

Me desperté, otra vez. El sudor frío empapaba las sábanas. Me quedé un momento observando el techo, tratando de reubicarme, de arrancar esa sensación de irrealidad que se aferraba a mis pensamientos. La alarma no había sonado, pero el tiempo era irrelevante en este punto. Sabía lo que vendría: los ecos de los días anteriores, la espiral interminable de sucesos que no lograba comprender.
Todo parecía tan claro cuando cerraba los ojos: las imágenes de rostros desfigurados, de pasos en corredores interminables, las sombras en las esquinas que susurraban verdades que no podía soportar. Pero al despertar, el mundo se desvanecía en la bruma de una realidad que se empeñaba en ocultar lo esencial.
Me vestí mecánicamente, el espejo frente a mí mostraba un reflejo que no lograba reconocer del todo. El rostro era mío, pero la mirada… algo había cambiado. Bajé las escaleras con una sensación de inminencia, como si algo me aguardara al final, en cada rincón oscuro de la casa, o más allá de la puerta principal. Pero no había nadie, solo ese silencio pesado que te obliga a escuchar tus propios pensamientos.
Decidí salir. El aire de la noche me envolvió con un frío que no pertenecía a esta estación. Las calles estaban desiertas, pero no eran las mismas. Reconocí una esquina, la misma que había visto en sueños. El perro negro estaba ahí, observándome. Su boca se abrió en una sonrisa torcida, una burla. «No es real», me dije. Seguí caminando.
Las luces de los postes parpadeaban, y por un momento, todo se sumió en oscuridad. Cuando volvieron, me encontré frente a la biblioteca cerrada. De alguna manera, sabía que estaba en «ese» lugar. El eco de una risa distante me congeló los huesos. Intenté seguir, pero mis pies parecían clavados al suelo. Las puertas se abrieron solas, revelando un pasillo lleno de libros polvorientos y sombras que se movían al borde de mi visión.
Caminé hacia el interior, sabiendo que no debía hacerlo, pero incapaz de detenerme. Un susurro me llamó desde el fondo. «Ven… aún no has terminado». La voz era familiar, pero no supe de quién. Las palabras me arrastraban hacia una habitación oscura, donde la luz se extinguía poco a poco. Sentí el temblor en mis manos, esa sensación opresiva en el pecho, como si estuviera atrapado en una marea de emociones que no comprendía del todo.
Allí estaba ella. O al menos, lo que quedaba de ella. Mi hermana, mi compañera en tantas noches de historias de terror. No podía ser ella, ¿o sí? Se giró hacia mí, pero su rostro era un vacío informe. «Te dije que no debías venir», murmuró, con una voz que era un eco distorsionado de sus palabras. Intenté correr, pero cada paso que daba me llevaba de vuelta al mismo lugar.
De pronto, la realidad se fragmentó. Me encontré en el asiento de un auto, las luces de la carretera bañando la noche con destellos intermitentes. El perro seguía corriendo a mi lado, sonriendo. Lo vi varias veces, siempre en la misma posición, como una sombra que me perseguía sin descanso. La curva peligrosa estaba delante, sabía lo que vendría después, pero no pude evitarlo. El choque, el estallido, el dolor… todo volvió como una avalancha. Y entonces, la oscuridad.
Me desperté. Otra vez.
El ciclo continuaba, sin fin. El reloj marcaba las 3:00, la hora en que todo se desmoronaba. O tal vez nunca había despertado. Las voces, los rostros, las imágenes… todo volvía a repetirse. Pero algo era diferente esta vez. Una figura estaba sentada a los pies de mi cama, esperándome. No pude verle el rostro, pero su presencia me llenó de un terror insondable.
«¿Estás listo para recordar?», preguntó.
No supe qué responder. No sabía si era víctima o verdugo en este juego macabro. Fragmentos de mi memoria se superponían con sueños, con pesadillas que parecían vivencias. Cada decisión tomada, cada acción oculta bajo la oscuridad de mi mente, formaban parte de algo más grande, algo que no podía comprender.
Y entonces, lo comprendí. Nunca había salido, nunca había despertado. Tal vez jamás lo haría. Estaba atrapado en mi propia mente, un prisionero de los instintos que me habían empujado más allá del umbral de lo comprensible.
«El ciclo no termina», susurró la figura. «Y tú sabes por qué».
Las palabras resonaron en mi mente como un eco infinito. Me sumergí una vez más en la oscuridad, sabiendo que el próximo despertar no traería respuestas. Solo más preguntas. Más sombras. Más horror.
Y el ciclo continuaría.
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