

El pasado 13 de febrero mediante un decreto presidencial se establecieron los lineamientos a seguir para retirar el glifosato del mercado mexicano, además de prohibir la importación de maíz transgénico para el consumo humano
El glifosato es un herbicida ampliamente utilizado en la agricultura para erradicar las malezas que compiten con los cultivos, su compuesto activo interfiere con una vía metabólica vital en las plantas, lo que las hace incapaces de absorber nutrientes y, en consecuencia, se secan. El efecto de este herbicida es tan potente que, incluso si se aplica por la mañana, por la tarde ya se pueden observar los síntomas de marchitamiento en las plantas.
Suele utilizarse en cultivos de cítricos, así como en la producción de soya, algodón, maíz y sorgo; existen variantes genéticamente modificadas de estos cultivos, comercializadas por grandes empresas transnacionales, como Monsanto o Bayer, que son resistentes al efecto del glifosato y que se suelen vender en conjunto con este.
Entre sus ventajas se encuentran su bajo costo y su capacidad para reducir la cantidad de mano de obra necesaria para el control de malezas, su amplio espectro de acción lo hace útil no solo en la agricultura, sino también para la eliminación de malezas en caminos, escuelas y espacios urbanos. Incluso se ha utilizado en la eliminación de sembradíos de cultivos ilegales debido a su gran eficacia.
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Pero no todo son ventajas, y el uso de estas sustancias puede tener consecuencias. El consenso general es que el glifosato podría ser peligroso para la salud humana y ser altamente contaminante para los ecosistemas en su conjunto.
De acuerdo con información publicada por Conacyt, tomando como referencia estudios realizados por la (OMS) y de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, consideran que el glifosato se clasifica dentro del grupo de agentes 2A. Las cuales “probablemente sean carcinogénicas a los humanos”. De acuerdo con el documento de Conacyt, la exposición al glifosato está relacionada con el desarrollo de enfermedades metabólicas y neurológicas, desórdenes en el sistema reproductivo y el desarrollo de cáncer de distintos tipos (leucemia, melanomas, linfomas no-Hodgkin, entre otros).
A pesar de esto, agencias internacionales como el Instituto Federal Alemán para la Evaluación de Riesgos (2014), o la Agencia Ambiental de Estados Unidos (2017) no consideran que el glifosato represente un riesgo de cáncer para los seres humanos. La presencia de intereses ideológicos y financieros ha llevado a que exista una gran cantidad de evidencia que respalda tanto una posición como la otra.
¿En qué consiste el decreto publicado el 13 de febrero?
Ante el riesgo que el uso de este principio activo supone, y como medida de precaución, el decreto publicado el pasado lunes (disponible aquí) consiste en la prohibición de la importación de maíz genéticamente modificado, así como la prohibición de la importación, producción, distribución y uso de herbicidas que cuenten con el glifosato como ingrediente activo. Además de ser sustituido por alternativas sostenibles y culturalmente adecuadas, que permitan mantener la producción y que sean seguras para la salud humana, la diversidad biocultural del país y el ambiente. Esto con una fecha límite establecida para el 31 de enero del 2024.
¿Qué alternativas existen al glifosato?
La alternativa lógica al uso del glifosato es remover manual o mecánicamente las malezas, con todo el costo de mano de obra que esto demanda; otras alternativas consisten en el uso de otros herbicidas, como el Paraquat, que podría ser más caro e incluso más tóxico que el propio glifosato; o el uso de alternativas naturales, como la aplicación de vinagre y extractos naturales directamente sobre las malezas, incluso, se ha explorado el uso de fuego o de vapor caliente para quemar las malezas, con su correspondiente riesgo de quemaduras a los aplicadores y de daños al medio ambiente.
El enfoque de alternativas que maneja Conacyt es distinto, en su “Expediente científico sobre el glifosato y los cultivos GM” a las malezas les denomina como “arvenses” y se les reconoce sus usos como plantas que “brindan alimento para los humanos, medicina[s], elementos ceremoniales, abonos, forraje (…) y materiales de construcción”, además de que “conservan la humedad, son hábitat para insectos benéficos y proporcionan diversos servicios ecosistémicos”. En este expediente, se propone un decálogo para prescindir gradualmente del glifosato, el cual contempla múltiples acciones a realizar sobre los cultivos para disminuir el impacto de dichas arvenses sobre la producción. Mientras que organizaciones de activistas, como Greenpeace, han realizado estudios y enlistado una gran cantidad de acciones que, en conjunto y llevadas a cabo por los agricultores, podrían reducir el uso de glifosato en la agricultura.

¿En qué otros países se lleva a cabo esta prohibición?
Con el reciente decreto presidencial, México se unirá a la lista de países que han prohibido el uso del glifosato, como Venezuela, Sri Lanka, El Salvador, Arabia Saudita, Vietnam, Malaui, Malasia, Brunéi, Eslovenia, Austria y Eslovaquia. Países como Estados Unidos o los países europeos no prohíben el uso de agroquímicos con este compuesto activo, existiendo principalmente las prohibiciones de manera local y cerca de zonas residenciales y urbanas.

¿Por qué esto quizá no es tan buena idea?
El decreto y todo lo que conlleva ha sido muy debatido en los medios de comunicación, especialmente en lo que respecta a la suspensión de importación del maíz genéticamente modificado para consumo humano y su impacto en las relaciones del libre comercio entre México y Estados Unidos; sin embargo, también es importante hablar de la parte referente al glifosato y destacar la aversión a los agroquímicos y al modelo de producción agrícola que se ha desarrollado en el país durante las últimas décadas y que, con todos sus defectos, ha funcionado para alimentar a los más de 100 millones de mexicanos que vivimos actualmente.
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Uno de los riesgos de aplicar este tipo de políticas es el posible aumento de los precios de los alimentos. Generalmente, la producción orgánica (la que no usa agroquímicos) suele tener menor producción por hectárea y costos más altos de mano de obra, lo que podría implicar menos alimentos a mayor costo; en caso de ocurrir a gran escala, estos aumentos se tendrán que trasladar o al consumidor final o a los campesinos que los producen. Casos como la crisis de Sri Lanka, en la cual se instauró de manera drástica la agricultura orgánica, nos invitan a pensar en alternativas de producción que equilibren la productividad y la sostenibilidad, y que tomen en cuenta todos los puntos de vista.
Por lo pronto, quedará observar los resultados de este decreto en la producción agrícola nacional, en el medio ambiente y en los precios de los alimentos, quizá nos estamos preocupando de más y el país si está preparado para este tipo de cambios.
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