

Guillermo Guajardo
Basta un simple objeto para atraparnos durante noventa minutos y recordarnos que el verdadero horror no siempre viene del más allá, sino de aquello que callamos. Escrita y dirigida por Caye Casas, atreviéndose a explorar lo impensable, convirtiendo el dolor en un ente que, aunque no es tangible, se siente tan presente como otro personaje más.
Todo comienza con una pareja que, tras atravesar sus primeros meses como padres, sin saberlo encuentran en una simple mesa un epicentro de una espiral de horror tan absurda como profundamente humana. Lo que parecía un elemento inofensivo del hogar se transforma en un recordatorio físico del sufrimiento, con una presencia cargada de significado que termina por devorar el amor, la cordura y la vida misma.
Presentando una puesta en cámara minimalista, casi teatral, demostrando que no se necesitan fantasmas ni criaturas para mantenernos al borde del asiento: basta un silencio y la culpa para que no dejemos de mordernos las uñas por el estrés. Llevando la cámara cerca de los personajes o de la tragedia, obligándonos a mirar lo que los personajes y nosotros preferimos ignorar. Cada encuadre se vuelve incómodo, cada pausa una amenaza, haciendo que la violencia no estalle de inmediato sino que se cocine a fuego lento, acumulándose hasta volverse insoportable.
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Con un guion lleno de tensión, sostenido por dos interpretaciones cortesía de David Pareja y Estefanía de los Santos quienes ofrecen actuaciones tan reales y crudas que apenas dejan espacio para respirar. Todo mientras vemos a un hombre fragmentado entre la culpa y la negación. Y a una mujer recién convertida en madre que intenta reconstruirse en un entorno que la juzga, la asusta y la convence de que nunca volverá a ser la misma. Ambos moviéndose en una atmósfera que oscila entre lo absurdo y el horror, donde el humor negro actúa como mecanismo de defensa para darnos un respiro breve en medio de la asfixia emocional.
Más que una película de terror, este largometraje es una experiencia sobre el duelo, la culpa y los horrores cotidianos disfrazados de normalidad. Sin buscar el susto fácil, sino incomodar para hacernos cómplices de la tragedia y del peso que el protagonista arrastra. Recordándonos que una sola decisión puede arrastrarnos a errores que nos perseguirán toda la vida. Llena de detalles donde los silencios y los encuadres completan aún más la oscura trama de este relato audiovisual.
Enseñándonos que el verdadero terror no es lo que ocurre frente a la cámara, sino lo que queda suspendido cuando termina, en una historia que nos pone a reflexionar sobre cómo todos tenemos ese objeto donde el dolor se sienta, nos observa… y nunca nos deja en paz.
LA MESITA DEL COMEDOR
8.9/10
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