El narcocorrido como síntoma de la violencia

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Los corridos tumbados no son la enfermedad; la verdadera enfermedad es la violencia estructural del país y un gobierno que no ha logrado garantizarnos seguridad ni justicia

Han pasado casi tres semanas desde el descubrimiento de los supuestos campos de exterminio en el rancho Izaguirre, en Jalisco. Mientras navegaba en redes sociales, me apareció un video con una frase que me quedó rondando en la cabeza:

«La narcocultura no es solo música o entretenimiento; es un síntoma de un sistema que normaliza la violencia.»

Este pensamiento me llevó a recordar un viejo debate que reaparece cada cierto tiempo: la cancelación de los corridos tumbados. Frecuentemente, veo noticias sobre estados que los prohíben, multas a cantantes por interpretar ciertas canciones, entre otros intentos de censura. Desde que los corridos tumbados se han popularizado, esta discusión sigue latente. La pregunta central es: ¿los corridos tumbados normalizan la violencia?

Desde mi perspectiva, quizá aún ingenua, la respuesta inmediata es no. Los corridos tumbados no son la enfermedad; la verdadera enfermedad es la violencia estructural del país y un gobierno que no ha logrado garantizarnos seguridad ni justicia. Los corridos son solo la secuela de esta realidad, el efecto colateral.

Crecí en Coahuila, un estado fronterizo con Texas, donde la violencia ha sido una constante. Vi cuerpos colgados de puentes y balaceras a plena luz del día. Aprendí, como muchos mexicanos, a normalizar una guerra que Felipe Calderón desató.

Para mí, la normalización de la violencia va mucho más allá de la música. Los corridos tumbados no la crean; la representan.

LA MÚSICA COMO REFLEJO DE LA VIOLENCIA 

El año pasado, la escritora mexicana Dahlia de la Cerda publicó en El País una columna titulada Escuchemos a las juventudes que le cantan al narco, en respuesta a Alejandro Moyol, quien había escrito Peso Pluma en Viña: a veces hay que escuchar la voz del narco.

El título de Moyol es problemático, y Dahlia lo rebate con una pregunta: ¿Hay que escuchar al narco? Su respuesta es que una cosa es escuchar una expresión cultural de jóvenes que crecieron en la guerra contra el narco y otra muy distinta es escuchar a los líderes de los cárteles. Ella replantea la cuestión: ¿Debemos escuchar a las juventudes que le cantan al narco? Y su respuesta es sí.

José Manuel Valenzuela, en su libro Corridos tumbados, enfatiza la importancia del orden de los factores: primero existió la guerra contra el narco, la militarización y las condiciones estructurales que orillan a miles de jóvenes a ver el «narco trabajo» como una opción viable. Después, vinieron los narcocorridos.

El enfoque debería cambiar. En lugar de preguntarnos cómo influyen los corridos en las personas, deberíamos cuestionarnos cómo la realidad inspira los corridos y, sobre todo, cómo cambiar las condiciones para que no haya inspiración para los corridos bélicos.

EL CORRIDO COMO HERENCIA CULTURAL

Los corridos no son un fenómeno reciente. Son herederos de una tradición lírica que ha narrado las hazañas de héroes y antihéroes a lo largo de la historia. Existen corridos revolucionarios y zapatistas. Quizá con menos crudeza, pero la violencia ya estaba ahí.

El arte es representación. Ya sea literatura, pintura o música, todas las manifestaciones culturales reflejan su contexto. La literatura del narco también existe, así como existió la literatura de la Revolución, que narraba cómo una lucha se convirtió en una excusa para abusos y asesinatos.

En 2009, la artista mexicana Teresa Margolles llevó a la Bienal de Venecia una exposición con una pregunta provocadora: ¿De qué más podríamos hablar? Su obra exploraba las consecuencias de la violencia del narcotráfico en México y la forma en que el arte puede poner el tema en el debate público.

LA NARCOCULTURA EN EL MAINSTREAM

Antes considerada una subcultura limitada al norte del país, la narcocultura se ha instalado en el centro del mainstream cultural mexicano desde los años noventa, normalizándose y comercializándose por los medios.

Televisa y TV Azteca han convertido al narcotráfico en un espectáculo informativo. Mientras tanto, editoriales como Planeta, Alfaguara y Tusquets han empaquetado la narconarrativa como una nueva expresión de la literatura latinoamericana.

A medida que crece la representación del narco en los medios, aumentan también las críticas. Se acusa a la comercialización del tema de legitimar la violencia y contribuir a la mala imagen del país en el extranjero.

Es innegable que los corridos tumbados romantizan la violencia, las drogas y la idea de que «vivir poco pero bien» es un ideal. También son profundamente machistas. Pero esta música surge en un contexto de violencia y pobreza estructural. México, con altos niveles de desigualdad y falta de oportunidades, es el caldo de cultivo perfecto para que el narcotráfico prospere.

El narcotráfico no es un fenómeno que surge de forma aislada ni que se limita a un fenómeno musical; es, ante todo, una construcción política. Las historias de capos y sicarios han calado profundamente en el imaginario colectivo, tanto como una forma de aspiración como de condena. La violencia se convierte, en estas narrativas, en un camino hacia el ascenso social, pero al mismo tiempo, se refuerza la idea de que la única salida es la sumisión o la confrontación.

Lo que se entiende como narcocultura no es una simple glorificación, sino un eco profundo de la indefensión, un reflejo de las fracturas de un sistema. En este país, donde el Estado ha fallado en ofrecer seguridad y en brindar oportunidades, la narcocultura se convierte en un relato que narra tanto la resistencia como la rendición ante una violencia sin escape.

Las industrias de la televisión y la música han convertido al narcotráfico en un producto de consumo global, sin cuestionar las estructuras y las condiciones que lo alimentan. Se señala a los jóvenes por escuchar narcocorridos, mientras se olvida las causas que los originan.

Hoy, los jóvenes no solo escuchan los narcocorridos; los viven, los cantan. Artistas como Peso Pluma han llevado este discurso a los escenarios, exportándolo a Estados Unidos y al mundo entero.

La narcocultura es, antes que todo, un síntoma.

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