Brasil reza distinto: la fe, la CIA y la disputa por el jogo bonito

Tras la eliminación ante Noruega, una frase viral culpó a los evangélicos por la pérdida de identidad futbolística. Los datos abren una pregunta más incómoda sobre religión, injerencia y modelos importados en América Latina. 

Jesús Díaz

Cuando terminó el partido, varios jugadores brasileños no se movían.

Unos miraban al césped. Otros caminaban lento mientras Noruega celebraba al otro lado de la cancha. Neymar había marcado de penal en el tiempo añadido, pero el gol fue nada en un juego para el olvido. Brasil perdió 2-1 y quedó eliminado del Mundial en octavos de final, registrando su salida más temprana desde 1990.

Los noruegos se abrazaban. Erling Haaland, la gran figura de ese país y autor de dos goles, lució emocionado entre compañeros y fotógrafos. Del lado brasileño la prensa ya comenzaba un ritual cada vez más común, que consiste en buscar una explicación a lo que ha pasado.

La derrota de la verdeamarela puede explicarse desde varias situaciones ocurridas dentro del partido. Bruno Guimarães falló un penal. Brasil desperdició algunas ocasiones y entregó la posesión: el equipo dirigido por Carlo Ancelotti tuvo apenas 34% del balón, su registro más bajo en una Copa del Mundo desde que existen estas estadísticas.

¿Dónde quedó el jogo bonito de Brasil? Todos recordamos a un jugador brasileño de la infancia: ya pocos a Pelé, pero muchos a Romário, Rivaldo, Ronaldo, Kaká, Roberto Carlos o Ronaldinho. En esas épocas, Brasil no sólo ganaba, sino que producía un tipo ideal de futbolista: uno salido de la calle, capaz de mirar lo que otros no, lleno de regates, de insolencia…

En las horas siguientes al partido destacaron algunos errores obvios sobre la táctica, la falta de mediocampistas, el nivel de Neymar, los cambios del entrenador y una generación que volvió a quedarse lejos del título. Todo eso lleva a Brasil a acumular seis mundiales sin un título desde 2002, la espera más larga de su historia.

Luego vino una acusación un poco descabellada en redes sociales, que la culpa de la derrota de Brasil y la desaparición de su jogo bonito habría sido a causa de… las iglesias evangélicas.

Una cuenta llamada Institute for Hispano Studies publicó que el futbol brasileño encontró un dato que, en apariencia, no tiene relación, causalidad le llaman en estadística: Brasil era mejor cuando sus figuras bebían, salían de noche y vivían como católicos sólo de nombre.

Según esa idea, el avance protestante en ese país había vuelto a los jugadores un ente sin esencia: “Si rezamos como gringos, jugamos como gringos”. Fue The Times de los primeros medios internacionales que recogieron la polémica, añadiendo un dato que tornó más visible la discusión: en la actual selección brasileña, al menos 20 de 26 jugadores son cristianos evangélicos.

La idea suena descabellada porque ninguna doctrina religiosa en sí misma explica un penal mal cobrado o la decisión de entregar la pelota todo el partido. Además, la selección brasileña ya había tenido jugadores evangélicos antes, cuando todavía ganaba. Kaká hizo pública su fe durante sus mejores años, por ejemplo. Lúcio también. Taffarel y Jorginho fueron campeones del mundo en 1994.

Pero sí que es cierto que el futbolista de hoy es distinto al del pasado. Suele formarse en Europa, tiene entrenador personal, nutricionista, asesor de imagen y un equipo de redes sociales que ven millones. Ahora es más claro que su conducta afecta su carrera. Una noche de descontrol, como tantas que vimos en el pasado y se documentaron a inicios de los 2000, ya no queda en anécdota, sino que puede convertirse en video viral y castigo de marcas.

