

Convertida en la serie de habla no inglesa más vista del mundo, “El Eternauta” no solo resucita una obra de culto: nos recuerda la visión de nuestra región marcada por la represión, la memoria y la fuerza de lo colectivo
A estas alturas, quizás ya haya oído hablar de «El Eternauta», la serie argentina protagonizada por Ricardo Darín, que Netflix estrenó hace apenas unos días y que, contra todo pronóstico para una producción latinoamericana, ha roto récords de audiencia mundial.
En su primera semana, llegó a más de 10.8 millones de vistas y 58.3 millones de horas reproducidas, convirtiéndose en la producción de habla no inglesa más vista del orbe. Sí: por encima de producciones surcoreanas o turcas. Está en el top 10 de 87 países y es número uno en trece, incluyendo lugares como Estados Unidos, Turquía y, claro, México.
El dato es tan impactante como simbólico. Por primera vez, una distopía latinoamericana —hablada en español rioplatense, filmada en locaciones reales de Buenos Aires y el conurbano, y protagonizada por actores locales— logra colarse en el centro de la conversación global del entretenimiento.
No haré spoilers, pero acá no hay superhéroes a la Marvel, ni efectos estridentes, aunque sí impresionantes para el presupuesto de seis episodios: toda la producción costó 15 millones de dólares, lo mismo que un solo capítulo de superproducciones como «The Last of Us».

Lo que hay es una épica silenciosa, casi barrial, en la que vecinos con trajes caseros de aislamiento enfrentan una amenaza que cae desde el cielo en forma de nevada letal. Y eso es algo que da gusto para la voz de nuestra región: «El Eternauta» no sólo sobrevivió a las expectativas, sino que resucitó una historia de culto, con un pasado trágico como los que nos caracterizan y una vigencia asombrosa, para convertirse finalmente en fenómeno contemporáneo.
En pocas palabras: hay gente de todo el mundo hablando de la historia, de su creador, queriendo adentrarse más a lo que sucederá en la segunda temporada (ya confirmada por Netflix), pero pocos podrán sentirla como los latinoamericanos. Con “nuestro” Gustavo Cerati y Mercedes Sosa de fondo, con nuestro miedo a los poderosos invisibles que nos aniquilan sin chistar y por esa comunión que nos ha hecho sobrevivir contra pronóstico.
Porque detrás de la nieve, el silencio y la supervivencia hay más: una historia marcada por la dictadura argentina, un creador que se enlista a la interminable lista de desaparecidos en nuestra región, una lectura política que incomodó a más de uno y un protagonista —Juan Salvo— que no es un ungido, sino un hombre común con miedo y con memoria.
UNA DISTOPÍA BARRIAL QUE PREVIÓ LAS DICTADURAS
La serie no surgió de la nada. Se basa en una historieta publicada entre 1957 y 1959, escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López, que terminó convertida en símbolo de resistencia.
En el 57, cuando las calles de Buenos Aires se llenaban de autos con aletas traseras y radios con tangos, apareció en los quioscos una historia que cambiaría la ciencia ficción en América Latina. «El Eternauta» ocupaba páginas semanales de la revista «Hora Cero», dirigida por el propio Oesterheld.
Junto a Solano López, concibieron una historia que arrancaba en un hogar de clase media en Vicente López, con un grupo de amigos jugando cartas mientras afuera comenzaba a caer una nevada brillante… y mortal.

Esa imagen —la nieve cayendo sobre Buenos Aires y matando al contacto— rompía con las convenciones del género (hasta entonces dominado por escenarios lejanos o futuristas) y establecía un nuevo canon: la ciencia ficción podía hablar en argentino y, aún así, tocar fibras universales.
Lo que siguió fue una invasión silenciosa y cruel, ejecutada por enemigos invisibles que no daban discursos ni mostraban su rostro: usaban intermediarios y lanzaban oleadas de criaturas brutales llamadas “cascarudos”. Una épica de supervivencia con lenguaje colectivo, de club social, de barrio. Ciencia ficción, digámoslo así, con mate.
Lo más inquietante es que, sin proponérselo abiertamente, «El Eternauta» anticipó parte del horror que vendría. A fines de los años 50, Argentina atravesaba un clima de polarización política tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955.
Se hablaba de libertad, pero también de censura. La democracia tambaleaba y la intervención militar se volvía recurrente. Sin saberlo, Oesterheld escribió su historia en el umbral del periodo más oscuro de su país y de buena parte de América Latina: la era de las dictaduras.
En las décadas siguientes, la región entraría en una espiral de represión, desapariciones forzadas y gobiernos impuestos. Chile, Uruguay, Brasil, Bolivia, Paraguay, Perú… Todos vivieron algún tipo de régimen autoritario.
Pero fue en Argentina donde el terror tomó una forma particularmente sistemática. En 1976, un golpe militar derrocó al gobierno democrático de Isabel Perón e instauró una dictadura que duraría hasta 1983.
El autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” persiguió a miles de opositores, estudiantes, militantes, sindicalistas y artistas. Muchos fueron secuestrados, torturados y desaparecidos. El número de víctimas supera las 30 mil, aunque sectores del poder actual —incluido el presidente Javier Milei— insisten en desestimarlo.
En ese contexto, la lectura de «El Eternauta» se volvió inevitable. La nevada que obligaba a encerrarse, que aislaba y aterrorizaba, comenzó a leerse como una premonición. La ocupación progresiva de la ciudad, la pérdida de derechos, la violencia sin rostro… Los invasores de la historieta mataban en silencio. Igual que los escuadrones que actuaban de noche, con listas negras, sin juicio ni nombre.
OESTERHELD: MEMORIA, MILITANCIA Y DESAPARICIÓN
Héctor Germán Oesterheld nació en Buenos Aires en 1919. Se formó como geólogo, pero su vocación estaba en las palabras. Como escritor, editor y divulgador científico, fue uno de los pilares de la historieta argentina. En los años 50 y 60, publicó obras que marcaron a generaciones: «Sargento Kirk», «Ernie Pike», «Bull Rockett».
Sus personajes no eran superhéroes invencibles, sino hombres comunes atravesados por dilemas morales y preguntas sin respuesta. Su narrativa no era binaria: habitaba la zona gris de la conciencia.
Con «El Eternauta», alcanzó su punto más alto. Situó la historia en Buenos Aires, no en Marte ni Nueva York. Colocó a sus personajes en casas del conurbano, no en bases militares. Y, sobre todo, los hizo vulnerables. Humanos. En los años 70, el autor se politizó.

