

Jesús Díaz
En entrevista exclusiva con A Tiempo TV, el escritor Víctor Palomo revela aspectos desconocidos de la vida y muerte del célebre poeta saltillense
Sí, Manuel Acuña tuvo que estar frente a ella. La mujer que no puede ser tuya, la musa que tocas pero no puedes alcanzar.
Y seguro, tuvo que replantearse todo, como si estaría dispuesto a llegar a viejo sin amarla, o si podría resignarse con mirar hacia otro lado.
Nadie sabrá con certeza los motivos por los que uno de los poetas más importantes del mundo se quitó la vida a los 24 años, pero todos pueden intuir que esa musa existió.
Basta con leer su «Nocturno»:
“¡Pues bien! Yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón, que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto al grito que te imploro, te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión».
Durante años, esa mujer ha tenido nombre y apellido: Rosario de la Peña.
El mito dice que bastó con su belleza para que el ídolo de una generación, que fue acompañado por 100 carros en sus honras fúnebres por la Ciudad de México, planeara su muerte con cianuro el 6 de diciembre de 1873.
Pero como la belleza no parece bastar en esa débil teoría ampliamente difundida, el escritor Víctor Palomo optó por ser incrédulo:
“Al inicio pensé en hacer una historia sobre qué era eso que lo enamora de Rosario. Pero conforme me fui adentrando en las fuentes, me di cuenta de que había muchos cabos sueltos, sobre todo en las versiones que daba ella sobre el caso, que es la que más habla de él, y se contradicen”.

Poeta y saltillense como Acuña, Palomo se adentró en una investigación de más de una década para dar luz a esa musa imposible, cuyas sombras habrían sido suficientes para llevar al límite al frágil equilibrio del fundador de la joven Sociedad Literaria Nezahualcóyotl.
El resultado está plasmado en su primera novela “El Pasado” (Grijalbo), recién publicada. Ahí da cuenta de la que, asegura, fue la verdadera musa del ícono: Laura Méndez, una poeta del siglo XIX descubierta inicialmente por José Emilio Pacheco en los años 80.
En ella irrumpe la realidad. Esta mujer sí fue suya, a instantes.
MUJER BAJO SOMBRAS
Las investigaciones de Palomo, extraídas de fuentes como el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y el archivo del Fondo Reservado de la Biblioteca Lerdo de Tejada, revelan que Laura le dio su único hijo, fallecido a los tres meses de edad, víctima de bronquitis, a semanas del deceso del padre.
“(Laura Méndez) es más compleja en muchos sentidos, de un carácter completamente distinto al de Rosario”, detalla Palomo.
“Ella escribe cuento, novela, poesía, es periodista. No habla de su relación abiertamente, pero en los poemas de ambos están todas las claves, estos se hacen públicos mucho tiempo después. Hay correspondencias tanto en imágenes, en metáforas, como en líneas que corresponden”.
Lo que habría motivado la muerte del poeta sería entonces algo más que belleza inalcanzable. Hay diversas teorías que este autor ficciona en su novela, como una barrera entre ambos al conocerse el embarazo, llevándola incluso a desposar a uno de sus amigos, Agustín F. Cuenca.
“Hubo una suerte de pacto de silencio entre todos los allegados: Cuenca es la persona que se lleva a Laura Méndez y a su hijo a vivir con él, eso se sabe”, dice el escritor.
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“Conforme las costumbres de la época, hubiese sido muy mal visto que Acuña, siendo una figura más o menos pública, sustentara una relación así con un hijo. Y está otro chismecillo que se da sólo una vez, de una supuesta relación de Laura con un político connotado y mayor”.

Palomo halló los detalles de esas y otras emociones en los poemas. Por ejemplo, en “Bañada en lágrimas”, escrito por Méndez en «El Siglo Diez y Nueve” el 9 de febrero de 1875, con la dedicatoria: “A mi hijo muerto”.
“Poco después en el humilde nido que mi amor maternal hubo fingido para dormirte y arrullarte allí, emblema del dolor de los dolores, tú estabas entre lágrimas y flores, y yo… ¡Con tu cadáver y sin ti!”, plasma la escritora.
“Ella tuvo que fingir”, profundiza el novelista. “La corren de su casa, la apartan de su ámbito familiar. Y ella confiesa en este poema cómo murió su hijo, en qué circunstancias, en un hogar construido con Agustín F. Cuenca como mera ilusión”.
EL REGALO DE SALTILLO PARA EL MUNDO
En la novela, solo dos personajes son enteramente producto de la imaginación del autor: el Dr. Téllez y su encuadernador, ubicados en 1917; ambos sirven como narradores incidentales para la historia.
Por lo demás, “El Pasado” sortea la frontera de lo real y lo ficticio para recrear el impacto del deceso del poeta, la reacción de sus allegados; además de su entorno: su pasado en Saltillo y su viaje a la capital mexicana para estudiar medicina.
El autor buscó los espacios basándose en imágenes de la época (litografías en su mayoría), además de mapas y crónicas. Su descripción proyecta transversalmente a la vida del poeta, un retrato vívido de ambas entidades a finales del siglo XIX.
En una parte, la Laura ficticia dice:
“Cuéntame de Saltillo, Manuel. ¿Cómo es todo aquello? Háblame de los pájaros. Descríbeme las piedras con que haremos nuestra casa. Dime de qué está hecho el cielo de Saltillo. ¿Es una ciudad, Manuel; a dónde me llevas? ¿Cuántas palomas tiene? Dime cuánto pesa el alma a la hora de suspiros; ¿dime si los cerros se parecen a los volcanes de Amecameca? ¿Hay volcanes ahí, Manuel?”
No fue accidental, Palomo eleva a Acuña al hijo predilecto de la ciudad, un regalo de ésta al mundo, que lo mismo debe enorgullecer, que prevalecer: “En Saltillo el nombre de Manuel Acuña está en todas partes: calles, plazas, mercados. Su tumba está aquí”.
“Lo que es lamentable”, continúa, “es que la casa donde nació se fue deteriorando y nunca se le dio atención. Saltillo tiene hoy muchos museos, pero el lugar donde nació es solo una casa habitación que no se renta; tiene una placa que dice que ahí nació, pero está en muy mal estado. Nunca se le dio la atención que merecía”.
LAS MUSAS DEL SIGLO XIX
Ya han pasado 151 años desde que el poeta se quitó la vida. En un mundo que no pudo vislumbrar, hay millones de reproducciones de su “Nocturno a Rosario” (se le añadió el nombre luego de la difusión del mito atribuido a su amigo Juan de Dios Peza).
En videos de YouTube, incluidos algunos de cantantes populares como Chalino Sánchez. Hay incontables antologías literarias, análisis de su obra y vida.
“Alguna vez le pregunté a Carlos Monsiváis, a principios de los 2000, sobre Manuel Acuña. El maestro me dijo que era el poeta del ritmo. Nos puede parecer cursi su discurso por la distancia, el tiempo y la época, pero el ritmo es maravilloso. Hoy eso ya no es fundamental en la poesía”.
“¿Y las musas?”, se le pregunta al novelista: “Sigue habiendo musas, claro, pero sí hay una gran diferencia en el respeto que se le tenía a ser poeta, periodista, intelectual, a la forma en que se vivía una emoción. Somos más visuales, más materialistas”.
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