Eso, claro, tiene un paralelismo con el propósito de la fe evangélica, enfocada en ideas de familia, disciplina, gratitud, autocontrol. Y actitudes como la de Endrick, que después de fallar una ocasión agradeció a Dios por haberla tenido, causan sorpresa, como la del periodista brasileño Pedro Rosano, que criticó esa forma de procesar la culpa y dijo que esa forma de hablarse a sí mismo o a Dios ponía el fracaso dentro de un plan superior, reduciendo así la responsabilidad personal.

CAMBIO DEMOGRÁFICO Y RELIGIOSO

El Instituto Brasileño de Geografía y Estadística dice que en 2022, 56.7% de los brasileños mayores de diez años se declaraba católico. Eran alrededor de 100.2 millones de personas. Los evangélicos representaban 26.9%, poco más de una cuarta parte de la población. Otro 9.3% dijo no tener religión. Las religiones agrupadas como umbanda, candomblé y otras tradiciones afrobrasileñas reunían 1%.

Doce años antes, entre la misma población mayor de diez años, los católicos eran 65% y los evangélicos 21.7%. Es decir, en ese periodo el catolicismo perdió 8.3 puntos porcentuales y el mundo evangélico ganó 5.2. Un contraste radical con 1940, cuando 95% de la población se declaraba católica y apenas 2.6% era evangélica.

El país que ganó el Mundial de 1970 era todavía abrumadoramente católico. El de 1994 ya atravesaba una expansión pentecostal. En 2002, cuando Brasil levantó su quinta Copa, los evangélicos representaban alrededor de 15% de la población. Para el Mundial de 2026, la cifra oficial más reciente los colocaba cerca de 27%.

Si se mira a detalle, la mayoría de los seleccionados de 2026 nació durante los años noventa o en las primeras décadas del siglo XXI. Es decir, eran niños mientras las iglesias pentecostales y neopentecostales ya estaban instaladas en barrios, radio, televisión y vida cotidiana. Todos recordamos, por ejemplo, las iglesias evangélicas brasileñas en la televisión mexicana de inicios de siglo, las “Pare de sufrir”. Muchos de esos jugadores, de hecho, no atravesaron personalmente la conversión que transformó a sus padres o abuelos.

Lo que sí: no existe, como en el catolicismo, un único tipo de “evangélico”. La palabra evangélico reúne realidades distintas, como luteranos, bautistas, presbiterianos, adventistas, asambleístas, pentecostales autónomos, seguidores de la Iglesia Universal del Reino de Dios, ésta con su base en Brasil, y miembros de congregaciones sin una denominación conocida.

El pentecostalismo brasileño inició en torno a 1910, cuando surgió la Congregación Cristiana en São Paulo. En 1911 comenzó en Belém la comunidad que después sería conocida como Asambleas de Dios. La Iglesia Universal del Reino de Dios nació en Río de Janeiro en 1977.

Y el futbol brasileño tampoco empezó a mezclarse con la fe evangélica recientemente. Uno de los primeros casos visibles fue João Leite, portero del Atlético Mineiro, conocido como “el Portero de Dios” porque repartía Biblias y hablaba de su fe en los vestidores. De ese ambiente nació Atletas de Cristo, una organización formada entre finales de los años 70 y principios de los 80, cuyo objetivo era reunir deportistas evangélicos y prepararlos para usar su fama como forma de evangelización.

Aquí sí vale la pena detenerse: Atletas de Cristo entendió algo importante y poderoso, que un futbolista famoso puede llegar a millones de personas. Todo lo que conlleva a éste, una oración en la cancha, una camiseta con mensaje religioso, una entrevista o un gesto hacia el cielo, tiene un alcance descomunal si se compara con sermones barriales.

En el Mundial de 1994, seis jugadores de la selección campeona del mundo ya estaban vinculados al grupo: Jorginho, Taffarel, Paulo Sérgio, Mazinho, Zinho y Müller. Es sabida la fe que tenía Brasil al rezar en los vestidores cuando ganó el tetracampeonato.

La religión como campo de disputa

Dicho esto, que no exista causalidad deportiva respecto a las iglesias evangélicas, o de cualquier otra denominación, no significa que la discusión sea tan inútil como podría parecer.

