
Observar tus murales, sentarme en las islas, me hace pensar en las mujeres y hombres ilustres que, al igual que yo, caminaron por tus pasillos y grabaron sus sueños en tus aulas. En el aniversario del decreto que te dio vida moderna, un sentimiento de pertenencia recorre la piel de quienes portamos el azul y el oro en el espíritu. No es solo la celebración de una institución educativa; es el recordatorio de un proyecto de nación que, a pesar de las tormentas políticas del siglo pasado, se mantiene como el faro intelectual de México.

Se cumplen años de aquel día en 1910 en que el Congreso de la Unión expidió el decreto que fundó la Universidad Nacional de México. Para entender la magnitud de este hecho, debemos despojarnos de la prisa del presente y mirar hacia las raíces profundas que sostienen este árbol monumental.
DEL MODELO COLONIAL A LA FRAGMENTACIÓN DECIMONÓNICA
La historia de la universidad en México no comenzó en 1910, sino siglos atrás, bajo el estandarte de la Real Universidad de México, fundada por cédula real de Carlos V en 1551. Aquella institución, que más tarde ostentaría el título de Real y Pontificia, fue durante casi trescientos años el centro de la burocracia civil y eclesiástica del Imperio español. Su estructura estaba regida por la escolástica y el derecho canónico, operando bajo un modelo corporativo donde el conocimiento estaba supeditado a la fe.
Con la independencia, la universidad sufrió los embates de un México que intentaba definirse a sí mismo. Los liberales del siglo XIX, encabezados por figuras como Valentín Gómez Farías, veían en la corporación universitaria un reducto de privilegios conservadores y un obstáculo para la libertad de enseñanza. Esto derivó en un ciclo casi esquizofrénico de clausuras y reaperturas: cerrada en 1833, reabierta en 1834; clausurada por Comonfort en 1856 y finalmente disuelta por el emperador Maximiliano de Habsburgo en 1865.
Durante décadas, la educación superior en México quedó desarticulada. Subsistieron escuelas profesionales aisladas —Medicina, Jurisprudencia, Ingeniería— bajo la tutela directa del Estado, pero sin un cuerpo unificado que las cohesionara. Hacía falta un arquitecto social que entendiera que la ciencia y la cultura debían «mexicanizarse».
EL DECRETO DE 1910: JUSTO SIERRA Y LA MODERNIDAD LAICA
El 26 de mayo de 1910, bajo el mandato de Porfirio Díaz, se expidió el decreto de la Ley Constitutiva de la Universidad Nacional de México. El gran artífice fue Justo Sierra Méndez, quien desde 1881 había insistido en el restablecimiento de una universidad nacional. Sierra, un positivista convencido del poder de la educación, tuvo que realizar un arduo cabildeo político para convencer a los legisladores de que una universidad no significaba volver al oscurantismo colonial, sino avanzar hacia el progreso científico.
¿Qué implicaba este decreto? En esencia, la unificación de las escuelas de educación superior de la capital en una sola institución laica y pública. La nueva Universidad Nacional de México integró a la Escuela Nacional Preparatoria y a las escuelas de Bellas Artes, Jurisprudencia, Ingeniería, Medicina y la recién creada Escuela Nacional de Altos Estudios, destinada a la investigación.
Aunque el decreto fue expedido en mayo, la inauguración formal ocurrió el 22 de septiembre de 1910, en el marco de los festejos del Centenario de la Independencia. En su discurso, Sierra imaginó a la universidad como un grupo de estudiantes de todas las edades formando una personalidad real a través de la solidaridad. Sin embargo, esta universidad nació bajo la estricta vigilancia del Poder Ejecutivo; el rector era nombrado por el presidente y la autonomía era aún un sueño lejano.
1929: EL GRITO DE LIBERTAD Y EL NACIMIENTO DE LA UNAM
La historia de nuestra casa no se entiende sin la lucha por su autonomía. Fue en mayo de 1929 cuando estalló una huelga estudiantil que, aunque inició por inconformidades administrativas en la Facultad de Derecho, pronto se transformó en una exigencia de independencia política y administrativa.
El presidente Emilio Portes Gil, tras semanas de tensiones y manifestaciones multitudinarias, comprendió que la universidad necesitaba autogobernarse para florecer. El 10 de julio de 1929 se promulgó la Ley Orgánica que otorgó la autonomía, y el 26 de julio entró en vigor, convirtiéndonos finalmente en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Este camino hacia la autonomía no fue lineal. Pasamos por la «autonomía limitada» de 1929, el periodo de desvinculación financiera de 1933 —donde el Estado intentó dejarnos a nuestra suerte—, hasta llegar a la Ley Orgánica de 1945 bajo el mandato de Manuel Ávila Camacho. Esta última ley, redactada por universitarios, estableció la Junta de Gobierno y consolidó el equilibrio que hoy permite a la UNAM ser un organismo descentralizado con plena capacidad jurídica y libertad de cátedra.
