

Jesús Díaz
El puertorriqueño más escuchado del planeta, que viene a México esta semana, atraviesa su año más simbólico: un álbum que convierte la memoria en bandera, una gira que interpela a la desigualdad y un inminente Super Bowl en español
Guste o no, todos hemos experimentado de algún modo el “efecto Bad Bunny”.
La semana pasada, el conteo global de Spotify —la plataforma musical más importante y consumida del planeta— confirmó lo que millones ya intuían: Bad Bunny fue el artista más escuchado del mundo en 2025, con 19 mil 800 millones de reproducciones.
Para dimensionar esa cifra basta un ejercicio simple: si alguien intentara escuchar toda esa música de corrido, necesitaría más de 120 mil años ininterrumpidos de reproducción.
Es un hecho: ningún otro artista vivo genera semejante nivel de atención colectiva. Guste o no, es un fenómeno de nuestra era, y no verlo es sustraerse de aquello que el mundo, y no solo la juventud, consume.
El máximo exponente actual del género urbano latino ha logrado, además, algo inusual: pasar de la música comercial considerada “plástica” a convertirse para muchos en un referente cultural con un mensaje.
No es el primero en hacerlo; ahí está el precedente de René Pérez (Residente), quien transitó de las letras chocantes y festivas de Calle 13 a una obra de conciencia social, pero el caso de Bad Bunny es notable por su alcance global.
En pocos años, Benito Antonio Martínez Ocasio pasó de letras que cosificaban y sexualizaban a un discurso inclusivo que, a partir de este año, se profundiza en una reivindicación de la identidad puertorriqueña y, por extensión, iberoamericana.
Su álbum más reciente, DeBÍ TiRAR MáS FOToS, lo confirma como un artista mainstream en plena metamorfosis ideológica: un disco que encapsula nostalgia, crítica social y raíces, y que ha resonado tanto en millennials y generación Z como en públicos de mayor edad.
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Para jóvenes latinoamericanos que quizá conocían poco sobre Puerto Rico más allá del reguetón, el álbum abrió una ventana hacia las raíces culturales de la isla. En sus padres o abuelos, sobre todo dentro de Puerto Rico, resultó conmovedor escuchar ritmos de salsa vieja escuela integrados en producciones modernas: un gesto de respeto hacia los sonidos con los que crecieron generaciones anteriores.
Guste o no, Benito se convirtió este año en un puente intergeneracional: el chico que hace trap con loops vanguardistas también canta un corito de salsa; el ídolo de TikTok que colabora con estrellas emergentes (RaiNao, Omar Courtz, Dei V, etc.) invita al mismo tiempo a productores veteranos como Eduardo Cabra (ex Calle 13), incorpora guiños a voces como la del fallecido Pau Donés o reconoce a figuras fundacionales del reguetón como Wisin y Chencho.
Esta convergencia de talentos jóvenes y consagrados enriqueció su álbum y le dio una profundidad poco común en el género urbano actual.
El disco rompió ya varios techos de cristal en la industria anglosajona: es el primer álbum en español nominado simultáneamente a Álbum del Año, Grabación del Año y Canción del Año en los Grammy generales.
Debutó, además, en el número 2 del Billboard 200 de Estados Unidos, un logro enorme considerando que está íntegramente en español y que solo tuvo cinco días de conteo por lanzarse un domingo.
Y si bien el dominio comercial de Bad Bunny ya era conocido —cada álbum suyo ha entrado al Top 10—, esta vez venía acompañado de un reconocimiento crítico mucho mayor.
LA EVOLUCIÓN HACIA UN MENSAJE INCLUSIVO
Los inicios de Bad Bunny, hacia 2016-2017, estuvieron marcados por el trap latino y el reguetón de siempre: dinero, fiesta y sexualidad. Con temas pegajosos pero superficiales, parte de una ola que muchos calificaron de “música plástica” por su orientación comercial.
Para 2018-2019, sin embargo, Conejo Malo comenzó a integrar mensajes sociales en su trabajo: inclusión, feminismo, derechos LGBTQ+.
“Solo de Mí” (2018) denunció la violencia doméstica; y, en 2020, “Yo Perreo Sola” se convirtió en un himno transfeminista y sorprendió al mundo con un video donde Benito aparece en drag para subrayar la autonomía femenina.
Esa noche, al interpretar el tema en vivo, vistió una camiseta con la frase: “Mataron a Alexa, no a un hombre con falda”, en referencia a una mujer trans asesinada en Puerto Rico.
Estos gestos no fueron aislados. Bad Bunny empezó a condenar abiertamente la transfobia y la homofobia, y a respaldar públicamente a artistas queer en la cultura latina.
Las críticas no faltaron: se le acusa a veces de adoptar este discurso por marketing, como también se ha cuestionado a Residente, pero lo cierto es que permeó en la conversación pública: de pronto millones de jóvenes coreaban mensajes feministas y pro-LGBTQ en antros y estadios, muchas veces sin advertir que estaban participando en un desplazamiento cultural profundo.
Lejos de restarle éxito comercial, este giro lo potenció: siguió dominando el streaming global y llenando arenas en varios continentes.
DE PUERTO RICO AL MUNDO: EL CAMINO AL SUPER BOWL
El fenómeno Bad Bunny no se limita a Puerto Rico ni a Estados Unidos; repercute en toda Latinoamérica, especialmente en México.
Prueba de ello son las ocho noches completamente agotadas que ofrecerá esta semana en el Estadio GNP como parte de su gira mundial DtMF World Tour: ningún artista urbano había logrado antes una hazaña así en un estadio de esa magnitud.
