

Jesús Díaz
Durante décadas, el cine ha reducido una región compleja a tiranos petroleros y fanáticos violentos; la sátira de Sacha Baron Cohen exagera esa caricatura
En 2012, fui invitado a un evento muy particular en Nueva York.
Algunos periodistas fuimos hospedados en el hotel Waldorf-Astoria, un lugar emblemático que parece detenido en el tiempo.
Inaugurado en los años 30, el edificio es un monumento al otrora lujo de Manhattan: techos altísimos, lámparas de araña, salones de mármol y una sensación grandilocuente que, vista hoy, por momentos raya en el mal gusto.
Durante décadas fue residencia temporal de presidentes estadounidenses, reyes europeos y estrellas de Hollywood. Así que caminar por esos pasillos implicaba jugar el juego de dejarse impresionar.
Con todo, no fui invitado a un evento diplomático, sino a la presentación de una película llamada en México El dictador, protagonizada por Sacha Baron Cohen.

Para entonces, Cohen ya era famoso por un tipo de humor incómodo que consistía en disfrazarse de personajes absurdos y lanzar provocaciones hasta que alguien perdiera la compostura. Jugaba con la gente fingiendo ser un personaje que encarnaba estereotipos, para luego exhibirlos.
Primero lo hizo con Borat, un falso periodista de Kazajistán que recorría Estados Unidos exponiendo racismo y prejuicios. Luego con Brüno, un presentador de moda austriaco que llevaba al límite la incomodidad del público frente a la diversidad sexual.
En El dictador, representaba a un supuesto líder autoritario del Medio Oriente justo en la forma en que Occidente suele imaginarlo.
Cohen interpretaba al almirante general Aladeen, tirano ficticio de un país llamado Wadiya, que bien podría ser el líder de algún país de la región, en una mezcla caricaturesca de varios regímenes reales.
El personaje era un dictador infantil, corrupto y muy ridículo a la vez: un ignorante algo loco que ejecutaba opositores con la misma ligereza con la que organizaba carreras de autos o concursos de belleza.
La película jugaba con todos los clichés posibles: petróleo, guardaespaldas armadas (en este caso mujeres), propaganda delirante y, claro, discursos contra la democracia.
La idea no era sólo burlarse de los dictadores de esa región, sino también de la obsesión de Estados Unidos por encasillar al Medio Oriente, especialmente desde el recuerdo del 11-S y la islamofobia que siguió.
Ya completamente metido en el papel de Aladeen, Sacha Baron Cohen entró tarde al Empire Room, uno de los salones principales, rodeado por edecanes vestidas como guardias militares y precedido por seguidores que agitaban pancartas con mensajes como “Digan no a la democracia”.
Todos comenzamos a reír.
—¿Quieres que me siente? ¿Quién es el maldito dictador aquí? —dijo a los organizadores.
—Bienvenidos, medios sionistas… ¡muerte a Occidente! —prosiguió—. Hoy quiero destacar la difícil situación de un grupo terriblemente amenazado: las inocentes víctimas de una tragedia humana global… los dictadores.
El comediante comenzó a justificarlos. Dijo que eran una especie en extinción cuyos “únicos crímenes” eran oprimir a su pueblo y cometer un pequeñísimo genocidio.
Luego empezó a llorar por sus caídos. Los enumeró como si fueran mártires de una causa incomprendida:
—Saddam, Kim Jong-il, Gadafi… y Oprah.
Y añadió:
—La democracia es lo peor. El voto de todos cuenta, no importa si eres negro, discapacitado o mujer.
Dijo que respaldaba al entonces candidato republicano Rick Santorum y “reveló” accidentalmente la muerte de Hugo Chávez.
Cuando una periodista le hizo una pregunta, le dijo que no podía entender que una mujer tuviera esos derechos. A otra le dijo que verla trabajar era como poner a un perro en patines. A una reportera bajita le preguntó si le habían cortado las piernas. Y a otra le ordenó que dejara de reírse.
Luego, a un reportero israelí le exigió demostrar que realmente era judío bajándose los pantalones.
También contó su vida. Su madre, dijo, murió en el parto por estrangulamiento, y su padre en un accidente de cacería tras recibir… 97 balas perdidas.
—Disfruten las prostitutas que trajimos… o los chicos, si lo prefieren, si son de Canadá. Y mientras escriban buenas reseñas, sus familias serán liberadas —remató.
LA CARICATURA DE ORIENTE
Todos nos fuimos riendo de aquel salón en el Waldorf-Astoria, pero también reflexionando.
El éxito del humor de Sacha Baron Cohen parte de saber que en Occidente sabemos muy poco del Medio Oriente y, al mismo tiempo, creemos entenderlo todo. La risa que provocaba su dictador funcionaba porque ya teníamos una imagen prefabricada en la cabeza de cómo luce un tirano de esa región.
¿De dónde viene esa imagen? Hollywood lleva más de un siglo construyéndola.
Jack Shaheen, en Reel Bad Arabs, documentó más de 900 películas y concluyó que la figura del árabe como villano es un motivo persistente desde los primeros años del cine: una maquinaria que ha deformado durante décadas la imagen de árabes y persas en la pantalla.
En sus primeras etapas, ese imaginario no estaba asociado al terrorismo, sino al exotismo. Todo Oriente aparecía como algo seductor, atrasado, misterioso, violento y disponible para las fantasías occidentales.

