

Guillermo Guajardo
Nominada a la Palma de Oro en 1981, mucho antes de que el terror psicológico invadiera de manera excesiva las salas de cine o las plataformas de streaming, el cineasta Andrzej Żuławski presentó una obra que no buscaba asustar, sino desgarrar desde lo más profundo del ser. En una historia donde el horror no nace de un monstruo oculto, sino de la descomposición del amor, del deseo y de la mente mostrando una película que no se mira, sino que se sufre, se respira con angustia y se sobrevive.
Ambientada en un Berlín dividido, siguiendo la historia de una pareja que atraviesa un divorcio tan violento que deja de ser humano para volverse un acto brutal. Lo que comienza como una ruptura emocional se transforma en una experiencia de locura compartida, en una guerra donde el cuerpo, la fe y la razón colapsan, tomando el desamor como si fuera el fin del mundo.
Con una puesta en escena frenética, cámara en mano y movimientos casi coreografiados por la desesperación, convirtiendo cada discusión en un exorcismo y cada silencio en una amenaza. Sin hay respiros rodeado de una ciudad gris que lo devora todo hasta conspirar para encerrar a los personajes en un espacio donde la realidad se disuelve lentamente.
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Un filme sostenido por un elenco fascinante con Sam Neill junto a Isabelle Adjani, quien ofrece una de las actuaciones más brutales y viscerales en la historia del cine que le valió el Premio a Mejor Actriz en el Festival de Cannes y el Premio César en la misma categoría. Regalándonos momentos de tensión y horror especialmente en la ya famosa escena en el túnel que parece una danza entre la histeria y el renacimiento donde el horror físico se convierte en revelación mostrándonos que el monstruo no está afuera, sino dentro de nosotros, formando una criatura, producto de una mezcla de deseo y repulsión, en lo que es una extensión más de la psique rota de su protagonista.
Retratando lo imposible de compartir el amor cuando uno se convierte en su propio enemigo, siendo la pareja un campo de batalla, donde lo erótico y lo grotesco se confunden haciendo que amar se convierta en destruccion y separarse se vuelva un monstruo. Żuławski no busca explicar, sino exorcizar, dejando que las emociones más puras como el amor, la fe y la locura se mezclen hasta volverse indistinguibles.
No hay redención ni alivio. Solo la certeza de que algunas relaciones, como los demonios, nunca terminan de irse. Este largometraje es más que una película de terror: es una crisis filmada, un grito reprimido que estalla en imágenes hasta volverse un descenso a lo más oscuro del alma humana, donde el amor se pudre, la cordura se quiebra y lo divino se disfraza de monstruo.
Recordándonos que no hay criatura más aterradora que aquella que nace del dolor de amar demasiado.
POSESIÓN (POSSESSION)
9.6/10
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