Violencia en Saltillo, una herencia para la mujer

En 2021, 41.8 % de las mujeres de 15 años y más manifestó haber vivido alguna 
situación de violencia en su infancia
En 2021, 41.8 % de las mujeres de 15 años y más manifestó haber vivido alguna situación de violencia / Foto: ninocare

El 1 febrero de 2007 promulgaron primera vez en México la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia

En la época primitiva y en las sociedades precolombinas, la mujer cumplía un papel crucial en los clanes, encargándose de administrar y salvaguardar la supervivencia de todos. En las culturas orientales y del Medio Oriente, recaía sobre ellas la importante responsabilidad de la educación, diferente de simplemente cuidar.

Sin embargo, a medida que las sociedades se organizaron de manera más «civilizada», el papel de la mujer se degradó. Se le impuso un rol inferior al del hombre. Los estándares sociales obligaron a que el género femenino llevara una carga que la despojaba de su calidad como ser humano, convirtiéndola en una especie de esclava, un ser débil, un simple objeto. La mujer fue colocada en una posición tan baja que maltratarla se volvió algo común, normal y cotidiano. Aunque la lucha para erradicar la violencia es cada vez más notoria, incluso con leyes que la prohíben, aún estamos lejos de lograr un verdadero cambio; sin embargo, esta situación no es nueva.

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Durante la guerra de la conquista en México, las mujeres, que en la época prehispánica ocupaban un lugar especial, fueron ultrajadas y maltratadas por los españoles. Fray Bartolomé de las Casas describe cómo los cristianos (es decir, españoles) empezaron «a tomar las mujeres e hijos… para servirse y usar mal de ellos». Aunque todos los indígenas fueron esclavizados, las mujeres llevaron la peor parte, siendo esclavizadas no solo para trabajos pesados y servidumbre, sino también como esclavas sexuales. Incluso Hernán Cortés, al llegar, recibió 20 esclavas «para su deleite», entre las que se encontraba La Malinche.

Además, durante el Virreinato, otro sector poblacional femenino se vio triplemente afectado: las afrodescendientes, quienes eran esclavas, mujeres y negras, tenían una triple desventaja. En esta época, la violencia a nivel familiar aumentó sin respetar jerarquías o razas. Ya no había solo amos violentos, sino también maridos violentos e incluso asesinos potenciales. Asesinos que eran perdonados por las autoridades porque la mujer debía someterse a su marido. Idea no solo sustentada por las autoridades civiles, sino también fuertemente apoyada por la Iglesia, que en ese entonces tenía el máximo mandato en estos asuntos.

MATRIMONIO INFELIZ, SOCIEDAD FELIZ

En Saltillo, en febrero de 1764, vemos el caso de Diego Maldonado, quien acudió a demandar a Simón de Cuéllar ya que se casó con su hija Isabel Maldonado. A siete años de casada, Maldonado declaró que no hubo momento en que su hija no fuera maltratada. Añadió que incluso era público y notorio que en varias ocasiones la había golpeado, maltratado y desnudado en su casa e incluso la había golpeado e insultado estando en público.

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Denuncia de Diego Maldonado contra Simón Cuellar / Foto: Archivo Municipal de Saltillo

Como este caso, hubo muchos más y notamos algo importante: la falta de validez de la palabra de una mujer. Es decir, aunque ella era la agraviada, era un hombre quien tenía que levantar la denuncia para hacerla efectiva, en este caso, su padre. ¿Por qué? No era una regla escrita, pero era más factible que la denuncia fuera mínimamente escuchada si la presentaba el padre de la mujer. Aun así, no existe una resolución a este caso. No sabemos si la demanda procedió y qué pasó con Isabel; sin embargo, este caso nos permite ver cómo la palabra de una mujer maltratada no tenía valor, incluso cuando el maltrato era evidente.