Más allá de los números, la experiencia promete algo inusual: “La Casita”, una réplica de la casa puertorriqueña del video de “Debí tirar más fotos”, instalada como segundo escenario entre el público de la sección General B, la de boletos más accesibles.
Desde ahí, Bad Bunny interpreta casi medio concierto. La idea es sencilla y contundente: llevar el espectáculo hasta la gente que menos pagó, en un gesto de cercanía comunitaria; de ahí que esas localidades se llamen “Los Vecinos”.
El concepto ha dividido opiniones. Muchos celebran la inclusión: en un país atravesado por la desigualdad, Bad Bunny baja literalmente del escenario para cantar entre quienes suelen quedar lejos. Otros, especialmente quienes pagaron zonas VIP, han criticado que parte del show se aleje de ellos.
Pero la discusión misma confirma la magnitud del fenómeno: pocos artistas alteran así la lógica del espectáculo masivo.
La cumbre llegará en febrero próximo, cuando Conejo Malo haga historia al encabezar el medio tiempo del Super Bowl LX: será la primera actuación predominantemente en español en la historia del evento más visto de Estados Unidos.
La coyuntura no podría ser más simbólica: en pleno gobierno de Donald Trump, un puertorriqueño liderará el escenario deportivo más grande del país. Se espera una presentación con sabor latino, posibles invitados sorpresa y, si algo define a Benito, un mensaje de orgullo boricua.
DEBÍ TIRAR MÁS FOTOS: LA NOSTALGIA COMO CRÍTICA SOCIAL
La portada de “DeBÍ TiRAR MáS FOToS” es sencilla pero potente: dos sillas plásticas blancas en medio de un patio verde; es icónica por su sencillez y carga emocional.
El arte fue creado por el puertorriqueño Robinson Florian con la intención de “resonar” con la población boricua tanto de la isla como de quienes han partido a Estados Unidos.
¿Qué puede haber más cotidiano para un puertorriqueño, y latinoamericano, que las típicas sillas de plástico en el patio, bajo la sombra de una planta? Es una imagen que evoca reuniones familiares, la casa de los abuelos, la vida de barrio.
Nostalgia pura: al verla, muchos inmigrantes recuerdan su tierra. La portada está nominada a los premios Grammy en la categoría de mejor diseño de arte (Best Recording Package), algo inédito para un artista urbano latino, pero además criticado por los estadounidenses, quienes no entienden la nostalgia de la diáspora.
Y el contenido del álbum hace honor a esa portada: Debí tirar más fotos es una carta de amor a las raíces. En sus 17 temas, Bad Bunny experimenta con ritmos caribeños tradicionales, como salsa, bolero y mambo, fusionados con reguetón y dembow modernos.
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La revista Rolling Stone lo calificó con 5 estrellas, alabándolo como un disco “de cosecha propia, jubiloso y fresco”. En Reino Unido, Clash lo describió como “una carta de amor a la herencia (cultural de Bad Bunny)… potente y personal”.
Las letras del disco reflejan un Bad Bunny más reflexivo y combativo. El título “Debí tirar más fotos” (que en México sería “Debí tomar más fotos”) sugiere arrepentimiento por los momentos perdidos, un guiño a la nostalgia: muchos jóvenes y adultos, tras la pandemia, han expresado esa sensación de querer atesorar más recuerdos que no volverán.
En la canción “Lo Que Le Pasó a Hawaii”, por ejemplo, Benito aborda el tema político de la identidad puertorriqueña frente a Estados Unidos.
La letra habla de los peligros de seguir el camino de Hawái, estado que perdió mucho de su identidad nativa tras la anexión. La pieza causó revuelo en Puerto Rico: los defensores de la estadidad (anexión como estado 51) la criticaron, pues Bad Bunny insinúa que la estadidad podría diluir la cultura boricua tal como ocurrió en esa entidad.
Otros temas continúan esa exploración de raíces y cambios sociales. “Nueva Yol” (título estilizado como NUEVAYoL) hace referencia a la forma en que muchos boricuas pronuncian Nueva York, rindiendo homenaje a la diáspora puertorriqueña en la Gran Manzana.
“Café con Ron”, colaboración con Pleneros de la Cresta, un grupo tradicional de plena puertorriqueña, evoca las parrandas navideñas y la mezcla de café con ron típica del campo, otro golpe directo a la nostalgia.
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Un detalle poco obvio del proyecto es que cada canción viene acompañada de un proyecto visual en YouTube con trasfondo histórico. Bad Bunny, en colaboración con el historiador Jorell Meléndez-Badillo, de la Universidad de Wisconsin, recopiló fotografías y datos que aparecen como diapositivas durante los videos.
A través de estos visuales, el álbum va narrando capítulos de la historia puertorriqueña: la resistencia a la colonización española, la invasión estadounidense de 1898, la diáspora masiva a Nueva York a mediados del siglo XX, el asesinato de la activista estudiantil Antonia Martínez en 1970, el Grito de Lares (la insurrección independentista de 1868) y hasta la creación de la bandera puertorriqueña.
No todo es política y nostalgia seria: Bad Bunny logra que estas fusiones sean bailables y disfrutables. Canciones como “Baile Inolvidable” invitan a la pista con un ritmo que recuerda al merengue-house de los 90, y “Velda” pone a perrear mientras su letra coquetea con el spanglish y el humor callejero.
En conclusión: guste o no, Bad Bunny cierra 2025 no solo como el artista más escuchado del planeta, sino como uno de los más influyentes culturalmente. Un fenómeno que trasciende fronteras y generaciones.
Su mensaje es claro: nuestras raíces e historias importan, y pueden llenar estadios.
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