La Advertencia

La advertencia

El medicamento había sido tomado, y con él, el peso de una advertencia que aún resonaba en mi cabeza: Espera media hora. Duerme. Si tomaste el medicamento, no te desveles. Ve a dormir… ve a dormir.

Siempre me he enorgullecido de afirmar que ni fantasmas ni muertos me producen miedo. No, el verdadero terror radica en la mente humana, en su capacidad de retorcerse hasta lo inhumano, descender a una crueldad más profunda y aterradora que cualquier monstruo.

Esa noche, habíamos reído y disfrutado tanto que el tiempo dejó de existir para nosotros. Pero, eventualmente, el cansancio nos alcanzó. Nos separamos, yo llevé a las chicas mientras él se quedaba recogiendo los últimos restos de la fiesta. Caminamos bajo lo que creía era la luz del día, pero no tardé en sentir una fatiga que no se podía ignorar. No era un agotamiento cualquiera, era denso, extraño. Había tomado el medicamento con la esperanza de llegar a casa y dormir inmediatamente. 

«¿Qué hora es?», pregunté, buscando una certeza en medio de mi creciente confusión. «Las tres», respondió una de las chicas.

En ese momento, no reaccioné. La calle estaba viva con el bullicio del mercado, la luz del día aún bañaba el pavimento, como si el tiempo fuera irrelevante. Pero algo dentro de mí empezó a torcerse. Recordé fragmentos de la noche: habíamos llegado a la fiesta a las nueve y media… no podíamos haber estado tanto tiempo. «¿Las tres?», repetí. «Eso no tiene sentido. A esta hora no debería haber luz, ni el mercado abierto.» Pero allí estábamos, rodeadas de actividad y bajo el peso de un reloj implacable.

Nos miramos, el miedo silencioso aferrándose a nuestros cuerpos. Seguimos caminando, en silencio, como si avanzar nos pudiera salvar.

Al llegar a la casa, pedí sentarme un momento antes de seguir. Apenas toqué el sillón, sentí que el mundo se derrumbaba. Un mareo vertiginoso me atrapó, y de repente, nos encontrábamos de nuevo en la fiesta. Pero todo era diferente. El sonido estaba amortiguado, las risas distantes, como si llegaran desde el fondo de un pozo. Sacudí la cabeza, parpadeé, y de nuevo estábamos en el sillón.

«¿Estamos despiertas?», pregunté, incapaz de confiar en mis propios sentidos. «Sí, claro», me dijeron.

Salí de la casa y él estaba esperándome, su beso en mi mejilla fue cálido, reconfortante. Caminamos juntos, pero todo a nuestro alrededor comenzaba a desmoronarse. Los rostros de las personas se distorsionaban, y las imágenes a mi alrededor eran cada vez más difusas. Entonces, lo vi. En el borde de la carretera, una figura. Un hombre. Nos observaba, sus ojos clavados en los míos. Mi piel se erizó.

«Déjanos ver un poco más», dijo mientras me tocaba con una familiaridad perturbadora. Mi cuerpo se estremeció con su roce, y aunque él quiso enfrentarlo, lo detuve, temiendo lo que sucedería si lo hacía. Nos adentramos en los pasillos del mercado, tratando de escapar de esa presencia.

«¿Estamos despiertos?», pregunté de nuevo, mientras mi pecho se llenaba de un terror irracional. «Sí», me respondió, acariciando mi mano con una ternura que parecía real. «Estamos despiertos.»

Pero cada paso nos llevaba más lejos de la realidad. Los rostros a nuestro alrededor se transformaban en máscaras grotescas. El olor a sangre impregnaba el aire. La neblina se cerraba sobre nosotros, y en ese camino interminable, los rostros desfigurados seguían vigilándonos.

El acoso no cesaba, y su furia crecía. Giramos por un pasillo y nos topamos con un grupo de hombres, armados con tubos y navajas, sus sonrisas crueles reflejaban una violencia inminente. Nos rodearon. Intentó protegerme, pero eran demasiados. Sentí las manos ásperas, el filo de una hoja rasgar mi piel. Parpadeé, y de nuevo, todo cambió.

Abrí los ojos, y estábamos juntos en la cama. «¿Estamos despiertos?», susurré, mi voz casi inaudible.

«Sí, amor, lo estamos», respondió mientras me abrazaba con fuerza. Pero su cuerpo estaba frío. El hedor a muerte lo envolvía, y mientras cerraba los ojos, comprendí. Comprendí que nunca habíamos despertado.

Erato Ex Umbra

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