
La calidad de la enseñanza, como ya lo he descrito en columnas anteriores, se basa en el tiempo que se puede invertir en los jóvenes. Cuanta atención se les proporciona para asegurar su bienestar, mental, físico y social, creando oportunidad de socializar. Todo dentro de un marco de respeto mutuo, donde se brinden herramientas idóneas para explotar habilidades y encontrar una línea de partida para lo que es la vida cotidiana en un futuro no muy lejano.
Con los nuevos formatos educativos las normas que se han empleado y las experiencias que se han presentado, no solo a nivel local o estatal, sino también a nivel nacional e incluso mundial. No debería ser un tema sencillo que se resuelva con una nueva ley que se pretenda que trabaje sola. Todo se debe a una correcta supervisión de parte de las instancias educativas correspondientes. Ya sean supervisores de zonas escolares, directivos y padres de familia. Todos en conjunto para crear una red de comunicación continua y asertiva. Que nos permita determinar las necesidades que presenta el plantel y como solucionarlo de manera adecuada.
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En las últimas semanas, he recibido testimonios de una serie de hechos dentro de planteles educativos. En donde pareciese que la omisión se ha apoderado del sentir de los alumnos y padres de familia. Las instituciones educativas privadas, brindan una serie de oportunidades que, de acuerdo al momento de inscribir al alumno o alumna, estos tendrán ventajas y servicios adicionales. Que en muchas de las ocasiones no te pueden brindar las escuelas públicas. Sin embargo, cuando la dirección académica pierde sus convicciones por el amiguismo, influyentísimo y pensamiento egoísta para apoyar únicamente a sus allegados, entramos en una problemática aún mayor.
En lo particular me preocupan las prácticas con las que el Colegio Vizcaya de las Américas, ha determinado que es la forma correcta de resolver problemáticas de bullying que se viven dentro de la institución actualmente. La omisión de parte de una dirección académica puede ser un problema. Que, si no se atiende con el tiempo suficiente, se pueden sufrir catastróficas consecuencias. Actos que los jóvenes desesperados y sin soporte sobre las problemáticas que se mencionaron anteriormente pueden realizar sin mirar atrás. El temor a no ser escuchados puede ser el peor bullying. El temor a ser agredidos y ofendidos por sus propios docentes o personal administrativo es un arma con la que se debe cuidar como se “juega”.
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Si bien, la Secretaría de Educación del estado tiene una ardua tarea por desempeñar debido a las nuevas necesidades que requieren los jóvenes derivadas de la pandemia generada por el COVID-19. No se debe menospreciar la relevancia que la salud mental y social que exigen los estudiantes. Para que esto se logre de una manera adecuada y pacífica, debe existir el correcto dialogo y supervisión de tres factores o participantes. Supervisión de la zona escolar correspondiente a la institución en cuestión, directivos de la misma y padres de familia. Ya que, con el apoyo en conjunto de estos, se logrará una estabilidad adecuada. Sin caer en la peligrosa y desagradable omisión que un puesto directivo por arrogancia puede desarrollar en las personas.
Encuentra este y otros contenidos en: Semanario Atiempo Ed. 19
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