

El juego por el poder es tan atractivo que me gusta describirlo, como lo hizo Henry Kissinger (exsecretario de Estado de Estados Unidos durante los mandatos de Nixon y Ford), como el mayor afrodisiaco. Max Weber, uno de los sociólogos más importantes de la historia, definía al poder como: “la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad”.
Ambos términos reflejan la amalgama perfecta de lo que un ser humano busca cuando quiere acceder al poder, la tentación de querer influir en los demás, buscando que sus ideas y fuerza, prevalezcan frente a todos y todo.
En una democracia, esto no puede ser tal cual se describe, pues lo que se busca es que existan contrapesos en las fuerzas y que exista un equilibrio entre las mayorías y minorías poblacionales.
A pesar de que, desde la Constitución de 1917, se estableció en el artículo 40 que México es una República representativa, democrática y federal, en la realidad, no podemos hablar de democracia electoral hasta el año 1997, cuando el PRI dejó de tener mayoría absoluta en la Cámara de Diputados federal.
¿Por qué es relevante esto? Porque apenas tenemos 26 años de vivir una relativa democracia que ha costado muchos años consolidarla y que sigue siendo perfectible.
En la disputa por el poder en 2024, México atraviesa un rudo cuestionamiento sobre si el Instituto Nacional Electoral debe seguir funcionando como hasta ahora o pueden ser modificadas sus funciones.
Creo que es obvio para todas las personas que las instituciones son reformables, pero que esto siempre debe ser bajo el contexto de que puedan ser mejores.
El Presidente sabedor de su poder, ha buscado mermar las capacidades técnicas del INE con la narrativa de que la democracia es muy costosa y que esta institución, en el pasado, sirvió para que llegaran al poder los que saquearon al país.
En este punto, es preciso afirmar que, efectivamente, la democracia electoral en nuestro país sí es costosa; sin embargo, para el año 2020, el INE solo representaba 21 centavos por cada 100 pesos del gasto federal. (INE, 2019)
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También es importante confirmar que el INE sí participó en los procesos electorales para que gente impresentable llegará al poder, sin embargo, bajo la función de organizar elecciones, pues el INE no es responsable de la baja ética partidista y de los perfiles que éstos postulen al poder.
La principal función del INE es que las elecciones se hagan en un marco de legalidad, no de sí el PRI, el PAN o MORENA eligen candidatos que empobrecen el debate público e incrementan la debacle nacional.
Las personas que eligieron salir a marchar a favor del INE no salieron porque defiendan lo que en el pasado sucedió, ni porque estén a favor de García Luna y sus secuaces, sino que eligieron salir a las calles porque encuentran en el INE una institución que puede ser mejorable, pero que, hasta este momento, no existe alguna otra institución que garantice que las elecciones se hagan bajo un margen de legalidad.
La oposición debe entender que este esfuerzo no es propiamente de ellos, pues pensarlo, puede provocar que sigan dormidos, frente a una dolorosa realidad, que es que la oposición ha sido inerte en estos cuatro años de Gobierno. La gente que fue a marchar no necesariamente va a votar por ellos, en 2024, mientras no tengan un proyecto más allá del antiobradorismo.
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Por ello, las preguntas que deberían de hacerse como fuerzas políticas opositoras deberían ser las siguientes: ¿Por qué la gente debe de confiar en nosotros nuevamente, cuando gran parte del presente, es consecuencia de lo que nosotros instauramos en el pasado? ¿Todos los perfiles del pasado deben de caber en nuestro presente y plataforma electoral? El deslindarse públicamente de algunos perfiles que han lastimado al país, podría ser el primer gran paso a su retorno electoral. Intuyo que mientras no se haga esta reflexión, difícilmente el éxito de la marcha del domingo 26 de febrero podrá ser capitalizable en el 2024.
Otro punto importante, es que las personas que deciden marchar, no lo deben hacer bajo tintes clasistas, racistas o que busquen etiquetar a las personas que no forman parte de su marcha, pues seamos honestos, ¿quién en su sano juicio puede ser convencido para votar por ellos, cuando han sido descritos bajo calificativos peyorativos? Exacto, nadie.
Por otro lado, para el oficialismo debería ser de temer, que las personas hayan salido por segunda ocasión a manifestar que están en contra de su propuesta electoral de una forma tan contundente. Su estrategia para aminorar el golpe ha sido tratar de denostar a quien libremente se manifiesta; pero volvemos a lo mismo, persona que es denostada, difícilmente verá en ti, una opción de gobierno.
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Aunado a ello, la fuerza que esta marcha tuvo en CDMX, debería de prender las alertas del búnker electoral de Claudia y del Presidente, pues, nunca antes se había logrado que otra fuerza electoral que no fueran ellos, concentrara tantas personas en las calles de CDMX. ¿Claudia puede ser candidata si se observa que está en posibilidades de perder el poder en el bastión de la izquierda mexicana? ¿Se darán cuenta que todo cambio radical en el México contemporáneo ha comenzado en la CDMX? ¿Acaso este es el inicio del avance de una futura nueva hegemonía del poder?
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