México tiene presente… ¿y futuro?

Las selecciones juveniles de México dominan Concacaf, pero el verdadero desafío será convertir a esos campeones en figuras que se consoliden.
Las selecciones juveniles de México dominan Concacaf, pero el verdadero desafío será convertir a esos campeones en figuras que se consoliden.

México puede presumir de ser campeón de Concacaf prácticamente desde las categorías juveniles hasta la Selección Mayor al mismo tiempo. Y eso es extraordinario. Estas generaciones ganadoras de títulos dan una sensación que desde hace tiempo parecía haberse perdido: la de volver a dominar la región.

Pero una vitrina llena de trofeos también puede esconder una pregunta incómoda: ¿qué hacemos después con todos esos campeones?

Porque levantar una copa en Sub-15, Sub-17 o Sub-20 representa un éxito. Convertir a esos jóvenes en futbolistas capaces de consolidarse en Primera División y eventualmente nutrir a la Selección Mayor representa algo mucho más difícil.

México conoce perfectamente esa diferencia. Durante años hemos celebrado generaciones juveniles extraordinarias. Campeones del mundo, medallistas olímpicos y futbolistas que parecían destinados a convertirse en la columna vertebral del futbol mexicano. Algunos lo consiguieron. Muchos se quedaron en el camino. No necesariamente por falta de talento, sino porque entre destacar como juvenil y consolidarse como profesional existe un puente que nuestro futbol todavía no ha sabido construir con suficiente consistencia. Por eso estos campeonatos deberían provocar orgullo, pero también responsabilidad.

El futbol mexicano parece haber aprendido nuevamente a producir equipos capaces de competir y ganar. Ahora necesita demostrar que también puede transformar esos resultados en procesos. Porque el verdadero objetivo de una categoría juvenil nunca debería ser únicamente llevar un trofeo a la vitrina. Debería ser preparar al futbolista que algún día pueda hacerlo con la Selección Mayor. Ahí estará la verdadera prueba.

No basta con detectar talento. Hay que desarrollarlo. No basta con llevarlo a una selección juvenil. Hay que darle minutos cuando regrese a su club. No basta con ganar un campeonato Sub-17. Hay que conseguir que, tres o cuatro años después, esos mismos futbolistas no estén buscando desesperadamente un espacio mientras sus equipos prefieren soluciones inmediatas.

El problema nunca ha sido exclusivamente encontrar talento en México. El talento existe. La dificultad está en acompañarlo durante ese incómodo periodo en el que un joven deja de ser promesa, pero todavía no se convierte en realidad. Y justamente ahí se decidirá si todos estos campeonatos significaron el comienzo de algo importante o simplemente un hecho aislado.

Porque dominar en diferentes categorías demuestra que existe materia prima. Pero el verdadero éxito llegará cuando podamos seguir a estos campeones desde las selecciones juveniles hasta su consolidación en Primera División y, eventualmente, hasta la Selección Mayor. Ese debería ser el ciclo.

Gilberto Mora representa precisamente ese siguiente paso. De poco serviría formar futbolistas capaces de dominar su categoría si después el propio sistema les cierra el camino. Su crecimiento demuestra lo que puede ocurrir cuando el talento juvenil encuentra algo tan importante como la formación: oportunidades.

Por eso quizá el mayor peligro de este momento sería conformarnos. Celebrar que México domina la región está bien. Creer que el trabajo terminó sería un error.

Las potencias no se construyen acumulando campeonatos juveniles. Se construyen consiguiendo que una generación alimente a la siguiente. Que el campeón Sub-15 pueda convertirse después en seleccionado Sub-17, luego Sub-20 y, eventualmente, en un futbolista preparado para representar al país en el máximo nivel. Cuando eso sucede, los títulos dejan de ser acontecimientos aislados y comienzan a convertirse en una cultura ganadora.

Hoy México tiene una oportunidad extraordinaria. Quizá dentro de estas selecciones se encuentren varios de los futbolistas que protagonizarán el próximo ciclo mundialista. Algunos llegarán. Otros inevitablemente se quedarán en el camino. La responsabilidad del futbol mexicano será conseguir que el talento no se pierda por falta de oportunidades.

Porque las vitrinas sirven para guardar el pasado. El futuro se construye afuera de ellas. México ya demostró que puede formar campeones regionales. Ahora viene lo verdaderamente difícil: conseguir que los campeones de hoy se conviertan en los futbolistas que mañana lleven a México a competir más allá de Concacaf. Solo entonces podremos responder la pregunta: México tiene presente… ¿también futuro?