

Machelly Flores Reyna
La política exterior de Estados Unidos no puede comprenderse únicamente como el resultado de decisiones coyunturales ni como una serie de errores estratégicos aislados. Su lógica más profunda se encuentra en la convergencia histórica entre el Destino Manifiesto, un capitalismo expansivo y una estructura institucional incapaz de imponer límites efectivos a la proyección de poder hacia el exterior. Desde el siglo XIX, la expansión territorial y la intervención en otros países han sido presentadas como expresiones naturales de una misión histórica, moral y civilizatoria que otorgó legitimidad política a la violencia y a la injerencia más allá de las fronteras nacionales.
Como plantea Geoffrey Perret (1989), la construcción del poder estadounidense estuvo estrechamente vinculada a la normalización de la guerra como mecanismo de cohesión interna. La experiencia bélica no fue un fenómeno excepcional, sino un elemento constitutivo del orden político y económico del país. La expansión territorial, las guerras de consolidación nacional y, posteriormente, la proyección militar global, funcionaron como dispositivos capaces de canalizar tensiones internas y reforzar consensos en torno a una identidad nacional basada en la fuerza y la supremacía. Esta lógica permitió que la violencia ejercida fuera del territorio estadounidense se percibiera no como un problema, sino como una extensión legítima del orden interno. Algo incluso, vocacional.
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Esta matriz expansiva se articuló muy temprano con el desarrollo del capitalismo estadounidense. Walter LaFeber (1983) muestra con claridad que las intervenciones en América Latina y otras regiones del mundo no respondieron principalmente a amenazas externas reales, sino a la necesidad estructural de proteger mercados, inversiones y posiciones estratégicas. El discurso anticomunista, que adquirió centralidad durante la Guerra Fría, funcionó como una cobertura ideológica eficaz para justificar acciones destinadas a preservar un orden económico profundamente desigual. En este sentido, la política exterior operó menos como un instrumento de seguridad internacional y más como una herramienta de gestión de las contradicciones internas del capitalismo estadounidense.
El Destino Manifiesto proporcionó el andamiaje simbólico que permitió articular expansión territorial, capitalismo y violencia política bajo una narrativa de inevitabilidad histórica. Esta idea, atravesada por supuestos raciales y religiosos, construyó una jerarquía moral entre pueblos y naciones, en la cual Estados Unidos se atribuía el derecho —y el deber— de intervenir allí donde considerara que el orden político local no se ajustaba a sus intereses o valores. Lejos de desaparecer con el fin de la expansión continental, esta lógica se reconfiguró y se proyectó hacia el ámbito internacional, especialmente durante el siglo XX.
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La narrativa civilizatoria blanca, cristiana y racializada, no solo legitimó la intervención, sino que delimitó los marcos dentro de los cuales otros países fueron concebidos como espacios políticamente disponibles. Afganistán constituye un ejemplo elocuente de este proceso. Tal como documentan Paul Fitzgerald y Elizabeth Gould (2009), el país fue tratado reiteradamente como un escenario abstracto, reducido a un problema ideológico dentro de disputas geopolíticas más amplias. Las complejidades sociales, culturales e históricas del territorio fueron sistemáticamente ignoradas, lo que condujo a decisiones políticas mal informadas y a una prolongada espiral de violencia. Afganistán no fue comprendido como una sociedad concreta, sino como un tablero sobre el cual proyectar obsesiones estratégicas e ideológicas originadas fuera de la región.
Un patrón similar puede observarse en América Latina, particularmente en el golpe de Estado de 1954 en Guatemala. Los trabajos de Stephen Schlesinger y Stephen Kinzer (2005), así como el análisis de Richard H. Immerman (1982), evidencian que el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz respondió menos a una amenaza comunista real que a la defensa de intereses corporativos estadounidenses, en especial los de la United Fruit Company. La reforma agraria impulsada por Árbenz fue interpretada como una afrenta intolerable al orden económico regional, y no como un proceso legítimo dentro de un sistema democrático. La intervención estadounidense, lejos de proteger la democracia, contribuyó a su desmantelamiento y abrió un ciclo prolongado de violencia política.
