinados en la UNAM por Víctor Magaña muestran que, en veranos con El Niño, llueve menos en la mayor parte del país, mientras que en invierno el patrón se invierte y llueve más en el noroeste y el noreste. Justamente, este comportamiento veraniego es lo que está esperando el Servicio Meteorológico Nacional: lluvias por debajo de los promedios históricos en el centro y sureste durante lo que resta de la temporada, un pico del fenómeno hacia el mes de diciembre, y un invierno 2026-2027 más húmedo en el norte, con más frentes fríos y más bandas de humedad. Al 15 de agosto, 30% del territorio presenta condiciones anormalmente secas o algún grado de sequía, y 3.5% está ya en sequía moderada a severa; cuatro de cada diez mexicanos viven en un municipio anormalmente seco. 

Los efectos económicos fueron diversos y afectaron a sectores como la logística o la agricultura. Por ejemplo, en el evento de El Niño 2023-2024, la sequía dejó al Canal de Panamá sin agua suficiente, reduciendo los tránsitos diarios de buques entre noviembre del 2023 y enero del 2024. En la India se prohibió la exportación de arroz blanco no basmati por temor al efecto de El Niño sobre su cosecha, lo que elevó el precio mundial del arroz durante ese año. 

En México, durante el pasado El Niño, en el estado de Sinaloa se vivió una de las peores sequías registradas, lo que llevó a un desplome del 83% en la superficie sembrada de maíz en el ciclo otoño-invierno. Ese año, la producción nacional de maíz blanco cayó un 44% y la cosecha total de 2024 fue la mínima en una década. Esto es un riesgo para México, ya que el país consume unos 332 kg de maíz por habitante al año contando todos sus usos (tortillas, industria y alimento pecuario), y 75 de esos kilos son tortilla, por lo que menores cosechas y mayores precios impactarían de forma significativa los ingresos de las personas y potenciarían la importación de maíz proveniente del extranjero, aumentando la dependencia alimentaria. Al respecto, en 2025 México importó 24.6 millones de toneladas de maíz, su tercer récord consecutivo, pues produce apenas el 44% de los granos y oleaginosas que consume, según el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA).

Sin embargo, actualmente estamos en una mejor posición. A diferencia de El Niño 2023-2024, en esta ocasión las presas arrancan con mayor capacidad: el sistema Cutzamala, que hace un par de años nos tuvo contando los días para el “día cero” (el día en que el sistema se quedara sin agua), arrancó el mes de agosto con un 74% de su capacidad, unos 12 puntos porcentuales arriba del año pasado. Algo similar se ve en las presas de Sinaloa, que almacenan un 29% de su capacidad en promedio, en contraste con el 17% de hace un año. 

En el frente de los huracanes, El Niño plantea dos escenarios. Sobre el Atlántico, la NOAA, en su actualización del 6 de agosto, elevó a 75% la probabilidad de una temporada de tormentas por debajo de lo normal: espera de 7 a 13 tormentas con nombre (incluidas tres tormentas tropicales, Arthur, Bertha y Cristobal, que ya se formaron), de las cuales solo de dos a seis llegarían a ser huracanes y, a lo sumo, dos llegarían a convertirse en huracán mayor. Para dimensionarlo, típicamente en una temporada de huracanes en el Atlántico se producen unas catorce tormentas con nombre, unos siete huracanes y, de estos, unos tres huracanes mayores. 

Del lado del Pacífico ocurriría lo contrario: el agua más cálida podría dar pie a una mayor generación de huracanes. Los pronósticos le asignan altas probabilidades (>70%) a una temporada con actividad de tormentas mayor a la habitual para este año, con entre 15 y 22 tormentas con nombre, de nueve a catorce huracanes y, de estos, de cinco a nueve huracanes mayores, algo parecido a lo ocurrido con El Niño en 2015, que produjo 18 tormentas con nombre, 13 huracanes y 9 huracanes mayores, incluido Patricia, el huracán más intenso jamás medido en la cuenca y el más fuerte que haya tocado tierra en México, en la costa de Jalisco.

Sin embargo, mientras los meteorólogos suben las alertas sobre las consecuencias de El Niño, los precios de los alimentos en México atraviesan (por ahora) uno de sus periodos más tranquilos en años, con una inflación en productos agropecuarios de -3.34%, lo que significa que los productos agropecuarios costaban en julio 3.34% menos que un año antes. El jitomate que asustaba en abril se desplomó un 39% tan solo en junio, cuando las lluvias lograron normalizar la oferta. El susto de la helada al desplome duró unos cinco meses. No obstante, el anterior episodio de El Niño nos muestra que la inflación en bienes agropecuarios puede alcanzar fácilmente tasas anuales de más del 20%, por lo que hay que estar preparados para posibles aumentos de precios en los próximos meses. 

¿DE QUÉ TAMAÑO PODRÍA SER LA FACTURA? 

El trabajo clásico del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre El Niño (Cashin, Mohaddes y Raissi) estima que una versión más fuerte de este fenómeno podría elevar la inflación de materias primas entre 3.5 y 4 puntos porcentuales, y que el traspaso a los precios al consumidor podría ser mayor en aquellos lugares y países donde los alimentos tengan un mayor peso en la canasta de consumo de los hogares, como en México, donde el 38% del gasto se destina a alimentos, bebidas y tabaco. 

Para el evento actual ya comienza a haber estimaciones: Banamex, en mayo, calculó que El Niño añadiría 0.52 pp a la inflación general, con el efecto concentrado en frutas y verduras y visible a partir de la segunda mitad de 2026. Por su parte, el Banco de México mantiene las afectaciones climáticas como un elemento más de su lista de riesgos al alza para la inflación. Además, El Niño no es el único factor que impulsa al alza los precios en el campo; en Michoacán las sequías se mezclan con la extorsión del crimen organizado, y en el precio de la carne de res pesan temas como el gusano barrenador. Echarle toda la culpa a El Niño sería tan impreciso como ignorarlo. Por lo pronto, estaremos monitoreando las variables tanto meteorológicas como económicas, para estimar en qué medida estos fenómenos naturales afectan a la vida diaria y al bolsillo de las personas.

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