

Cuando comenzaron las sospechas sobre si mi hijo tiene TDAH, me hice mil preguntas. Una de las principales fue: «¿La comida puede ayudarle a tranquilizarse?» Durante el camino de la maternidad, he descubierto que la alimentación no es solo algo que satisface una necesidad, sino que tiene un impacto directo en la energía, la concentración y el estado de ánimo de mi hijo.
Sin embargo, como muchos niños con TDAH, es algo “especial” con los alimentos, esto hace que, a veces, la hora de la comida sea un poco más difícil. Hay días en los que sólo quiere comer lo mismo una y otra vez, y otros en los que rechaza cualquier alimento, aunque lo hubiera comido 2 días atrás.
Algunos estudios explican que ciertos alimentos afectan la función cerebral y la regulación emocional, aunque, la verdad, es que no es necesario leer ningún artículo para darse cuenta que si mi hijo desayuna cereales azucarados o come dulces en exceso, parece tener un extra de energía imposible de contener, además, de mostrarse más irritable de lo normal. En cambio, cuando se alimenta de una forma más equilibrada, todo fluye mejor.
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Pero lo más difícil de esto, es encontrar un balance, puesto que los niños con TDAH tienen un riesgo mayor de desarrollar algún trastorno alimenticio. Esto, debido a que su ansiedad y la dificultad para regularse, los mantienen dentro de patrones irregulares en cuanto a la cantidad y la calidad de su alimentación. Además, su impulsividad, hace que consuman alimentos en gran medida sin darse cuenta realmente de la cantidad de veces que han comido durante el día, o de si realmente se encuentran satisfechos.
A pesar de todas las complicaciones que pueden presentarse al buscar alimentar a un niño con TDAH, existen algunos “trucos” que pueden ayudarnos a mantener las cosas de la forma más estable posible, por ejemplo; tener horarios fijos evita que pasen largos períodos sin comer y luego coman en exceso, también olvidar el uso de la comida como un castigo o recompensa, hacerles preguntas para que se cuestionen si en verdad tienen hambre o están comiendo por aburrimiento, esto ayudará a que reconozcan sus propias señales de saciedad.
Algo que parece obvio, pero no lo suficiente, es ofrecer opciones dentro de lo saludable, por ejemplo, a la hora de preguntar qué quieren comer, puedes ofrecer 2 opciones que se encuentren dentro de lo aceptable, para que sientan autonomía al elegir lo que les hace bien. Esto no significa que nunca deban comer algún dulce, si tiene algún antojo se les puede dar, sin caer en el exceso y conscientes, de que el resto de su alimentación deber se lo más saludable posible.
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Evitar hacer comentarios sobre su peso, logrará que no se sientan inseguros consigo mismos, y enseñarles que la comida no se usa para calmar emociones. Si come por ansiedad, hay que mostrarle otras formas para regular sus emociones, como salir a caminar, o escuchar música.
Nada de esto es fácil ni inmediato. Hemos tenido días en los que todo sale bien y otros en los que la comida «perfecta» no evita el caos, al contrario, lo maximiza. Pero lo que sí he aprendido es que, pequeños cambios suman y que, como mamá, lo mejor que puedo hacer es seguir aprendiendo y ajustando sobre la marcha.
Al final, no se trata de ser estrictos o de buscar la perfección, sino de encontrar un balance que nos funcione a cada familia. Comer bien no resuelve todo, pero definitivamente ayuda, y si con eso podemos tener días un poquito más tranquilos, vale la pena intentarlo.
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