América Latina vivía una etapa de convulsión y represión. Sus hijas militaban en Montoneros; él también se sumó. En ese contexto, reescribió «El Eternauta» en 1976 con un tono más combativo. Juan Salvo ya no era solo un sobreviviente: era un organizador, un líder de la resistencia.
Esa relectura, publicada por Ediciones Record, fue casi un acto suicida. En abril de 1977, Oesterheld fue secuestrado por un grupo de tareas del Ejército. Pasó por centros clandestinos —El Vesubio, Campo de Mayo, El Banco— y fue torturado. Su cuerpo nunca apareció. También sus cuatro hijas fueron secuestradas, asesinadas y, en dos casos, sus hijos nacidos en cautiverio fueron apropiados. Hasta hoy, las Abuelas de Plaza de Mayo siguen buscándolos.
La vida del autor se convirtió en el epílogo más terrible de su obra. «El Eternauta» no solo narró una invasión invisible: la vivió. Oesterheld fue uno más de esos hombres obligados a resistir mientras caía la nieve del terror. Su desaparición convirtió la historieta en testimonio. En 2006, el Congreso argentino declaró a «El Eternauta» de interés cultural nacional y a Oesterheld, prócer de la memoria.
SIN DIOSES, SIN DESTINO, CON VECINOS: LA REBELÓN DE LO COMÚN
Uno de los elementos más singulares de «El Eternauta» —en la historieta y en la serie— es que no hay ningún “elegido”. No hay salvador profético. No hay semidiós carismático. Hay un hombre cualquiera, Juan Salvo, que se pone un traje casero para salir a cuidar a los suyos.
Esa decisión —colocar la épica en lo cotidiano— fue, y sigue siendo, revolucionaria.
A diferencia de las distopías anglosajonas, donde el conflicto se resuelve por liderazgo individual (Neo, Katniss, Luke Skywalker, June Osborne), «El Eternauta» propone otra cosa: el héroe colectivo. Oesterheld lo dijo con claridad: “El único héroe válido es el héroe en grupo”.
Salvo no sobrevive por su fuerza ni por su intelecto. Sobrevive porque está acompañado. Su esposa, su hija, sus amigos. Gente del barrio. Vecinos que comparten, improvisan, resisten. Esa ética de la compañía es profundamente latinoamericana. Aquí, la historia se ha resistido con comités barriales, con ollas comunes, con madres organizadas, con redes de afecto. La serie de Netflix respeta esa lógica. Y le suma una capa más: hacer de Salvo un excombatiente de Malvinas. Un sobreviviente ignorado. Un cuerpo marcado por otra guerra.

En una escena, Salvo recorre una estación vacía mientras suena Mercedes Sosa. En otra, se oye a Cerati. No es decorado. Es memoria. La banda sonora no embellece: ancla. Emociona. Reconoce. Así como los personajes se arman con radios caseras y alambre, la serie se arma con canciones que nos abrazaron en dictaduras, en sismos, en despedidas.
Por eso «El Eternauta» conmueve tanto. Porque no necesita prodigios. Porque dice algo que casi ninguna distopía dice: que lo común es suficiente. Que el barrio, la comunidad, la memoria, el afecto… pueden ser herramientas de supervivencia. Y que si todo se cae, mientras haya un nosotros, hay futuro.
En un mundo saturado de distopías prefabricadas, con escenarios calcados, protagonistas monocromáticos y profecías digitales recicladas, «El Eternauta» ofrece algo distinto. No nace del miedo al mañana, sino de la memoria del ayer. No mira hacia Silicon Valley ni Marte. Mira hacia nuestras calles. Hacia nuestras madres. Hacia nuestros miedos conocidos.
Esa consigna que atraviesa la obra desde sus primeras viñetas hasta su último plano —“nadie se salva solo”— es también un resumen de quiénes somos. Latinoamérica ha sobrevivido a dictaduras, crisis, pandemias y catástrofes no por individualismo, sino por redes invisibles de cuidado. Por madres, vecinos, radios comunitarias, canciones. Por eso esta serie conmueve tanto: porque nos reconoce. Y nos reafirma.
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