
Cuatro partidos. Cero victorias. Dos empates. Dos derrotas. Dos goles a favor y siete en contra. Los números dicen que Rafael Márquez comenzó mal su etapa como entrenador de México. La pregunta es si esos mismos números alcanzan para decir que comenzó por el camino equivocado.
Porque durante años hemos pedido una renovación en la Selección Mexicana. Nuevos futbolistas. Más oportunidades para los jóvenes. Menos dependencia de los mismos nombres y una generación capaz de construir su propia historia.
Rafa comenzó debutando a seis jugadores durante su primera convocatoria. Nuevos rostros, diferentes alternativas y experimentos pensando más allá del resultado inmediato. El problema es que renovar siempre suena mejor antes de comenzar a pagar sus consecuencias. Queremos renovación, pero sin pagar el precio de renovar.
Empatar contra Colombia y Perú ya generaba dudas. Después llegaron las derrotas ante Estados Unidos y Chile para transformar las dudas en presión. Especialmente porque México no solamente perdió: recibió cinco goles y no consiguió marcar ninguno en estos dos últimos encuentros. Y eso tampoco puede justificarse únicamente con la palabra “proceso”.
Dar oportunidades para construir una nueva generación necesita paciencia. Pero ningún proyecto puede utilizar el futuro como excusa para ignorar el presente. Un proceso necesita paciencia, pero también necesita señales.
No necesariamente tenemos que exigirle a Márquez ganar todos los amistosos. Sí podemos comenzar a exigir que México nos permita reconocer qué pretende jugar, cuáles futbolistas solamente están recibiendo una oportunidad y quiénes pueden formar parte de esa transformación.
Porque probar jóvenes no significa regalar lugares. Renovar tampoco consiste simplemente en cambiar nombres. La verdadera renovación comienza cuando algunos de esos futbolistas demuestran que pueden quedarse.
Rafa conoce mejor que muchos ese camino. Alguna vez él también representó el futuro de México. Después se convirtió en capitán, disputó cinco Mundiales y terminó siendo uno de los futbolistas mexicanos más importantes de la historia. Ahora su responsabilidad será encontrar a quienes puedan construir la siguiente.
Pero tendrá que hacerlo mientras los resultados presionan. No importa cuántos experimentos existan detrás. Sus primeros números representan un comienzo preocupante. Todavía sería demasiado pronto para condenar el proyecto. También sería demasiado cómodo justificar absolutamente todo argumentando que apenas comienza.
Quizá esa sea precisamente la dificultad de lo que Rafael Márquez intenta construir. México necesita cambiar, pero cambiar significa equivocarse, probar, descartar y algunas veces perder. La verdadera evaluación llegará cuando sepamos qué quedó después de estas primeras derrotas.
Si dentro de algunos años varios de aquellos jóvenes son titulares, México encuentra una identidad y esta generación consigue competir a otro nivel, posiblemente recordaremos estos partidos como parte del costo de construir algo diferente. Porque pedir jóvenes es fácil. Concretar la renovación no lo es.
México dice querer un cambio generacional. Ahora tendrá que demostrar si también está dispuesto a pagar el precio de cambiar.

