

Cada madrugada, sin fallar, los gritos comenzaban. Al principio eran lejanos, vagos murmullos que parecían perderse en la quietud de la noche. Gritaban un nombre, pero nunca lograba descifrarlo. Era como un eco, una palabra desgarrada por la distancia, por el viento. No podía estar seguro de si era real, pero una cosa era clara: algo perturbador emanaba de ese sonido.
Conforme pasaban las noches, los gritos se volvieron más nítidos. El nombre… se asemejaba demasiado al de mi pareja. «¿Qué clase de coincidencia es esta?» me preguntaba, pero nunca lo mencioné. No debía preocuparle. En el fondo, quizás ya comenzaba a temer. Las noches parecían alargarse más, y el aire se volvía denso, como si las sombras en los rincones de la habitación observaran cada uno de mis movimientos.
Una noche, el grito fue diferente. No era solo un nombre lejano. Esta vez, lo sentí cerca, demasiado cerca. El eco resonaba en mis huesos, en mis oídos, como si me susurrara directamente. Provenía de la casa de enfrente. Al principio, lo ignoré, pensando que sería alguna disputa, una pesadilla ajena. Sin embargo, los gritos se tornaron en súplicas desesperadas. Pedían ayuda. Era un lamento roto, un llanto casi infantil que me arrancó de la cama de un salto. No podía dejarlo pasar. Tomé el teléfono y llamé al servicio de emergencias mientras aún se escuchaba la voz ahogada al otro lado de la calle.
—Vengan rápido. Alguien en la casa de enfrente… —les expliqué, sintiendo mi pulso acelerarse— gritan pidiendo ayuda. Es urgente. Me aseguraron que enviarían a alguien de inmediato, pero nunca llegaron. La noche pasó lenta, y yo, al borde de la cama, con el teléfono en mano, esperé. Esperé en vano.
Las siguientes noches, la súplica volvió, pero esta vez se mezclaba con el sollozo. El sonido… se sentía como si lo viviera en mi propia piel. “Ábreme la puerta”, decía la voz. El tono desesperado hacía que un frío indescriptible recorriera mi espina dorsal. No podía evitar mirar hacia la puerta cada vez que lo escuchaba. Parecía un clamor dirigido a mí, y cada palabra, cada gemido, golpeaba mi mente con una insistencia cruel. Estaba convencido de que alguien, en esa casa de enfrente, sufría.
Volví a llamar al servicio de emergencias, noche tras noche, pero siempre escuchaba la misma respuesta: “Estamos en camino.»Nadie llegó.
Una madrugada, los gritos se detuvieron, y un silencio abrumador se extendió por la casa. El alivio que sentí fue breve, pues una nueva presencia comenzó a manifestarse. El frío llenaba el aire, y el susurro, apenas perceptible, llegó con la brisa nocturna: “Ábreme la puerta…». Ya no venía de enfrente. Ahora estaba… aquí. Afuera.
El miedo se apoderó de mí de manera irremediable. Me acerqué lentamente a la puerta de la entrada, con el corazón martillando en mi pecho. ¿Debo abrirla? Pensé en mi pareja, dormía en el cuarto. No quise despertarle, no quise asustarle. Pero cuando acerqué la mano a la cerradura, algo me detuvo. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. No. No debía abrir. La voz, aún suplicante, aún rota, no cesaba: “Ábreme… ábreme la puerta…»
Fue entonces cuando lo supe. Un recuerdo, como una daga, perforó mi mente: la sangre. La sangre que cubría el suelo de nuestra habitación. Mi pareja, su nombre escapando de mis labios en un grito desesperado. Su cuerpo, frío, inerte, mientras yo caía de rodillas, impotente, en medio de la pesadilla que yo había desatado.
El servicio de emergencias… nunca iba a llegar. Nadie había llamado.
Yo grité su nombre hasta que la garganta me ardió, hasta que el peso de la locura me empujó al abismo final. Era yo, quien me había desangrado en medio de la oscuridad. Era yo, quien había suplicado, con la última gota de vida, “Ábreme la puerta». Mi pareja, en su desesperación, me había dejado allí… me había abandonado a morir.
Y ahora, desde esta tumba que es mi memoria, grito, esperando que alguien me oiga, esperando que la puerta se abra. Pero ya no hay puertas, ni cuerpo, ni vida que salvar. Solo queda mi voz, vagando por la eternidad, sin que nadie me escuche… excepto yo.
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