SALTILLO, POR LOS OJOS DE UN VISITANTE QUE NO PENSABA VISITAR SALTILLO

Por. Fabrice Le Lous/Costa Rica

Visité Saltillo en octubre de 2019, por un viaje profesional cuyos dos días de actividades tomaban lugar en el centro, en el antiguo Ateneo de la ciudad. De arquitectura colonial y edificios que fusionan diversos estilos arquitectónicos (como la catedral), el downtown de Saltillo es fotogénico y parece diseñado para los peatones. Fácil y seguro de transitar –al menos en mi experiencia–, con cámara en mano.

En el centro, a una cuadra de la Plaza de Armas, probé la mejor comida mexicana que he degustado en mi vida (y la he probado en múltiples mesas, porque en este mundo el arte culinario azteca se vende en todos los rincones). Enchiladas de mole, cinco salsas picantes de distinto sabor y con la capacidad de arrugar la cara y/o sacar lágrimas, nachos rebosantes de ingredientes –que de hecho, dicen, se inventaron en Coahuila—; ustedes póngale el nombre que quieran: hay de todo y todo es una delicia.

Es en el centro, también, donde aprendí que me encontraba en un sitio de gran relevancia histórica. En el extranjero, cuando se habla de la Revolución Mexicana que destituyó a Porfirio Díaz, la casi exclusividad del protagonismo se la llevan los militares: Villa y Zapata. Fue revelador y más que interesante aprender más sobre Carranza y Madero, ambos de Coahuila, en el palacio de Gobierno, escuchando la pericia de una guía turística de la ciudad. Me quedó claro que Saltillo y el estado que representa podrían venderse como la cuna de los ideólogos de uno de los mayores movimientos revolucionarios de Latinoamérica.

A la imagen de su creciente actividad industrial, Saltillo combina su núcleo histórico con centros comerciales modernos y restaurantes de primer nivel por su propuesta de arquitectura, como Il Mercato Gentilioni. Y también con sitios imperdibles e icónicos, como el colosal Museo del Desierto, ubicado sobre una colina que vigila la ciudad y es, a su vez, vigilada a la distancia por la impresionante sierra de Zapalinamé.

Este museo rinde honor a su nombre. A Saltillo la rodea parte del desierto de Coahuila, y en el recinto de exposición se exhiben esqueletos de dinosaurios encontrados en ese estado. También hay un zoo temático con animales que se encuentran en la región y otros más. Sobresale un oso negro temible pero bien aislado, y también destacan un bisonte imperioso y los tiernos perritos de la pradera –un animal del que yo no tenía idea antes de viajar a Saltillo. Además, para los interesados en botánica, el museo dispone de un gran despliegue de flora local, donde los amantes de los cactus pueden pasar el día completo contemplando las distintas variedades.

Fuera de Saltillo, a una hora y media o dos horas de camino, yendo en carro, visité otros dos sitios inolvidables: el viñedo y hacienda Casa Madero, y las dunas de Bilbao.

¿Quién diría que Coahuila posee la casa de vinos más antigua de América? Los primeros países del continente en los que pensamos cuando imaginamos una copa de vino tinto, son Argentina y Chile, pero Casa Madero se fundó en 1597. Y aunque al inicio su fuerte eran los destilados, desde hace unas décadas concentran todos sus esfuerzos en la creación de variedades de vino tinto de alto nivel (véase la botella 3V Gran Reserva).

Después de visitar esta hacienda productora de vinos donde también hay un hotel que recibe bodas y otros eventos, conocí el pueblo mágico de Viesca y luego las dunas de Bilbao. Un desierto de dunas de arena a pocas horas de Saltillo. Las sensaciones de caminar descalzo sobre esa alfombra irregular amarilla por la que se asoman algunas plantas del desierto es sobrecogedora. Las dunas dan esa impresión de infinito que da el océano. Desde luego, no poseen el horizonte interminable de un desierto como el Sahara, pero el paisaje que queda en las fotografías es cuando menos comparable. Un paraíso. Nada menos.

De no haber sido por un motivo profesional y una invitación, es muy probable que yo no hubiera conocido Saltillo. Y vaya que me habría perdido de recuerdos e imágenes que ahora son caras en mi memoria. La ciudad y sus atractivos cercanos deberían, en mi opinión, gozar de más fama y acoger a más turistas cada año. Y eso que no alcancé a conocer Cuatrociénagas, una reserva desértica protegida con pozas de un azul tan intenso que parece encantamiento… Me queda el pendiente y la promesa de regresar. Y lo haré sonriente.

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