

Ser mamá de un niño con TDAH es aprender a vivir en el cambio constante. Es planear una tarde tranquila y terminar apagando fuegos emocionales. Es lidiar con la culpa de haber levantado la voz y, al mismo tiempo, con la culpa de haber sido demasiado paciente y no haber puesto límites. Estar cansada, y aun así levantarte al día siguiente con ganas de hacerlo mejor. Porque lo amas. Porque sabes que necesita de ti más que nadie.
Ahora, súmale a eso el trabajo. Las reuniones, los pendientes, los horarios que no se acomodan a tus citas médicas, ni a los días de crisis en los que simplemente no puedes con todo. Porque ser madre y trabajadora en este contexto no es solo un acto de malabarismo, es una prueba constante de resistencia emocional.
Por mucho tiempo creí que tenía que hacerlo sola. Me compré la idea de que pedir ayuda era un signo de debilidad, que si yo no podía con todo, estaba fallando como mamá. Y esa idea me rompió en pedacitos más de una vez. Me hizo dudar de mí, de mis decisiones, de mi capacidad de ser una buena madre. Hasta que entendí que la fuerza también está en saber reconocer los límites, en soltar lo que no puedo controlar, en dejarme acompañar.
La red de apoyo no siempre se ve como una gran familia o un grupo de amigas que te entienden perfecto. A veces es más sutil. Es la psicóloga que te manda ejercicios para casa y te dice “lo estás haciendo bien, tranquila”. La maestra que te escribe para decirte que tuvo un buen día, y celebras ese pequeño triunfo como si fuera una medalla olímpica. Es la pareja que se queda con tu hijo una tarde para que tú puedas respirar. O la amiga que no tiene hijos, pero te manda un mensaje de vez en cuando para ver cómo va tu vida.
También está la comunidad que se forma cuando empiezas a hablar del tema sin miedo. Cuando en vez de callarte en la junta escolar, decides compartir que tu hijo tiene TDAH. Cuando te atreves a preguntar en un grupo de mamás si alguien conoce a un buen terapeuta. O cuando te encuentras con otra mamá en el parque y de pronto, sin saber cómo, están contando sus historias como si se conocieran de toda la vida.
Esa red no llega sola. Hay que buscarla. A veces hay que construirla desde cero, y otras veces hay que tratar de verla donde nunca pensaste que estaba. Pero existe. Y cuando la encuentras, el camino se hace un poco más llevadero.
Estar presente en la vida de mi hijo ha significado, muchas veces, hacer pausas en medio del caos. Apagar correos por un rato para mirar sus ojos cuando me necesita. Cancelar una reunión para asistir a una cita médica. Y otras veces, es al revés: explicarle que mamá necesita trabajar y que eso también es parte de amarlo. Que estar presente no siempre es estar al 100% físicamente, pero sí emocionalmente disponible cuando más importa.
No me gusta romantizar el agotamiento. Criar con TDAH cansa, duele, frustra. Pero también enseña. Te obliga a crecer, a ver el mundo con otros ojos, a desarrollar una compasión inmensa por ti misma y por los demás. Y, sobre todo, te recuerda que no estás sola.
Así que si estás leyendo esto con lágrimas contenidas y una taza de café frío al lado… bienvenida. Aquí estamos muchas, cada una con su historia, su ritmo, sus aprendizajes. Tal vez no nos conozcamos, pero compartimos el mismo anhelo: hacerlo bien, con amor, con errores, con valentía.
Y de verdad, no estás sola. Nunca lo estuviste.
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