UN CAMPUS QUE ES POESÍA EN PIEDRA
Caminar hoy por la Ciudad Universitaria es recorrer un museo vivo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2007. La mudanza de las facultades del Centro Histórico al Pedregal de San Ángel en la década de 1950 fue una obra maestra de urbanismo coordinada por Mario Pani y Enrique del Moral.
La Biblioteca Central se erige como el símbolo visual más potente. Sus muros, cubiertos por el mural de Juan O’Gorman, son un códice monumental de la historia de México. Cada fachada narra una etapa: el pasado prehispánico en el norte, la herencia colonial en el sur, la modernidad y el átomo en el oriente, y la esencia de la universidad en el poniente. Ver sus millones de mosaicos de piedras naturales brillando bajo el sol de la tarde es una experiencia que nunca deja de conmover.
A unos pasos, la Torre de Rectoría resguarda el pulso administrativo con los relieves tridimensionales de David Alfaro Siqueiros, que claman por «el derecho a la cultura» y recuerdan que la universidad debe estar al servicio del pueblo. Y, por supuesto, están «Las Islas». Ese nombre que la voz popular le dio a la explanada central por sus montículos de roca volcánica, y que ha sido testigo de festivales científicos y de los mítines políticos más vibrantes de nuestra historia.
SÍMBOLOS QUE NOS UNEN: EL PUMA, EL GOYA Y EL ESPÍRITU
Si algo define el orgullo universitario son sus símbolos. El lema «Por mi raza hablará el espíritu», propuesto por José Vasconcelos en 1921, resume la convicción de que el mestizaje iberoamericano —la raza cósmica— crearía una cultura espiritual y libre. El escudo, con el águila y el cóndor abrazando el mapa de América Latina, refuerza esa identidad de hermandad continental.
¿Y quién no ha sentido un escalofrío al entonar el Goya? El origen de esta porra es curiosamente cotidiano. Luis Rodríguez «Palillo», un carismático estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria en los años 40, solía organizar grupos para irse de «pinta» a los cines cercanos al Centro Histórico. El cine favorito era el Goya, en la calle del Carmen, y el grito era la señal de escape. Al añadirle el «Cachún, cachún, ra, ra» —término de la época para el galanteo— nació el grito de guerra que hoy resuena en cada rincón del campus.
La mascota, el Puma, fue bautizada así por el entrenador de fútbol americano Roberto «Tapatío» Méndez, quien veía en sus jugadores la agilidad y ferocidad de este felino. Desde entonces, ejemplares reales como Miztli o Iyari han representado la garra y la inteligencia de nuestra comunidad.
EL LEGADO DE LAS MENTES BRILLANTES
La UNAM no solo ha formado profesionales; ha moldeado el pensamiento global. Es la casa de nuestros tres premios Nobel: Mario Molina, cuyos estudios químicos salvaron la capa de ozono; Octavio Paz, el poeta que descifró el laberinto de nuestra soledad; y Alfonso García Robles, el diplomático que impulsó la paz y el desarme nuclear en América Latina.
Pero también es la casa de las pioneras. De Matilde Montoya, la primera médica titulada en México que rompió las barreras de género a finales del siglo XIX; de Helia Bravo Hollis, la gran botánica de nuestras cactáceas; y de Alejandra Jáidar, la primera física del país. Es el espacio donde Annie Pardo formó conciencia y ciencia por más de medio siglo, y donde Julieta Fierro nos enseñó a mirar las estrellas con asombro.
POR NUESTRA RAZA
A medida que se acerca la fecha del aniversario del decreto, nos damos cuenta de que la UNAM es un organismo vivo que se reinventa. No es una institución estática que vive de sus glorias pasadas, sino un refugio de libertades donde todas las ideas tienen cabida. Es el lugar donde aprendimos que el conocimiento no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para transformar la realidad social de México.
Hoy, al cruzar el campus y sentir el viento del Pedregal, refrendamos ese compromiso. Porque ser UNAM es llevar un sello indeleble de responsabilidad y orgullo. Es saber que, a pesar de los desafíos, siempre habrá un espíritu que hable por nuestra raza.
¡Goya! ¡Goya!
¡Cachún, cachún, ra, ra!
¡Cachún, cachún, ra, ra!
¡Goya!
¡¡UNIVERSIDAD!!
Nota para fotografías: las que no tienen nombre son mías.
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