La frase “si rezamos como gringos, jugamos como gringos” mezcla varias cosas que hay que señalar. Por un lado habla de futbol y religión, pero también de Estados Unidos, o injerencia extranjera, identidad y pérdida cultural.

Es sabido que Estados Unidos sí observó la religión latinoamericana como un campo político que tuvo cierta injerencia desde la religión.

En 1969, la CIA elaboró un memorando titulado “La Iglesia en América Latina”, hoy público, que acusaba a la Iglesia católica de haberse convertido en una de las principales fuerzas de cambio en la región. También advertía que sectores progresistas del catolicismo podían acercarse a grupos de izquierda y que Estados Unidos podría convertirse en blanco de sus críticas por ser visto como símbolo de dominación extranjera.

En el mismo informe, la agencia registraba el crecimiento protestante. Decía que los protestantes eran todavía pocos frente a la mayoría católica, pero que las sectas pentecostales habían crecido con fuerza y ya representaban más de 60% de los protestantes de América Latina.

En ese entonces, Washington veía la religión como parte de la disputa política continental. En ese momento creció el cristianismo de Medellín, que se relacionaba con la llamada teología de la liberación. Una parte de la Iglesia católica dejó de hablar sólo de caridad y comenzó a centrarse en las estructuras de opresión, dependencia, trabajadores, pueblos sometidos… y liberación. En ese lenguaje, por ejemplo, se tomó la parte del Éxodo ya no como una historia antigua, sino como la prueba de que Egipto podía parecerse a una dictadura, una empresa, un régimen económico o una intervención extranjera.

Muy común en nuestros días todavía, se publicó entonces la Biblia Latinoamericana. A pesar de ser católica, en sus notas al pie, como la del propio Éxodo, Moisés no sólo libera almas, sino a un pueblo. Para un católico de izquierda, eso podía ser una lectura pastoral de América Latina, que fue interpretada por muchas esferas dentro y fuera de Estados Unidos como una idea comunista, casi marxista.

Durante la Guerra Fría, esa diferencia era muy importante porque, como muchas iglesias evangélicas pregonan, la pobreza puede explicarse por una falla personal o mandato divino; quizás sea la falta de conversión, o parte del camino sea transformar la vida del individuo. En cambio, si se explica como efecto de estructuras injustas, criticadas desde el propio mandato divino, el camino pasa por organización, sindicatos, comunidades, política y, finalmente, conflicto social.

Fue hasta 1996 cuando el Comité de Inteligencia del Senado estadounidense discutió públicamente el uso de clérigos, misioneros, periodistas y académicos en operaciones de inteligencia.

En esa audiencia se recordó que en los años 70 la CIA había reconocido el uso de religiosos en operaciones encubiertas. Si bien se dijo también que, en 1977, después de la presión de grupos religiosos y civiles, la agencia adoptó reglas que le prohibían contratar o establecer relaciones de inteligencia con clérigos o misioneros estadounidenses enviados por sus iglesias a predicar, enseñar, sanar o hacer proselitismo.

Fue importante aquello porque demostró que la sospecha de muchos años sobre la injerencia de clérigos con una idea “anticomunista” en la región no nació de la imaginación latinoamericana, sino que hubo antecedentes suficientes para que iglesias, misioneros y comunidades se la jugaran entre religión y espionaje.

Se sabe que la injerencia no siempre implica dar discursos. A veces opera mediante financiamiento, formación de cuadros, distribución de materiales, becas, campañas anticomunistas, alianzas con gobiernos y construcción de un nuevo “sentido común”. Es decir, no todas esas acciones fueron clandestinas, sino que muchas fueron abiertas, religiosas, culturales y hasta diplomáticas.

Una parte de América Latina aprendió profundamente, desde la educación y la religión, a leer su pobreza como parte de una estructura opresiva. Otra fue aprendiendo a leerla como prueba personal. Dicho en términos del Éxodo, una busca enfrentar al faraón; otra buscaba dentro de sí lo que hay que cambiar para salir adelante.

