MARÍA MAGDALENA, APÓSTOL DE LOS APÓSTOLES

María Magdalena es una gran figura bíblica que lamentablemente la Iglesia católica tachó durante siglos, sin misericordia, de prostituta, adúltera, pecadora, poseída por siete demonios.

Por orden del papa Francisco, fue rescatada en 2016, con el fin de ponerla en el contexto del Jubileo de la Misericordia y destacar la importancia de esta mujer que mostró un gran amor por Cristo y fue muy querida por Cristo. También para resaltar la especial misión de esta mujer, ejemplo y modelo para toda mujer en la Iglesia.

Así sentencio el Vaticano desde el 2016. Esta mujer se alza desde entonces como apostola apostolurum, “la apóstol de los apóstoles”.

Fueron muchos los aspectos nuevamente evaluados para ponerla en un lugar reconocido y reconocerle sus virtudes en la historia. Es seguro que María Magdalena formaba parte del grupo de los discípulos de Jesús, que lo siguió hasta el pie de la cruz y, que en el huerto donde se encontraba la tumba, fue la primera ”testis divinae misericordiae», como afirma san Gregorio Magno.

Por una parte -afirma- tuvo el honor de ser el «el primer testigo” de la resurrección del Señor, la primera en ver la tumba vacía y la primera en escuchar la verdad de su resurrección. Cristo tiene una consideración y una compasión especial por esta mujer, que manifiesta su amor por él, buscándolo en el huerto con angustia y sufrimiento, con «lacrimas humilitatis», como dice San Anselmo.

En este sentido, me gustaría señalar el contraste entre las dos mujeres presentes en el jardín del paraíso, y en el jardín de la resurrección. La primera difundió la muerte allí donde había vida; la segunda anunció la Vida desde un sepulcro, un lugar de muerte… Además, en el jardín de la resurrección es donde el Señor dice a María Magdalena: «Noli me tangere».

Es una invitación no es sólo a María, sino también a toda la Iglesia, a entrar en una experiencia de fe que sobrepasa todo apropiación materialista y comprensión humana del misterio divino. ¡Tiene un alcance eclesial! Es una buena lección para todos los discípulos de Jesús: no buscar seguridades humanas ni títulos mundanos sino la fe en Cristo vivo y resucitado.

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