

La última semana de septiembre es la semana internacional de las personas sordas, celebrada desde 1958
En 1861, por primera vez en la historia de México, se reconoció el derecho de las personas sordas a recibir educación formal. Mediante un decreto del gobierno, que estableció la creación de la primera escuela para sordos en la Ciudad de México, se afirmó la intención de integrar a este sector de la población al sistema educativo. El decreto señalaba: “Se establecerá inmediatamente en la capital de la República una escuela de sordomudos… y tan luego como las circunstancias lo permitan, se establecerán escuelas de la misma clase en otros puntos del país.”
La educación para personas sordas en México tiene una historia de más de 150 años, marcada por avances, obstáculos y una búsqueda constante de inclusión. A lo largo de los siglos XIX y XX, las instituciones educativas para sordos enfrentaron la marginación, la falta de recursos y debates sobre los mejores métodos de enseñanza. Este artículo explora los momentos más relevantes de esa historia, desde la fundación de la Escuela Nacional de Sordomudos hasta la creación de centros especializados en rehabilitación y educación.
LA FUNDACIÓN DE LA ESCUELA NACIONAL DE SORDOMUDOS
Durante gran parte del siglo XIX, las personas con discapacidades sensoriales, como los sordos y los ciegos, eran vistas como individuos incapaces de aprender o contribuir a la sociedad. A menudo, eran relegadas a la mendicidad o confinadas en el hogar. No fue hasta la segunda mitad del siglo que el gobierno mexicano empezó a tomar medidas para educar a estas personas, en parte impulsado por el espíritu positivista de la época, que valoraba la ciencia y la educación como herramientas para el progreso nacional.
En este contexto, Benito Juárez promulgó en 1861 una ley que contemplaba la creación de una escuela para sordos en la Ciudad de México. Sin embargo, fue hasta el Segundo Imperio, bajo el liderazgo de Maximiliano de Habsburgo, que se concretó la creación de la Escuela Nacional de Sordomudos en 1867, gracias a la intervención del educador francés Eduardo Huet Merlo, quien ya había fundado una escuela similar en Brasil. Huet, sordo desde la infancia, introdujo en México métodos basados en el oralismo y la lengua de señas francesa, lo que permitió que los sordomudos comenzaran a recibir una educación formal.

ORALISMO VS LENGUAJE DE SEÑAS
A lo largo de las primeras décadas de la Escuela Nacional de Sordomudos, el debate sobre los métodos educativos más efectivos fue constante. En Europa y América Latina, el oralismo, que promovía el uso de la lectura labial y la articulación de palabras, comenzó a ganar terreno sobre la lengua de señas. En México, este debate alcanzó su punto álgido en la década de 1880. Aunque Huet había implementado un enfoque combinado, que utilizaba tanto señas como el oralismo, a finales del siglo XIX el gobierno mexicano, influenciado por las tendencias internacionales, promovió el uso exclusivo del oralismo.

En 1883, José María Márquez, un educador mexicano, fue enviado a Europa para estudiar los últimos avances en la enseñanza para sordos. Al regresar a México, Márquez impulsó el uso del oralismo en la Escuela Nacional de Sordomudos. Sin embargo, el personal y los alumnos se mostraron renuentes a abandonar por completo la lengua de señas, lo que generó un proceso de transición largo y conflictivo. Pese a ello, el método oral se impuso oficialmente a principios del siglo XX, coincidiendo con el auge del positivismo y las ideas eugenésicas que buscaban «normalizar» a las personas sordas.
EL PORFIRIATO Y SUS AVANCES
Durante el régimen de Porfirio Díaz, la educación para sordos en México recibió un impulso significativo. En 1902, el presidente Díaz envió al maestro Francisco Vázquez Gómez a Europa y Estados Unidos para actualizarse en los métodos más avanzados de enseñanza para sordos. A su regreso, Vázquez Gómez propuso la creación de más escuelas para sordos en el país, pero el gobierno decidió concentrar sus esfuerzos en la Escuela Nacional de Sordomudos.

El método oralista siguió siendo la norma, aunque con algunas modificaciones para adaptarse a las necesidades específicas de los estudiantes. Durante esta época, la escuela también se enfocó en la capacitación laboral de los alumnos, con la idea de que los sordos pudieran integrarse al mercado laboral y ser económicamente independientes.
CREACIÓN DE LOS CAM
La Escuela Nacional de Sordomudos funcionó de manera independiente hasta mediados del siglo XX. En 1955, la falta de recursos y personal especializado llevó al cierre de la institución, siendo sustituida por clínicas y centros de educación especial. Estos centros se enfocaban principalmente en diagnósticos y rehabilitación, dejando de lado la enseñanza integral que había caracterizado a la escuela.
A partir de 1969, la educación para sordos en México experimentó un nuevo renacimiento con la creación del Instituto Nacional de Comunicación Humana (INCH), que fusionó a la Escuela Nacional de Sordomudos y al Instituto Mexicano de Audición y Lenguaje. Este instituto, dotado de tecnología avanzada, se dedicó a la formación de expertos en audiología y rehabilitación, marcando un antes y un después en la atención a la comunidad sorda.
En la década de 1990, los Centros de Atención Múltiple (CAM) asumieron la responsabilidad de la educación para personas sordas, integrándolas a un modelo de educación inclusiva. A través de estos centros, los estudiantes sordos comenzaron a recibir atención educativa en escuelas regulares, un paso crucial hacia la integración plena de esta comunidad en la sociedad mexicana.

LOS RETOS ACTUALES

Los retos actuales de la educación para personas sordas en México son diversos y complejos. A pesar de los avances en la inclusión educativa, las barreras lingüísticas y la falta de intérpretes en las aulas limitan el acceso pleno al conocimiento. Además, el sistema educativo convencional sigue priorizando el método oralista, lo que puede generar una desconexión entre los estudiantes sordos y su comunidad.
Asimismo, existe una carencia de docentes capacitados en Lengua de Señas Mexicana (LSM) y una integración deficiente entre la educación regular y especial. Finalmente, la falta de infraestructura y recursos especializados en muchas escuelas impide una verdadera inclusión educativa, lo que obliga a repensar los modelos actuales de enseñanza para garantizar una formación integral y equitativa.
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Estos retos evidencian la necesidad de continuar impulsando reformas educativas que promuevan una inclusión real, donde la comunidad sorda pueda recibir una educación de calidad en su lengua natural, fortaleciendo así su identidad y participación plena en la sociedad.
La historia de la educación para sordos en México es un reflejo de las luchas y avances en materia de inclusión social. Desde los primeros esfuerzos de Eduardo Huet en la fundación de la Escuela Nacional de Sordomudos hasta la creación de los CAM, el camino ha sido largo y lleno de desafíos. Sin embargo, cada avance ha significado una mayor visibilidad y mejores oportunidades para la comunidad sorda en México, garantizando su derecho a la educación y a una vida digna.
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