¿Dónde encaja el futbolista? Nace en un barrio pobre. Su familia sacrifica tiempo y dinero. Un club lo descubre. Otro lo rechaza. Entrena, se disciplina, firma un contrato, compra una casa para su madre y dice que Dios cambió su historia. Si se mira bien, no necesita explicar qué pasó con los miles que no llegaron. Él es el elegido.

La industria del futbol también prefiere esa historia. La marca deportiva, el club europeo, el representante y la iglesia pueden contarla de maneras distintas, pero coinciden en que el individuo se ordena, se vuelve confiable y triunfa. Eso vende y mucho. Y da esperanza al que no la tiene.

LO QUE EL DATO PERMITE DECIR

Es importante reiterar que, si 20 de 26 seleccionados brasileños hoy son evangélicos, el dato dice algo sobre Brasil, pero no dice, por sí solo, cómo juega Brasil.

Dice que la selección forma parte de un país donde el catolicismo perdió su antiguo monopolio. Dice que muchos jugadores crecieron en barrios donde el pastor, el culto, la música gospel y la televisión evangélica ya estaban presentes. Dice que el vestidor no quedó fuera de un proceso religioso que atravesó familias, periferias, medios, política y deporte.

No dice que por eso Bruno Guimarães falló un penal. No dice que Endrick falló una oportunidad por agradecer a Dios. No dice que Haaland anotó dos veces porque Brasil se volvió protestante.

Lo que sí cambió fue el tipo de futbolista que el sistema premia ante nuestros ojos.

El jugador contemporáneo, vigilado en métricas y contratos, debe dormir bien, comer bien, entrenar bien, hablar bien, caer bien y no poner en riesgo una inversión millonaria. Y sí, la iglesia puede reforzar ese comportamiento. Pero más allá del pastor, pesan ya la academia, el representante, el club europeo y la marca.

En realidad, la nostalgia por Garrincha, Romário o Ronaldinho mezcla cosas distintas porque ese regate brasileño no nació del alcohol y la mala vida, ni la indisciplina de algunos ídolos produjo jugadas memorables.

Aunque es un hecho que la pérdida del jogo bonito, si existe, debe buscarse desde varios lugares, como las fuerzas básicas que compiten antes de formar, la exportación temprana, academias más rígidas, la presión por vender jugadores, etc. Es decir, Brasil no juega menos como Brasil porque algunos jugadores recen. Brasil juega menos como Brasil cuando sus niños tienen menos tiempo para inventar y reinventarse, cuando el talento se vende antes de madurar y cuando el error se castiga masivamente.

Aun así, la acusación es útil si se le ve como síntoma, no causa. El evangelismo no mató al futbol brasileño, pero sí que hay un Brasil que teme estar perdiendo algo propio, identitario, en medio de procesos que vienen de fuera o que se reforzaron con modelos externos.

No sólo religiosos, también del mercado europeo, del capital, de las marcas globales, de las academias “agringadas”, del modelo algorítmico de las redes sociales, de personas que cada vez más se convierten en activos para marcas: desde el futbolista profesional hasta la señora que pasa horas grabándose para subir sus historias a las redes.

La pregunta que debemos hacernos no es tanto si los evangélicos arruinaron a Brasil o a México, sino si la pérdida de su futbol y del jogo bonito, visible para todos nosotros, podía explicarse mirando hacia nuestras regiones asociadas directamente con Estados Unidos.

Como quedó demostrado en sus ciudades y estadios fríos durante este Mundial, en contraste con el color y fiesta de las calles mexicanas y el propio Estadio Azteca, mal llamado Estadio Ciudad de México, los pueblos del sur global deben luchar por mantener sus raíces más reales, más aguerridas, más callejeras. En el caso de la verdeamarela, más afrobrasileñas e identitarias.

Ese es el juego que habrá que ganar sea como sea.

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