

En la actualidad, la UAAAN cuenta con 3 campus situados en Coahuila y Chiapas, el primero de ellos cuenta con un internado para estudiantes desde su fundación
La Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro actualmente figura dentro de las 100 mejores universidades de México; del mismo modo, es una de las pocas escuelas que ofrece en su totalidad un programa de educación agroganadera, a esto se debe la importancia de la Universidad en la región y en el país.
Cuando escuchamos hablar de la Narro, inmediatamente pensamos en estudiantes foráneos, en vaqueros y en sus característicos edificios, entre los que se encuentran los internados masculinos instalados ahí desde su fundación.
En las diferentes sociedades es normal que se cree una identidad de pertenencia a partir de ciertas tradiciones o aspectos en común. La UAAAN no es la excepción, pues los alumnos se sienten parte de lo que ellos llaman su “Alma Terra Mater”.
En su popurrí escrito en 1984, se percibe esta identidad, cuando en una de sus estrofas describe la imagen que se tiene del “buitre”: “para ser buen buitre se debe tener pantalón vaquero, cinturón de res, camisa de cuadros, peinado francés”; además, esta canción nos hace darnos cuenta de cómo cambia la vida de los jóvenes al entrar a la escuela, sobre todo al ingresar a los internados. En sus primeras estrofas describe la tristeza de dejar a sus seres queridos, pero en las últimas líneas, transmite la tristeza de dejar, esta vez, su escuela.
Inicio de las escuelas rurales, la creación de la Narro
Las escuelas rurales comenzaron a surgir a partir de 1920 para brindar una educación de calidad a jóvenes de escasos recursos, y con el fin de evitar el traslado constante desde y hacia sus comunidades, se incluyeron internados en estas instituciones.
En las escuelas normales regionales, los internados se organizaban como familias: el director era el padre, su esposa la madre, y los maestros, los hermanos mayores cuidando a los alumnos, quienes eran los hermanos menores.
Don Antonio Narro Rodríguez falleció en 1912 y dejó estipulado en su testamento que la Hacienda de Buenavista, de la cual era dueño, sería destinada a la fundación de una escuela de agricultura como institución de beneficencia. Su primo Francisco Narro, su hermana y su cuñado, fueron los encargados de los arreglos para la creación de la escuela. El 6 de marzo de 1923, se fundó la Escuela Regional de Agricultura Antonio Narro, que abrió sus puertas a los alumnos el 14 de mayo del mismo año. Desde sus inicios, esta escuela albergó en su internado a numerosos jóvenes provenientes de diferentes puntos del país, a quienes se les dio el nombre de «alumnos pensionistas».
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La Escuela de Artes y Oficios se encargó en un principio de la Escuela de Agricultura, ayudando a conseguir el mobiliario para las instalaciones. Para adecuar la Hacienda de Buenavista, se realizaron modificaciones, se amplió la casa grande (actualmente conocida como “La Gloria”), construyeron nuevas edificaciones dentro de la Hacienda, como el comedor, los baños, una casa para el director de la escuela, y las viviendas que eran de los peones, fueron habilitados como laboratorios y casas para las familias de los sirvientes de la escuela.

Entre las primeras clases que impartieron en la escuela, enseñaban Moral, que se consideraba muy necesaria, ya que en ese momento creían que «al vivir en el ambiente de disciplina y moralidad de su internado, se educaban en sus sentimientos, modales y costumbres». Esto demuestra que no sólo era importante proporcionarles un lugar para vivir mientras estudiaban, sino también mantener una educación ética para una sana convivencia en el internado. La junta directiva seleccionaba a los alumnos pensionistas “entre los más capacitados y pobres”, y para acceder a este programa debían tener un promedio mínimo de ocho.
Algunos estudiantes eran recomendados por su buen desempeño académico y comportamiento para ingresar a la Escuela Superior de Agricultura y Ganadería, este fue el caso de Sabino Ballesteros Villasana, originario de Monclova, Coahuila.
Mejora en los internados