De las primeras cintas destaca The Sheik (1921), una referencia clave para Shaheen: desiertos, palacios, hombres dominantes, mujeres cautivas. Oriente como un lugar fascinante y bárbaro al mismo tiempo.
Ese molde sobrevivió durante décadas y alcanzó incluso al cine familiar.
Aladdín (1992) conserva buena parte de esa tradición del “Oriente fantástico”: mercados desbordados, sultanes caprichosos, criminales pintorescos, una ciudad árabe convertida en parque temático.
La película dialoga con una larga historia de estereotipos sobre Medio Oriente, aunque su versión más reciente haya intentado corregir algo de ese legado. De hecho, hoy en Disney+ aparece acompañada por un aviso que reconoce que ciertas representaciones responden a clichés culturales.
Pero el parteaguas vino antes. Tras el embargo petrolero árabe de 1973, el árabe dejó de ser sólo exótico para convertirse también en amenaza económica.
Hollywood comenzó a poblarse de jeques petroleros y millonarios del Golfo capaces de poner en jaque la estabilidad de Estados Unidos. Películas como Network (estrenada en México como Poder que mata) y Rollover (conocida aquí como Finanzamantes) reflejan esa ansiedad.

Después vino el estereotipo más persistente: el del palestino secuestrador o terrorista. Shaheen identificó decenas de producciones, entre 1949 y 2001, que retrataban a palestinos como fanáticos violentos, con ejemplos como The Delta Force y Executive Decision, ambas centradas en secuestros de avión.
Con Irán, el archivo tomó otro camino. El golpe de Estado de 1953 contra Mohammad Mossadegh, la Revolución Islámica de 1979 y la crisis de los rehenes en Teherán marcaron profundamente la percepción estadounidense del país.
Esa crisis mediática ayudó a fundir, en la imaginación pública, a Irán con los árabes y con el islam en general, borrando diferencias históricas, lingüísticas y culturales. Desde entonces, el iraní en pantalla aparece con frecuencia como fanático religioso, enemigo de Occidente o figura irracional.
Para muchos espectadores estadounidenses no importa que Irán sea persa y no árabe, o que sea chiita en un mundo mayoritariamente sunita.
Puede verse en películas como No sin mi hija y Argo, que consolidaron ese retrato. En ambos casos, Irán aparece como un espacio opresivo, hostil y amenazante.
Incluso cuando Argo intenta ofrecer más contexto, termina cayendo en la simplificación: la multitud iraní luce caótica y peligrosa, mientras Occidente aparece como la única racionalidad posible.
Shaheen destacó que, después del 11-S, la televisión estadounidense dejó de volver invisibles a árabes y musulmanes para hacerlos visibles sobre todo como dobles o clones de Bin Laden.
Un estudio de USC Annenberg sobre 200 películas populares halló que 90.5% no incluía ni un solo personaje musulmán con diálogo. Y que, cuando aparecían, a menudo eran retratados como foráneos, subordinados o amenazantes.
A eso se suma otro elemento importante: la relación entre Hollywood y el aparato militar estadounidense.
El propio Departamento de Defensa reconoce oficialmente que brinda apoyo a películas, programas de televisión y videojuegos. Investigaciones recientes hablan incluso de un “complejo Hollywood-Pentágono”, con miles de producciones hechas con apoyo militar.
No hace falta pensar en propaganda burda para entender el efecto: cuando el Estado participa en esas historias, también influye en quién aparece como héroe y quién como enemigo.
Por eso El dictador resultó tan interesante.
La sátira de Sacha Baron Cohen funcionaba porque exageraba prejuicios que el propio cine había ayudado a fijar durante décadas: petróleo, misoginia, amenazas nucleares, guardaespaldas armadas, discursos delirantes.
Esos estereotipos han hecho daño, coinciden varios investigadores, porque borran diferencias entre árabes, persas, musulmanes, iraníes, chiitas, sunitas, migrantes, disidentes, artistas, mujeres o civiles.
Y reducen sociedades complejas a un puñado de signos: turbantes, fanatismo, petróleo, misoginia, amenazas nucleares.
Si una región entera ha sido entrenada para verse sospechosa es más fácil justificar contra ella miedo, discriminación, invasiones, sanciones o indiferencia. Eso nos dice mucho en tiempos de guerra.
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