

Guillermo Guajardo
Cuesta trabajo creer que el mismo director de esta cinta también nos haya entregado la única —y hasta ahora— peor adaptación de Dragon Ball.
Partiendo de la premisa de que no hacen falta monstruos ni demonios para aterrarnos, sino únicamente la certeza de que, tarde o temprano, la muerte siempre encontrará la forma de alcanzarnos.
Estrenada en el año 2000 y dirigida por James Wong, recibiendo críticas negativas en su momento, aunque después redefinió el terror adolescente al convertir lo inevitable en su villano más implacable para luego volverse la saga que hasta el día de hoy sigue llenando las salas de cine. En una historia donde no hay refugio y el miedo no se esconde en la oscuridad, sino en la más mínima casualidad: un cable suelto, una taza de café o una simple ráfaga de viento.
Todo comienza con un presentimiento: un chico ve cómo su avión explota segundos después del despegue y presa del pánico, logra bajar junto a un pequeño grupo de compañeros… solo para ver cómo su pesadilla se vuelve realidad. Lo que parece una segunda oportunidad pronto se transforma en una maldición, cuando los sobrevivientes comienzan a morir uno a uno en accidentes tan absurdos como inevitables.
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Wong construye una narrativa que combina el suspenso psicológico con el ingenio visual del slasher moderno, ofreciéndonos una propuesta donde no hay asesino visible ni figura que perseguir. El enemigo es invisible, paciente y omnipresente. Con ayuda de una cámara que observa con frialdad quirúrgica cada detalle cotidiano, lo común se transforma en amenaza. Un secador de cabello, una cuchilla o una ventana abierta se convierten en piezas de un mecanismo fatal, y el espectador, al igual que los personajes, cae en el juego de adivinar cuál será el siguiente movimiento del destino.
El reparto, encabezado por Devon Sawa, Ali Larter y Kerr Smith, aporta una energía juvenil que contrasta con la inevitabilidad de sus muertes. No hay héroes en esta historia, solo víctimas tratando de negociar con una fuerza que no puede ser engañada. Cada muerte es una coreografía del caos, una demostración de cómo lo cotidiano puede volverse mortal con un simple giro del azar.
Más que una película de terror, la cinta se convierte en una reflexión disfrazada de pesadilla pop sobre el control y la fragilidad humana. Nos recuerda que la muerte no necesita lógica, solo oportunidad, y que cada intento por esquivarla es solo una pausa antes de su sádico remate. Al final, no queda el miedo a un asesino, sino la inquietante sensación de mirar alrededor y descubrir que todo —absolutamente todo— puede ser la causa de nuestro final.
DESTINO FINAL (FINAL DESTINATION)
8.8/10
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