Otro caso similar se documentó en febrero de 1817. José Gervasio Rojo demandó a Agapito y Antonio Espinoza por maltrato a su hija Mariana Rojo. En su demanda, José narra todo lo que sucedió con su hija. Se enteró del maltrato que ella sufría después de que Agapito, hermano de Antonio y cuñado de Mariana, casi la asesinara estando borracho. Su padre cuenta que Agapito siempre la había odiado y que un día, mientras estaba ebrio, la apuñaló varias veces, casi arrebatándole la vida. Tras esto, descubrió que además Antonio golpeaba constantemente a Mariana dentro y fuera de su casa. Después de lo sucedido, los vecinos decidieron contarle a la madre de Mariana todo lo que su hija vivía al lado de Antonio, su esposo, situación que ocurría desde que contrajeron matrimonio.

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Denuncia de José Gervasio Rojo contra Agapito y Antonio Espinoza / Foto: Archivo Municipal de Saltillo

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Resulta que Antonio siempre golpeaba e insultaba a su mujer, y todos lo sabían. Mal aconsejado por Agapito, su hermano, siempre arremetía contra Mariana. Ella, por miedo, no le contaba a sus padres lo que sucedía. Además, cabe resaltar que en esa época estaba muy marcada la idea de que la mujer era propiedad y responsabilidad de su marido una vez que se casaba. Basta con recordar que casi se hacía un contrato no escrito en el que las mujeres eran objeto de compraventa.

La Iglesia enseñaba la «debida benevolencia» de la esposa hacia el marido; ella debía quedarse a su lado y obedecerlo, fuera cual fuera la circunstancia. Por lo tanto, «quejarse» de lo mal que le iba no estaba bien visto. Sin embargo, si era el papá quien llevaba esta demanda ante las autoridades, era más fácil denunciar, ya que, aunque protegía a su hija, también protegía su honor como cabeza de familia y, por lo tanto, su apellido.

MUJERES ENGAÑADAS, MUJERES CONDENADAS

En julio de 1819, Manuela Sánchez demandó a su marido Julián Grimaldo por maltrato e infidelidad. Ella declaró que no era la primera vez que levantaba una demanda por esa razón. La primera vez, detuvieron a su esposo durante ocho días y la mujer con la que lo encontraron, llamada María Antonia, fue detenida durante cuatro días. Después de esto, ambos quedaron libres y sin más castigo. Además, cuando lo dejaron en libertad, el alcalde le sentenció a Manuela que tenía un plazo de tres días para que hiciera su vida con su marido, por lo que se vio obligada a quedarse.

Denuncia de Manuela Sánchez contra su esposo / Foto: Archivo Municipal de Saltillo

Manuela siguió casada con Julián, quien la engañó constantemente con una mujer llamada «Chepita»; sin embargo, cuando ella lo enfrentaba por sus constantes infidelidades, él le respondía maltratándola e insultándola. Tenían, además, dos hijos, por lo que ella trabajaba para mantenerlos, pero Julián le quitaba el dinero a golpes e insultos para emborracharse. Ella decidió demandarlo porque, después de la última golpiza, casi pierde la vida.

Lo que Manuela pedía era el divorcio, algo inconcebible para esa época. ¿Cómo una mujer iba a separarse de su marido y hacer su vida sola con sus hijos? En su denuncia, ella declara que cuando se casó pensó que sería feliz, pero desde que contrajo nupcias con Julián, su vida había sido infeliz y amarga. Ella lo demandaba porque quería tener una vida feliz y sin maltratos. No hay una resolución a esta demanda, y no podemos saber si Manuela pudo al menos vivir, ya no se diga feliz y sin maltratos o infidelidades.

«SEGURO ALGO HIZO MAL»

Aunque hubo más casos de violencia contra las mujeres durante los siglos XVI y XVII, tomamos estos tres en especial porque tienen una causa común: era público y bien sabido que eran maltratadas, todos sabían, pero nadie hacía nada. ¿Por qué no lo hacían? Porque eran problemas de «marido y mujer» en los que no podían entrometerse, pero también porque si ellas eran maltratadas era porque «seguro lo merecían». ¿Una frase muy conocida, no? En la actualidad, cuántas veces no hemos escuchado esta justificación ante las miles de mujeres que sufren violencia diariamente y que son culpadas por algo que hizo su agresor.

