

Jesús Díaz
La licencia del excantante de Garibaldi para ingresar a un reality show expone a Morena, que repite la vieja práctica del PRI de anteponer la fama al deber público, ante lo que es prioritario alzar la voz
La noticia parecía una mala broma, si no fuera porque era real: el diputado Sergio Mayer Bretón, exintegrante del grupo Garibaldi y estrella de telenovelas, solicitó “licencia por tiempo indefinido” a su curul en la Cámara de Diputados para entrar a la sexta temporada de La Casa de los Famosos.
La licencia fue aprobada unánimemente en votación económica, legalizando la salida de Mayer “a partir de este martes 17 de febrero”. Así, cambió el austero recinto de San Lázaro y sus letras doradas en el Muro de Honor de los héroes de la Patria por el colorido set televisivo, donde apareció apenas horas después, vestido de negro y con lentes oscuros, diciendo: “Vinimos a hacer un infierno”.
El político de Morena, tantas veces ligado a un ala supuestamente progresista de un gobierno también supuestamente de izquierdas, dejó atrás el poco ruido que ha hecho en el Congreso para sumergirse en lo que mejor sabe hacer: la tribuna del espectáculo.
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Todavía estábamos incrédulos cuando el coordinador de la bancada de su partido, Ricardo Monreal, se apresuró a argumentar que la acción de Mayer era completamente legal. Recordó que cualquier diputado tiene “derecho a pedir licencia por asuntos personales” y que la ley no exige explicar esos motivos.
Y sí, pedir licencia para entrar voluntariamente a un reality show no es ilegal, pero sí dice mucho de nuestros representantes. Primero, debemos preguntarnos si el diputado Mayer no siente reparo en que, en un país con tantas necesidades y urgencias, un representante público opte, en cambio, por la pantalla chica, donde, quizás, habita su mejor audiencia.
El contraste entre la legislatura y un set de Telemundo es una poderosa metáfora de nuestros tiempos: la era de la posverdad (en la que las verdades son “relativas”); la del líder del reality show The Apprentice, Donald Trump, dirigiendo un país; o la de un actor, Volodymyr Zelenski, conduciendo una guerra. Siendo así, ¿debemos normalizar lo ocurrido con Mayer?
FICHAR FAMOSOS, DEL PRI A MORENA
Reclutar famosos de la cultura y el entretenimiento, y hoy del mundo de los influencers, es algo que no debe normalizarse. Sobre todo cuando era algo que Morena suponía erradicar del viejo priismo.
En el PRI de antaño, la más recordada fue Carmen Salinas, veterana estrella de cine y televisión que en 2015 asumió una curul como diputada federal por el PRI. “Doña Carmelita”, con su acento chilango y su voz de señora relajada, no hizo nada por México sino representar al poder por puro tema electoral. De igual manera, se recuerda a Irma Serrano, “La Tigresa”, famosa exvedette que sirvió en el Senado de 1994 a 2000 como gala del PRI.
¿Cómo entender que un partido que prometió regeneración y “primero los pobres” repita la vieja táctica de coleccionar famosos que, en realidad, no representan nada para el bienestar nacional? Quizá porque un rostro conocido genera puntos en encuestas y, previsiblemente, likes en redes sociales, que la sobriedad intelectual no otorga fácilmente. Pero ¿es necesario?
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Un diputado que llega a su escaño por haber sido actor o cantante, y que encara sus responsabilidades con la misma ligereza que lo hace Mayer, daña la propia idea de representación. Esto es un hecho, no una opinión. Registros oficiales muestran que Sergio Mayer ha presentado cinco iniciativas en esta legislatura. Ninguna aprobada hasta ahora: tres permanecen detenidas en comisiones, una fue desechada y otra retirada.
A ello se suma una participación limitada en el trabajo parlamentario. En el actual periodo ordinario asistió apenas a nueve. Sí nueve, sesiones del pleno y acumuló ausencias equivalentes al 12.8 % de las votaciones, lo que confirma una participación marginal.
Y mientras dicha celebridad “acepta irse de Morena” al set, los asuntos reales quedan en segundo o tercer plano. Como la reforma electoral que redefinirá el funcionamiento del INE, la regulación de la propaganda política y la forma de elegir a los diputados plurinominales. Así como la ley que busca prohibir el nepotismo en cargos públicos. Por eso la crítica estructural que debemos hacer es que los partidos que prometen cambio no pueden ceder en su tarea de formar políticos preparados, no estrellas de telenovela.
La pregunta es: ¿puede una democracia restablecerse cuando los partidos eligen a famosos en lugar de hacer política? En el caso Mayer queda claro que Morena ha decidido apostar por la segunda opción. El experimento de ese partido, igual que el PRI en otras décadas, consiste en ver cuántos diputados pueden “rentar” a modo desde la farándula.
EL VERDADERO AGENTE DE CAMBIO
Hay que distinguir, eso sí, entre una de las muchas autoridades culturales o intelectuales, o agentes de cambio que opinan desde su posición como celebridad, y un simple producto del star system. Esto es: hay personas cuya voz trasciende por su obra crítica o sus aportaciones al pensamiento público desde el entretenimiento y la cultura. Existe la figura popular con densidad social: personajes surgidos de la cultura popular que, sin ser filósofos ni políticos de carrera, han contribuido a causas éticas genuinas.
Podemos pensar en Carlos Monsiváis, quien, sin dejar de ser un intelectual, hizo de la cultura popular, desde las luchas sociales hasta el rock mexicano, materia de su obra crítica. En cineastas como Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón, que al menos defienden una bandera político social en sus obras. Son líderes populares que no ocupan cargos políticos, pero cuya influencia trasciende por su voz social, y cuya legitimidad se asienta en una conexión ética con la gente, no en apariciones sensacionalistas en los medios.
