

Guillermo Guajardo
Antes de entregarnos una de las mejores películas del Hombre de Acero, Richard Donner se aventuró en el terror con una historia sobre cómo el mal puede disfrazarse de inocencia y tener el rostro de un niño con una sonrisa perfecta, capaz de anunciar el fin del mundo.
Todo comienza con una decisión tomada desde el amor y la negación. Un diplomático estadounidense en Roma, acepta intercambiar en secreto al hijo muerto de su esposa por otro recién nacido. Lo que parecía un acto de compasión se convierte en el primer paso hacia la condena.
Construyendo un relato con una elegancia que roza lo bíblico. No hay sobresaltos innecesarios ni efectos espectaculares: el terror se filtra por los pasillos, en las miradas, en los susurros de una niñera demasiado devota o en la mirada vacía del propio Damien. Cada escena está bañada en una luz que parece divina, pero que esconde la sombra del Apocalipsis. La música de Jerry Goldsmith —un coro que suena como si viniera del mismísimo infierno— convierte lo sagrado en amenaza, haciendo que incluso el silencio parezca una plegaria rota.
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Con actuaciones memorables cortesía de un Gregory Peck que encarna a un hombre aferrado a la lógica mientras el mundo a su alrededor se desmorona. Su rostro, marcado por la culpa y la incredulidad, se convierte en el espejo del espectador, en un intento desesperado de no creer en lo que ya es evidente. A su lado, Lee Remick interpreta a la madre que percibe algo impuro en su propio hijo, ofreciendo una fragilidad que se confunde con la locura, y viviendo en carne propia un terror que helaría la sangre de cualquiera.
Más que una película sobre el anticristo la cinta se vuelve una parábola sobre la fe, la ceguera y el peso de las decisiones que creemos piadosas. Cada muerte es un recordatorio de que el destino no se puede negociar, que el mal no necesita motivo y que su mayor triunfo es convencernos de que no existe.
A casi cincuenta años de su estreno, su impacto sigue intacto logrando una atmósfera, tan precisa como inquietante, recordándonos que el terror más duradero no depende del monstruo visible, sino del miedo a reconocer que el infierno podría estar en casa… jugando con un triciclo, sonriendo sin razón y llamándonos “papá”.
THE OMEN (1976)
9.5/10
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