Esta normalización de la violencia ha sido incluso llevada a las artes plásticas. Por ejemplo, Frida Kahlo, en 1935, pintó un cuadro llamado «Unos cuantos piquetitos». En este, retrató la minimización de los asesinatos contra las mujeres. Se inspiró en una noticia que se viralizó en ese entonces de un hombre ebrio que apuñaló a su novia 20 veces, por lo que ella murió. Al ser cuestionado y en su defensa, este mencionó solo haberle dado «unos cuantos piquetitos».

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Unos cuantos piquetitos, Frida Khalo / Imagen: Museo Dolores Olmedo, Ciudad de México

DELITO VIEJO, TÉRMINO MODERNO

El feminicidio siempre ha existido, aunque este se tipificó como delito hasta 2009 gracias a una resolución de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Con esta, condenaban a México por la violación de los derechos humanos de tres mujeres encontradas sin vida y con rasgos de tortura sexual en un predio de Ciudad Juárez, Chihuahua. El feminicidio es la manifestación brutal de la violencia hacia las mujeres, ya que implica su asesinato por el simple hecho de ser mujer.

Este delito se ha rodeado de un entorno de misoginia institucional y social. Mismo que culpa a las víctimas y crea un ambiente de impunidad ante la violación de sus derechos humanos.

En México, las mujeres y las niñas sufren violencia desde temprana edad, afectando su salud y bienestar a largo plazo. Esta situación genera ciclos complejos de tolerancia y reproducción de la violencia. Aunque la magnitud de la violencia contra mujeres adultas se reconoce, es crucial entender las experiencias de violencia de niñas y adolescentes.

Sin embargo, aún falta mucho por hacer para recopilar datos sistemáticos sobre la violencia que enfrentan estas jóvenes. Los registros administrativos y las bases de datos, como las del INEGI, capturan solo casos denunciados o que requieren atención, reflejando situaciones de mayor gravedad. Estos registros ofrecen solo una imagen parcial de la violencia, ya que no incluyen todas las situaciones que no son denunciadas.

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Los datos de 2023 muestran una impactante disparidad entre las niñas y adolescentes mujeres y los niños y adolescentes varones. Se registraron 59 mil 141 delitos contra niñas y adolescentes mujeres, con una tasa de 305.6 delitos por cada 100 mil. Mientras que, para los hombres, la tasa fue de 150.8 delitos por cada 100 mil. En cuanto a los delitos que atentan contra la vida y la integridad corporal, así como en los delitos sexuales, hubo una incidencia mayor en las mujeres de 0 a 17 años.

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Los delitos que atentan contra la familia, entendida como violencia familiar, durante el 2023 fue el más frecuente en mujeres de 0 a 17 años. Este tipo de violencia ocurre aproximadamente el doble de veces en niñas que en niños e incrementa conforme las mujeres crecen, mientras que en los hombres disminuye.

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No se trata de querer decir «a nosotras nos matan más» o «nos maltratan más», se trata de hacer visible que existe una tradición milenaria de violentar a la mujer y normalizar esta violencia. Se trata de querer cumplir esta utopía en la que la ley permita a las mujeres tener una vida libre de violencia, tal y como debiera tenerla cualquier ser humano.

Kofi Annan, ex Secretario General de la ONU, mencionaba que «la violencia con base en el género es quizás la más vergonzosa violación a los derechos humanos. En la medida en que ella continúe, no podemos decir que estamos realizando un real progreso…«. Decimos estar en una sociedad civilizada, pero mientras la violencia siga haciendo de la mujer un ser sin derechos y sin valor alguno, deberíamos preguntarnos

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