

Un informe revela que las celebraciones de septiembre tienen un costo ambiental y social elevado para el país
Las Fiestas Patrias, una de las celebraciones más significativas en México, ocultan una paradoja fundamental. La generación masiva de residuos sólidos, la contaminación química y acústica de la pirotecnia, y el daño colateral que este asalto sensorial inflige a grupos sensibles como personas con autismo, veteranos con trastorno de estrés postraumático y la fauna urbana.
Una montaña de basura: El costo de una cultura de consumo
El final de las celebraciones patrias da paso a una realidad inevitable: la enorme cantidad de basura que queda. Datos de diversos municipios mexicanos revelan un aumento drástico en la generación de residuos sólidos durante el mes de septiembre, lo que ejerce una presión extraordinaria sobre los sistemas de recolección y disposición final. En algunas localidades, la recolección diaria de basura puede pasar de 70 a 90 toneladas, alcanzando picos de hasta 120 toneladas diarias en fechas clave como el 14 y 15 de septiembre.

Un claro ejemplo de este fenómeno se observa en el Zócalo de la Ciudad de México, epicentro de la celebración nacional. Solo durante los festejos de 2019, se recolectaron 145 toneladas de residuos sólidos en la Plaza de la Constitución y sus alrededores, una cifra comparable a la cantidad de basura producida en un festival de música de varios días. La gestión de esta avalancha de residuos requiere una respuesta logística masiva y costosa, con cientos de trabajadores y maquinaria especializada para limpiar las áreas de celebración. Este esfuerzo representa un costo significativo que recae sobre el sector público y, en última instancia, sobre los contribuyentes.
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El análisis de la composición de esta basura ofrece un retrato de una cultura de consumo efímero y de conveniencia. Los desechos están dominados por artículos de un solo uso, como platos, vasos, cubiertos y envases de plástico (PET), así como empaques de metal y restos de fuegos artificiales. Los datos del informe indican que, si bien México genera anualmente más de 42 millones de toneladas de residuos, la proporción de plásticos y empaques no reciclables aumenta drásticamente durante las Fiestas Patrias.
Hace medio siglo, solo el 5% de la basura en el país era material no biodegradable; hoy, esa cifra ha ascendido al 50%. La masiva inyección de plásticos de un solo uso durante septiembre contribuye de manera desproporcionada al 97% que no se recicla, y que termina en rellenos sanitarios o tiraderos clandestinos, magnificando una falla sistémica en el manejo de residuos.
Pirotecnia y sus consecuencias: Contaminación química y acústica
El espectáculo de fuegos artificiales, con su deslumbrante paleta de colores y estruendos, es el resultado de una serie de reacciones químicas que liberan un cóctel de toxinas y contaminantes en el aire. La producción de color se logra con sales metálicas, cada una correspondiente a un elemento específico: el rojo se logra con estroncio, el verde con bario, el azul con compuestos de cobre y el amarillo con sodio.
Estos metales y sus subproductos químicos son liberados directamente a la atmósfera. La detonación masiva de fuegos artificiales tiene un impacto directo y medible en la calidad del aire, liberando una nube de partículas finas (PM2.5) y monóxido de carbono (CO). Estas partículas microscópicas pueden permanecer suspendidas en la atmósfera hasta por tres días, penetrando profundamente en los pulmones y el torrente sanguíneo, lo que está vinculado a enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

Monitoreos históricos en la Ciudad de México han mostrado un patrón de impacto variable pero claro. Por ejemplo, en 2021, la alcaldía de Iztapalapa registró una «mala» calidad del aire, con un índice de PM2.5 de 106, mientras que otras demarcaciones reportaban condiciones «regulares». Los picos de concentración de estas partículas después de los espectáculos pueden exceder significativamente los límites seguros establecidos por la normativa mexicana.
Además de la contaminación química, la pirotecnia introduce en el entorno una forma de polución igualmente dañina: la contaminación acústica. Las explosiones pueden alcanzar hasta 190 decibeles (dB), un nivel que supera el umbral de seguridad para la salud humana y se sitúa firmemente en el rango del daño auditivo inmediato. La exposición a este asalto acústico puede causar daños físicos directos, como tinnitus, pérdida de audición y perforación de la membrana timpánica, además de provocar estrés fisiológico, ansiedad, fatiga e irritabilidad.
El daño colateral: Impacto en personas vulnerables y animales
El asalto sensorial de la pirotecnia no afecta a todos por igual. Para personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA) y sus familias, el espectáculo no es una celebración, sino una fuente de profundo sufrimiento. La hipersensibilidad a estímulos como el sonido y la luz puede provocar crisis conductuales, pánico y miedo intenso, obligando a las familias a aislarse para proteger a sus seres queridos. Este problema ha sido reconocido en sentencias judiciales, como la de Tehuacán, Puebla, que prohibió la pirotecnia para proteger los derechos de las personas autistas.

De manera similar, el estruendo de los fuegos artificiales puede volver a traumatizar a veteranos que viven con Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Para ellos, los sonidos y destellos repentinos son réplicas de un campo de batalla que pueden desencadenar flashbacks, ansiedad severa y un estado de hipervigilancia.
El impacto en los animales domésticos es igualmente severo. Los perros y gatos, con una audición mucho más sensible que la de los humanos, experimentan un terror que puede causar taquicardia, temblores y, en su pánico, intentos desesperados de huir. Se estima que 20% de todos los animales de compañía perdidos desaparecen debido a ruidos fuertes.
Fauna silvestre
La fauna silvestre también sufre. El estruendo provoca que aves que descansan durante la noche levanten el vuelo en masa, desorientándose y chocando contra edificios, cables y árboles. Este caos puede provocar traumatismos, muerte por estrés e interrupción de los ciclos reproductivos, generando un «evento de extinción» localizado que contribuye a la disminución de la biodiversidad urbana.

Finalmente, aunque la contaminación de ríos por pintura es una hipótesis plausible, el informe señala que la amenaza más grave y científicamente comprobada proviene del legado químico de los fuegos artificiales. Compuestos como los percloratos, utilizados para propulsar cohetes, son altamente solubles en agua y pueden interferir con la función de la glándula tiroides en humanos y animales.
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