Visto así, claro que la industria del espectáculo de masas puede ser un contrapeso frente a esta maquinaria mediática que construye celebridades y con frecuencia produce notoriedad basada solo en el “conocer el rostro”, sin contenidos.
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Este star system televisivo y digital, tan vigente en nuestros días, genera figuras carismáticas, o escandalosas, de escasa profundidad política. Pensemos bien lo que ocurre cuando los partidos políticos acuden a esta industria: toman figuras que, por definición, saben manejar su imagen ante cámaras, pero no necesariamente un presupuesto público o una ley compleja.
Ese deslinde conceptual es clave: que un ciudadano reconozca a una celebridad no la transforma mágicamente en un líder responsable o preparado. Y si los medios, incluyendo las redes sociales, empujan a confundir notoriedad con legitimidad, la democracia pierde cada vez más.
No se trata de ver mal la visibilidad. Claro que estar presente importa. Pero la simple exposición mediática no puede sustituir el debate de ideas. Ya tuvimos, valga decirlo, un presidente de telenovela con Enrique Peña Nieto; ¿seguiremos tolerando esto? ¿No aprendimos? ¿Qué debemos hacer como sociedad?
La experiencia mexicana reciente abunda en ejemplos de este “político casting”: celebridades recicladas en candidaturas que ven sus cargos como continuación de su carrera en el entretenimiento. Además de Mayer, está Cuauhtémoc Blanco, ídolo del fútbol convertido en gobernador de Morelos, cuya popularidad deportiva funcionó como capital político, pero no como garantía de capacidad pública.
Claro que hay excepciones. Aunque María Rojo es reconocida como actriz de la época dorada del cine nacional. Su labor parlamentaria fue la de una verdadera representante cultural: fue diputada entre 1997 y 2000, y senadora entre 2006 y 2012. La actriz se comprometió especialmente con la industria artística. Por ejemplo, en 1998, como presidenta de la Comisión de Cultura, presentó y defendió ante el pleno un proyecto de ley de cine respaldado por gran parte del gremio cinematográfico.
Logró sensibilizar a legisladores y medios para apoyar medidas a favor del cine nacional. Su autoridad provenía de un conocimiento íntimo del medio artístico y de una convicción pública, no de un mero rating personal. Su trayectoria ayuda a explicar, también, el terreno institucional sobre el que hoy se discute la nueva Ley de Cinematografía anunciada por la presidenta Claudia Sheinbaum hace apenas unos días.
NO SON LO MISMO MAYER, TRUMP Y REAGAN
El fenómeno detectado en México tiene, desde luego, réplica internacional, aunque con matices importantes. En Estados Unidos, Ronald Reagan y Arnold Schwarzenegger ejemplifican el caso de la celebridad que accedió al poder político.
Reagan fue actor de Hollywood antes de ser gobernador de California entre 1967 y 1975, y luego presidente de ese país entre 1981 y 1989. Schwarzenegger fue ícono del cine de acción y del fisicoculturismo antes de convertirse en gobernador de California entre 2003 y 2011. Sin embargo, ninguno intentó compatibilizar la continuidad de su faceta mediática con el ejercicio de su cargo.
Reagan, por ejemplo, abandonó los sets tras lanzar su carrera política y se esforzó por ser percibido como un estadista serio, aunque su carisma de actor influyó en su éxito. Schwarzenegger, tras ganar la elección de 2003 y la reelección de 2006, dejó atrás el cine para gobernar. Y durante su mandato propuso recortes presupuestarios y reformas civiles propias de un administrador público.
Lo que Reagan y Schwarzenegger heredaron de su fama fue la puerta de entrada, pero no el oficio. Una vez en el poder, tuvieron que desprenderse de sus personajes y dejar de actuar. Gobernar, a diferencia del espectáculo, no admite dobles ni repeticiones.
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Otro ejemplo es Volodymyr Zelenski, actor y comediante televisivo que, en 2019, fue elegido presidente de Ucrania. Su caso muestra que la notoriedad mediática puede usarse para bien en circunstancias extraordinarias.
En el escenario de la guerra contra Rusia, Zelenski ha buscado capitalizar su poderosa narrativa mediática, vistiendo uniforme militar en videos y pronunciando discursos de tono heroico. Aun así, muchos analistas subrayan que su legitimidad no depende solo de ese carisma televisivo inicial, sino de la gravedad de la situación que atraviesa su país.
Zelenski ilustra cómo esta clase de “showman” puede buscar su credibilidad en circunstancias que demandan sacrificio real. Él se apoya en el relato mediático, pero su actuación ahora es al frente de una nación en combate, no en un programa de entretenimiento. Muchos coinciden en que no le alcanza para gobernar.
Reagan y Schwarzenegger se retiraron del set para lograrlo y Zelenski dejó de lado el entretenimiento para encarnar una resistencia. ¿Y México?
Nada parece justificar a una figura como Mayer. Así pida licencia, resulta frágil la defensa de la “libertad personal” invocada por Monreal, en comparación con los ejemplos de figuras públicas que debieron asumir realidades duras tras la transición de roles y dejar atrás el espectáculo, no de manera temporal.
El saldo inmediato de esta política del espectáculo resquebraja la confianza en nuestra ya de por sí frágil clase política. Lo que debemos preguntarnos, como ciudadanos, es si observar a Mayer en su reality resulta tan entretenido como atender la urgencia de regulación en temas como la salud, la seguridad y el empleo.
Que el diputado prefiera un reality a su curul debe ser no solo un escándalo coyuntural, sino un síntoma de una crisis estructural en México. Morena, en ese rubro, como en tantos otros, deja mucho que desear en su promesa de deslindarse de nuestro pasado político.
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