Existía una especial atención en que los alumnos pensionistas vivieran de la mejor forma posible, por lo que con el paso de los años fueron haciendo modificaciones a las instalaciones que, para los estudiantes al momento de ingresar al campus, se convertían en su segundo hogar.
Para el año de 1935, el internado «contaba con dormitorios en magníficas condiciones, un comedor nuevo y enfermería». En 1938, la entonces Escuela Superior de Agricultura Antonio Narro albergaba a cerca de 180 alumnos como pensionistas; al año siguiente, realizaron un inventario que nos permite ver con qué mobiliario contaban los alumnos pensionistas en las instalaciones de la ESAAN.
Había cuatro dormitorios pequeños en el edificio principal (mejor conocido como “La Gloria”), ubicados en el segundo y tercer piso. El dormitorio del tercer piso albergaba a seis estudiantes, cada uno contaba con una cama de fierro con colchón de algodón, una tela rayada que se usaba normalmente como cubierta de los colchones, además de una almohada de algodón para cada uno. También tenían tres mesas de dibujo, cuatro sillas e instalación eléctrica para dos focos sin apagador.
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En el primer dormitorio del segundo piso, había 11 catres de fierro que incluían un colchón de algodón, también había nueve almohadas del mismo material y una de manta, además de las propias posesiones de los alumnos.

En el segundo piso había tres dormitorios, dos para dos estudiantes y uno más grande para más alumnos. El segundo dormitorio tenía cuatro catres de fierro con colchones de mezclilla, dos almohadas en mal estado, dos burós de madera y una mesa de madera. El tercer dormitorio contaba con nueve camas de fierro con colchones de cotín y seis almohadas, mesas de madera y fierro, un perchero, un banco y una terraza.
Los dormitorios grandes estaban divididos en ala norte y ala sur, con 26 y 27 camas respectivamente, algunas en mal estado, con colchones de cotín y almohadas en mal estado. Había seis roperos de madera y una instalación eléctrica en el pasillo. El dormitorio norte tenía ocho tazas de porcelana y cuatro de fierro en mal estado, un lavadero y un mingitorio, cinco baños de regadera y una instalación eléctrica. El dormitorio central tenía 10 tazas sanitarias, un pizarrón, un lavadero, un mingitorio en mal estado y tres baños de regadera con instalación eléctrica.
Una gran familia; un segundo hogar
Los “buitres” que se hospedaban en el internado compartían su espacio y su vida privada con personas desconocidas, convirtiéndose así en su segundo hogar, y sus compañeros en su familia. Durante la semana, cumplían con un horario estricto que les permitía asistir a sus clases a tiempo. El desayuno se servía de 7 a 9 de la mañana, y la comida se servía de 12 a 3 de la tarde, después de este horario, los alumnos no podían acceder al comedor. Algunos alumnos regresaban a clases después de la comida, mientras que otros hacían deportes o sus tareas. Tenían acceso al comedor para la cena entre las 7 y las 9 de la noche y después debían retirarse a sus habitaciones.
Los fines de semana eran diferentes, aunque los horarios de comida se mantenían, los universitarios podían aprovechar el día para ir a Saltillo, ya que, en esa época, la ciudad estaba muy alejada de la escuela. Allí podían distraerse y olvidarse un poco de su vida en el internado, pero también sentían melancolía al estar lejos de casa. Al regresar al internado, los alumnos sentían la libertad de no tener que dar explicaciones a sus padres, y a la vez experimentaban un sentimiento de vacío al darse cuenta de que sus compañeros de dormitorio eran su única familia durante el periodo escolar.
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Los documentos del archivo histórico de la UAAAN, las fotografías, el popurrí y los relatos de los alumnos y exalumnos nos permiten, no sólo obtener datos sobre la cantidad de estudiantes o lo que había en las instalaciones, sino también, si observamos de manera adecuada, nos deja ver en ellos el fuerte apego que tienen hacia su escuela, pero también los sentimientos de nostalgia que no se pueden dejar de lado al hablar de sus hogares.
Nos dejan ver en un primer momento que, antes de ser alumnos de dicha institución, también fueron personas que extrañaron y sufrieron por estar separados de sus familias en momentos difíciles. Por otro lado, está a la vista el deseo y ánimo de continuar sus estudios y su estancia en el internado, ese deseo de compartir no sólo el conocimiento con sus compañeros de cuarto, sino también compartir su vida diaria y sus momentos más especiales con aquellos que se convirtieron en su segunda familia al entrar al internado de la Escuela Superior de Agricultura y Ganadería Antonio Narro.
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