Del 68 a Ayotzinapa: la continuidad de la violencia de Estado en México

“Somos hijos del 68 y hermanos de los 43”: un recordatorio de que la memoria no se borra. En México, la historia reciente se mide por las ausencias, por las balas disparadas desde el Estado y por los cuerpos que nunca regresaron a casa. 

A 57 años de la matanza de Tlatelolco y 11 de la desaparición de los 43 normalistas de Guerrero, ambos episodios se han convertido en símbolos de una memoria colectiva marcada por la represión, la impunidad y la exigencia de justicia. Aunque separadas por décadas, las dos tragedias trazan la misma línea: la violencia ejercida contra jóvenes que exigían un país distinto.

«El 2 de octubre no teníamos otras armas. Solo anhelos e ideas que, para el gobierno, son más peligrosas que las balas. Una bala mata a un hombre. Una idea revolucionaria despierta a cientos o a miles de personas.»
― Raúl Álvarez Garín, del CNH, citado por Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco

DOS FECHAS, UN PATRÓN DE VIOLENCIA 

El 2 de octubre de 1968, estudiantes convocados por el Consejo Nacional de Huelga se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas. Cerca de 10 mil personas —entre estudiantes, vecinos y familias— participaron en un mitin pacífico. A las 18:30 horas, tropas del Ejército ingresaron al lugar. Agentes del Batallón Olimpia, infiltrados en el edificio Chihuahua, abrieron fuego para simular un ataque estudiantil, y la respuesta militar fue inmediata: disparos hacia la plaza. El saldo oficial fue de 28 muertos, aunque testimonios e investigaciones posteriores calculan que las víctimas fueron muchas más.

Casi medio siglo después, la noche del 26 de septiembre de 2014, 43 estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa viajaron a Iguala para tomar autobuses y dirigirse a la Ciudad de México. Su objetivo era participar en la conmemoración del 2 de octubre. Policías municipales, en complicidad con otras corporaciones y con el grupo criminal Guerreros Unidos, los atacaron y desaparecieron a 43 de ellos.

“La conexión es directa: los normalistas de Ayotzinapa buscaban mantener viva la memoria del 68 y encontraron la misma violencia de Estado”, explica Abel Barrera, director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan.

DEMANDAS QUE ATRAVIESAN GENERACIONES 

En 1968, los estudiantes exigían libertades democráticas: derogación del delito de disolución social, liberación de presos políticos y fin de la represión militar. En 2014, los normalistas de Ayotzinapa reclamaban educación digna y condiciones justas para las normales rurales. Distintos contextos, mismas demandas: cuestionar al poder.

LA MEMORIA COMO TERRITORIO EN DISPUTA 

Desde 1968, México ha disputado su propia memoria. Los sectores oficiales intentaron reducir la matanza de Tlatelolco a un hecho aislado. La sociedad civil hizo de la fecha un símbolo de resistencia. Con Ayotzinapa ocurre lo mismo: las versiones oficiales han sido cuestionadas por expertos y familiares de los normalistas. El problema no es solo la violencia. Es la narrativa oficial que busca cerrar los casos sin resolverlos. La memoria depende de la sociedad, no del gobierno. 

GENERACIONES MARCADAS POR LA AUSENCIA

El 68 dejó una generación silenciada por el miedo, pero convencida de que la democracia debía abrirse paso. Ayotzinapa dejó otra generación marcada por la desconfianza hacia las instituciones y por el lema “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Ambos sucesos evidencian que la memoria no es pasiva: se construye en marchas, vigilias y en la exigencia constante de justicia. Son heridas abiertas que atraviesan a varias generaciones y que explican la desafección política y social en México.

El 2 de octubre no se olvida porque no puede olvidarse. Y el 26 de septiembre tampoco se olvida porque sigue abierto. Dos fechas, dos heridas, un mismo reclamo: justicia.

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