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Estos casos no constituyen anomalías dentro de la política exterior estadounidense, sino expresiones coherentes de una lógica estructural. La recurrencia de intervenciones mal informadas, autoritarias y profundamente desestabilizadoras pone en cuestión la narrativa que las presenta como respuestas excepcionales a circunstancias extremas. Más bien, revelan la persistencia de una forma de ejercer el poder internacional que combina intereses económicos, prejuicios culturales y una notable indiferencia hacia las consecuencias sociales y políticas en los países intervenidos.
Un elemento central para comprender esta dinámica es la debilidad de los mecanismos de control institucional dentro de Estados Unidos. La falta de restricciones efectivas por parte del Congreso y el Senado ha permitido que las decisiones fundamentales de política exterior se concentren en el poder ejecutivo y en los aparatos de seguridad. Absorbidos por disputas electorales, agendas domésticas y la atención a intereses locales, los órganos legislativos han renunciado en gran medida a ejercer una supervisión sustantiva sobre las intervenciones internacionales. Esta ausencia de rendición de cuentas ha generado un amplio margen de maniobra para que sectores conservadores y ultraconservadores impulsen agendas intervencionistas con escasa oposición interna.
Las consecuencias de esta dinámica han sido particularmente graves para las democracias frágiles del sur global. Scott Mainwaring y Aníbal Pérez-Liñán (2013) muestran cómo las intervenciones externas han afectado de manera decisiva la emergencia, supervivencia y caída de regímenes democráticos en América Latina. Lejos de fortalecer instituciones políticas, la injerencia estadounidense ha tendido a favorecer salidas autoritarias, a debilitar actores democráticos y a profundizar conflictos internos. La asimetría entre quienes toman las decisiones y quienes padecen sus efectos evidencia una profunda desigualdad en la distribución de costos y responsabilidades a nivel internacional.
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Desde esta perspectiva, las intervenciones estadounidenses no pueden ser entendidas únicamente como fallas de diagnóstico o problemas de implementación. El capitalismo estadounidense, atravesado por profundas desigualdades, racismo estructural y una cultura política polarizada, encuentra en la política exterior un espacio donde operar con menor resistencia institucional. La violencia que no puede desplegarse abiertamente dentro de las fronteras nacionales se desplaza hacia otros territorios, donde las consecuencias políticas y humanas resultan políticamente menos costosas.
La historia es clara: Estados Unidos nunca intervino para estabilizar, democratizar o liberar. Intervino para expandirse. Cada guerra, cada golpe, cada ocupación ha seguido la misma lógica, aunque cambien los discursos y los enemigos. Lo que se presenta como liderazgo global es, en realidad, la proyección sistemática de un desorden interno no resuelto. Así, la intervención no es el síntoma de una potencia segura de sí misma, sino la evidencia reiterada de un poder que sólo puede existir desbordándose, negando límites y produciendo ruinas más allá de sus fronteras.
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Referencias
Fitzgerald, P., & Gould, E. (2009). Invisible history: Afghanistan’s untold story. City Lights Books.
Immerman, R. H. (1982). The CIA in Guatemala: The foreign policy of intervention. University of Texas Press.
LaFeber, W. (1983). Inevitable revolutions: The United States in Central America. W. W. Norton & Company.
Mainwaring, S., & Pérez-Liñán, A. (2013). Democracies and dictatorships in Latin America: Emergence, survival, and fall. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9781139011073
Perret, G. (1989). A country made by war: From the Revolution to Vietnam—the story of America’s rise to power. Random House.
Schlesinger, S. C., & Kinzer, S. (2005). Bitter fruit: The story of the American coup in Guatemala (2nd ed.). Harvard University, David Rockefeller Center for Latin American Studies.

